Asunción Codes stj

 

Hace tiempo leí que “lo que llamamos transmisión de la fe consiste, más bien, en ayudar al sujeto a prestar atención, a tomar conciencia y a consentir a una Presencia con la que ese sujeto ha sido ya agraciado; esa Presencia originante de Dios y de su gracia que hace de él un sujeto creado a imagen de Dios y dotado de una fuerza divina de atracción que le inscribe en el horizonte sobrenatural de la gracia”[1]. Y precisamente porque se trata de ir reconociendo lo absolutamente valioso y fundante de nuestra existencia, lo único necesario, nos resulta indispensable salir de nuestras formas de vida centradas en la utilidad, la función y la posesión que constituyen la vida ordinaria, y pasar, a través de una cierta ruptura de nivel, al orden de lo sagrado. De aquí la importancia de la oración –expresamente cultivada – para el ejercicio efectivo de la experiencia de Dios en nuestra vida. Nunca insistiremos bastante, la oración, algunas formas de oración, resulta medio indispensable para la toma de conciencia, la escucha y la respuesta a la Presencia que origina toda experiencia Suya[2].

 

            Plantear un retiro sobre la oración lo concibo así: transmitiros la fe que yo misma he recibido de una mujer, Teresa de Jesús, que me ha enseñado a prestar atención, a tomar conciencia y a consentir a una Presencia que se me ha regalado y me permite vivir mi existencia en compañía de Otro, recibiéndome y sabiéndome sostenida por Él. Del saber por experiencia que Teresa va adquiriendo a lo largo de su vida, he nutrido, casi sin darme cuenta, mi experiencia en el camino de oración centrado en el trato de amistad con Jesús. Con ella he aprendido que el amante en toda parte ama, como el orante en cualquier ocasión ora, y que emprender este camino consistía en decidirme a construir, día a día, una historia de relación que no tiene otro fin que el de hacernos siervos del amor[3]como Él lo fue. El acto de orar no será otra cosa sino la expresión de esta relación de amistad con el Dios Vivo. Por todo esto, en cada apartado del retiro que os ofrezco tendré como telón de fondo un texto teresiano que arroje luz de experiencia sobre lo que vamos tratando.

 

Conocer por experiencia quiénes somos

y quién es Dios: un largo camino

que se hace mirando a Cristo

 

            Cuando Teresa define en el capítulo 8 la oración mental no termina donde solemos poner el punto final. Es cierto que presenta la oración como una historia de amistad que se teje estando muchas veces a solas, cara a cara, con Dios, Padre-Madre que nos ama. Pero creo que resulta iluminador el comentario realista con el que continúa: “Y si aún no le amáis – porque para ser verdadero el amor y que dure la amistad hanse de encontrar las condiciones ... – no podéis acabar con vos de amarle tanto, porque no es de nuestra condición; mas viendo lo mucho que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama, pasáis por esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de vos”[4]. El realismo que fundamenta la auténtica relación con Dios tiene aquí uno de sus puntos clave: ¡qué diferentes somos Él y yo!, aún reconociendo que estamos hechos a su imagen y que percibimos en nuestro ser los signos de su Presencia. Para que sea verdadero el amor y duradera esta amistad hemos de atrevernos a ver que, en efecto, nuestra entrañas se cierran mientras que las Suyas permanecen abiertas siempre; que necesitamos poseer y controlar para vivir tranquilos y seguros, mientras que Él confía infinitamente y deja libertad; que nuestras pasiones y proyectos nos tienen a nosotros mismos como centro y punto de referencia, mientras que su pasión por la Humanidad le descentra hasta perder la vida.

Pero entendiendo por experiencia lo mucho que nos jugamos en tener su amistad, y  reconociendo lo que nos ama, pasamos por esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de nosotros. No adornemos ni disimulemos la tensión de permanecer ante Él cara a cara, ante su Palabra y su amor incondicional,  ante su Voluntad de reunir lo disperso, amar a los diferentes, incluir a los marginados, cargar sobre los hombros el peso y el dolor de la Humanidad sufriente... Si no escondemos la diferencia y no manipulamos el difícil encuentro de dos libertades – o condiciones -, la oración pasa por momentos duros, de sufrimiento, oscuridad, resistencia, pena. Si no queremos confundir el encuentro con Dios con el placer de sentirnos en otro seno materno o con ponerle al servicio de nuestros sentimientos o emociones y de los deseos de poder, es preciso que la oración vaya poniendo las cosas en su sitio y acojamos, poco a poco, que existe una diferencia insalvable para nosotros, que sus caminos no van a coincidir con los nuestros, que la unión con Jesús es un don que no alcanzaremos por ningún mérito ni esfuerzo, ni por muchas horas de oración ni métodos que apliquemos.

 

            “¡Qué cierto es sufrir Vos a quien os sufre que estéis con Él! ¡Qué buen Amigo sois, Señor mío, cómo le vais regalando y sufriendo y esperáis que se haga a vuestra condición, y tan de mientras, le sufría Vos la suya!”[5]. El conocimiento por fe y por experiencia que tiene el testigo de muchos años de este trato de amistad con Jesús nos adelanta esta certeza: Él nos sufre, el amor no se cansa, nos atrae y espera siempre; confía en desvelarnos, por fin,  a lo largo de muchos día y noches, que estamos hechos para amar como Jesús, para conmovernos ante las heridas de nuestros hermanos, para abandonar el exilio deshumanizante en el que vivimos casi sin darnos cuenta.

 

          Es bueno que nos desprendamos de un cierto sentimiento victimal que nos acompaña a muchos orantes cuando sólo miramos lo insufrible que es para nosotros estar y permanecer delante o al lado de quien es tan diferente y nos está invitando siempre a ir más allá de nuestras formas de pensar, sentir o hacer. Y nos sería muy útil descentrar nuestras miradas y acoger agradecidas la imagen de Jesús aguardando, cansado, junto a nuestros “pozos”, sanando nuestra heridas, o cargando con nuestros cuerpos “medio muertos” como buen samaritano. Porque el Amor no sabe hacer otra cosa sino confiar, esperar, salir al encuentro, despertar en cada uno el mismo amor con que nos está amando.

 

En este camino de oración ... ¡hay que disponer el ser!,

pero con la vida y en la vida misma

 

            Es bueno para recorrer un camino de oración hacer primero una distinción entre actitud orante de las muchas formas de oración: invocación, petición, alabanza, confesión de fe... Y puesto que esta actitud consiste fundamentalmente en la radical aceptación de la propia existencia como dada, es muy posible, como los propios místicos nos confiesan, que esa aceptación se exprese en comportamientos o actitudes que nada tienen que ver con las formas tradicionales de la oración[6].

 

            La experiencia le lleva a constatar a Teresa de Jesús que disponerse para orar no puede consistir únicamente en preparar un texto, practicar una forma, alejarse de la realidad,etc. Y le escuchamos lo que escribe a quienes le han pedido que les enseñe a orar: “En esto de oración antes que diga de lo interior diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de oración, y es imposible, si no las tienen, ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas. Solas tres me extenderé en declarar: la una es amor de unas con otras;  otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza a todas”[7]. Ella sabe que en la persona se da una unidad por dentro que le conduce a vivir de forma semejante la vida y la oración. Los que pretenden, por tanto, iniciar este camino de amistad con Jesús han de ejercitarse en el amos concreto y cotidiano, con los que tiene cerca, y no contentarse con palabras o deseos espirituales. También han de hacer experiencia de que nada ni nadie les pertenece, que no pueden conocer el amor si avasallan, imponen, controlan o intentan asegurar cualquier relación, porque la amistad como el amor hay que probar que es un verdadero regalo que nos hacen cuando alguien nos quiere. No se merece, ni se retiene a la fuerza. Desasimiento también en el sentido de verse a sí mismos como señores de las cosas y de los bienes y no sus siervos. Por último, los que quieren andar este camino de oración deben aprender a situarse adecuadamente ante los demás, “desde abajo”, como discípulos y no como maestros, sin la absurda pretensión de sentirse mejores que nadie, de tener la razón siempre, de saberlo todo y poseerlo todo, , realistas con lo que son y audaces porque confían en Dios. Algo de esto suena a la verdadera humildad.

 

           Todos sabemos también que, aunque dicen que estamos hechos para la relación, en la mayoría de los casos, no se improvisa. Cada relación nos advierte de carencias y malos "hábitos",de incapacidades y resistencias para amar y ser amadas, para la intimidad y la implicación mutua, para la incondicionalidad y la entrega desinteresada. Nuestro "trato de amistad" con el Señor no se libra de estos "aprendizajes"" o "entrenamientos" que duran toda la vida y pide continuamente que nuestro ser se disponga para entrar en contacto con su Dios:

  •  necesitamos sentirnos vivos, en conexión con la realidad y con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, sentidos y preocupaciones, con nuestros sentimientos y deseos, temores y  necesidades. De lo contrario, hemos de admitirlo, somos los/as "ausentes” de este encuentro y se percibe esta ausencia en el bloqueo, la frialdad, desconexión, aburrimiento...Y necesitamos también permitirnos expresar ante su mirada el dolor y el miedo lo mismo que la alegría y la confianza porque esa es la verdad del corazón que se expone, confiado, dispuesto a dejarse acoger, consolar, ablandar, seducir...

  • Adiestrarse para la relación requiere “horas de espera”, aplazamiento de muchas compensaciones, no dejarse vencer por la frustración y el desencanto que nos produce haber puesto lo mejor de nosotros/as mismos/as y ver, día a día, año a año, que “no pasa nada” de lo que creíamos que iba a ocurrir. El corazón se educa así, necesita pasar del egocentrismo infantil al amor que aprende a fiarse, que vigila atento por si EL está llegando “de otra forma” y no lo reconoce. La confianza en el otro, más allá de los signos, es la prueba de fuego de la relación, lo más difícil de mantener, y lo más sanador.

  • Hacerse apto para la relación requiere “hacer un hueco” al otro, querer acoger y recibir su presencia, palabra y sentimientos; escuchar y percibir sus gestos; despertar nuestro ser entero ante el suyo. Abrir este “espacio cerrado” que somos cuando nos centramos absolutamente en nuestra cosas. Algo se tiene que silenciar en nuestro interior para que resuene su palabra, aunque se me dirija en medio de la vida. Convivir con la soledad del propio corazón aceptando que ése, precisamente, pueda ser el espacio privilegiado, “la pieza principal”, donde El puede hacer su morada, porque ningún otro puede acceder, aunque nos empeñemos.

 

En este camino de oración... ¡hay que sentir la sed

y hay que elegir adentrarse!

 

            Movidos o arrastrados por el deseo de saciar nuestra sed de reconocimiento, identidad con rostro y nombre propios, significatividad, pertenencia, hogar o familia, autenticidad ,..., nos sentimos buscadores permanentes, al lado de tantos hombres y mujeres, de lo verdaderamente humano y de lo esencialmente divino. “Desfigurado, no parecía hombre, ni tenía aspecto humano. No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas, al verlo, nos tapamos la cara” (Is 53)... “Entonces, lo mismo que hoy, lo Humanos permanece velado y escondido. Dichosos nosotros si nos atrevemos a presentirlo y nos arriesgamos a encontrarlo”[8]. Esta tremenda paradoja hace que nuestra búsqueda y nuestros encuentros nos desorienten muchas veces, y hasta nos cansen. Literalmente hay que atreverse a presentir y arriesgarse a encontrar el Rostro de Dios encarnado en muchas historias de dolor, exclusión, silencio, compromiso y esterilidad. Una y otra vez hay que elegir entre la Vida y la Muerte (Dt  30, 15-18 ), pararse o seguir adelante, entre permanecer o marcharse, cerrarse o vivir en permanente éxodo. El camino de oración nos va a poner en situación de escoger entre ir a Tarsis o a Nínive (libro de Jonás), entre quedarse al lado de Noemí, como Ruth o emprender otro camino como Orfá (Rut 1, 14-16). La relación con Dios  se va situando en niveles y compromisos que no son para nada estáticos. Piden adentrarse en la espesura de lo humano y de lo divino, aunque perdamos los referentes y las formas tradicionales de oración. Así, contemplar en la vida quiere decir atreverse a mirar y escuchar lo que Dios nos grita en ella aún cuando no sepamos qué decir, ni qué hacer. Contemplar en la vida supone muchas veces ir más allá del silencio que dejan tantas palabras, elegir quedarse cada vez con menos seguridades e imágenes o sueños que falsean el verdadero Rostro del Dios Vivo y aceptar que en esta historia no llevamos la iniciativa ni está todo bajo control, pero, sin embargo, que aún está todo por descubrir. Se presiente la vida que brota, aunque los signos digan lo contrario.

           

           Por todo esto no extraña que Teresa de Jesús nos hable de determinación como de un permanente estado de elección de seguir, de no parar hasta beber de la Fuente que nos dará por fin el Agua  de la Vida que andamos buscando casi sin saberlo: “Tornando a los que quieren ir por este camino y no parar hasta el fin que es llegar a beber de esta agua de vida, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere...”[9]”¿Para qué pensáis que he pretendido declarar el fin y mostrar el premio con deciros el bien que trae consigo llegar a beber de esta fuente, de esta agua viva? Para que no os acongojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo y no os canséis”[10]

 

En este camino de oración...

¡hay que exponerse al contagio de la experiencia de Jesús

 

            A lo largo de este movimiento de descentramiento de nosotros mismos, de la salida de formas de pensamiento, estructuras, juicios sobre la realidad, etc vamos tomando conciencia de lo que significa dar paso a otro en nuestra historia personal, darle palabra y autoridad, reconocerle como ese TÜ que desvela y da nombre progresivamente a mi verdadero y más auténtico yo. Tener que mirar su Rostro siempre nuevo, desconcierta y atrae a un tiempo.


            El problema surge cuando este Otro se me hace “piedra de toque” que ciertamente saca lo mejor de mí, pero también arranca lo peor: los miedos y las inseguridades, los complejos y las dudas. Todos probamos de alguna forma la “noche”de nuestra fe y de nuestra relación personal con Dios cuando una situación personal por la que atravesamos pone a prueba la confianza y oscurece el deseo y el sentido de seguir adelante, de permanecer en esta amistad y seguimiento  incondicional. No es únicamente vivencia de santos.


             Todos sabemos algo del conflicto con Dios que sostenemos porque nos cuesta darle la última palabra en nuestra vida. Muchos sucumbimos en la prueba y “cerramos puertas”, decidimos no exponernos más porque dudamos que merezca la pena. Avanzar en la noche de la relación exige como nunca dejarse guiar por una única luz, la que arde en el corazón. Sólo la fe en Jesús puede justificar en estos momentos vivir en estado de apertura y de éxodo continuo desde este ser nuestro que se defiende y se encierra, hacia el TÚ que nos libera y nos asegura otra clase de felicidad y de bendición o bienaventuranza.


             Por eso es necesario exponerse cada día al contagio de la experiencia de Jesús,  gustar-conocer internamente, como nos aconseja S. Ignacio, su modo de ser y de apasionarse con Dios, su Padre, y con cada persona que se relaciona con Él. No intento otra cosa que invitaros a ver en Jesús el LIBRO VIVO
[11], la Palabra que toma forma concreta de Hombre y nos saca de nuestras ilusiones, ensoñaciones y egoísmos, riesgos propio de cualquier orante.

“Pues juntaos cabe este buen Maestro muy determinadas a aprender lo que os enseña y su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice, que en la primera entenderéis el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama”[12]


            Al hilo de la experiencia de Jesús se nos abren los ojos y descubrimos que: adoración y compasión son dos caras de un mismo movimiento; Jesús vive la relación con su Padre desde su verdad más íntima, sin huir del dolor; sus palabras y gestos son duros de entender y no depende de nosotros comprenderlos y acogerlos por dentro, es gracia que hay que pedir y suplicar; el amigo de Dios, el profeta y el Hijo no tienen asegurada una vida sin sufrimiento; la progresiva conciencia de Hijo amado y enviado del Padre le descubre simultáneamente la misión de convocar al Banquete del Reino a todos, sin excluir a ninguno...

 

En este camino de oración... ¡hay que nacer cada día!

Y consentir que la oración no tenga forma: TOMAD Y COMED TODOS/AS

 

            “No piense alguna que es (este camino de oración) para sólo regalar, que sería grande yerro; porque no nos puede Su Majestad hacérnosle mayor que darnos vida como la que vivió su Hijo tan amado; y así tengo yo por cierto que son estas mercedes, para fortalecer nuestra flaqueza para poderle imitar en el mucho padecer”[13]


            Hay que nacer de nuevo cada día, o, dicho de otra forma, consentir a una nueva creación que va teniendo lugar sin que nos demos cuenta. Poco a poco, en este trato de amistad, se van encontrando, efectivamente, las “condiciones” de las que hablamos al principio, y nuestra libertad se entrega y el corazón va aceptando que se cumpla su Voluntad en todo. Se nos va revelando esa extraña “ciencia” a través de la cual el orante sabe y gusta de todo por la fe, no sólo por la razón; va tomando las decisiones guiado por la extraña lógica del amor; y termina viviendo sostenido, no por los datos, logros o previsiones, sino por la esperanza.


            Al fin termina consintiendo ser “pan”, aunque no sepa bien cómo podrá dar de comer a otros, ni de qué se alimentará él/ella. La unión con Dios, tantas veces soñada en forma de paz beatífica, se va convirtiendo en un no-saber ni cómo es el Rostro de Dios, ni dónde habita, ni en qué lugares tendré la “seguridad” de encontrarme con Él, y, sin embargo, nota por dentro que las voluntades sí que se unen, es decir, los deseos, las preferencias y las opciones de la vida.


            Nacemos de nuevo porque nunca soñamos con reconciliarnos del todo con el
trigo y la cizaña[14] que llevamos y somos cada uno/a, y, sin embargo, nos da paz la experiencia repetida de que su Reino se construye con nosotros y a pesar nuestro, que hemos sido para muchos “transmisores de Dios” hasta en medio de nuestros pactos con el pecado, la muerte y la maldición.


            No sabemos por qué pero van adquiriendo significados nuevos palabras como
debilidad[15] –fortaleza de Dios -, felicidad [16]– que nada tiene que ver con al abundancia de bienes, la ausencia de conflictos o persecuciones, la tranquilidad o el final del llanto...-, perder[17] – que puede significar ganancia -, ... Se trastocan las preferencias y donde otros no ven más que deshechos humanos, podemos contemplar hijos de Dios[18], Rostro del Padre, dignidad rescatada, motivo de opciones que ponen en juego la seguridad y el bienestar.


            “Nueva creación” porque se alteran los puestos y lugares y vamos entendiendo que “desde abajo” se mira mejor la vida y se comprenden otras verdades. Al final, lo que fueron presupuestos en la persona del orante se convierten en los frutos de esta relación de amistad. El orante ha aprendido a amar en lo cotidiano, a desapropiarse del don y a verse en su justa medida ante Dios y ante los demás, ni más ni menos.


            Desde este planteamiento se comprende que la oración adquiere espontaneidad en las formas y necesita todo el espacio vital para expresarse, porque el amor no se queda encerrado ni ensimismado. Cuando uno ama no le basta con decir “te quiero”, ha de acudir a la vida para poder canalizar el torrente de energía que circula por dentro. Cualquier palabra que diga estará cargada de sentido y de significado amoroso. Lo que está claro es que este camino en clave de amistad pide que cualquier oración que reciten nuestros labios pase primero por el corazón. Sabemos bien cómo unifica el amor al amante. Lo que aquí importa no es la cantidad de palabras, ritos, horas,... sino la intensidad y la conexión de lo que pensamos o queremos y lo que decimos y hacemos.


 


[1] J.Martín Velasco, Transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, pag 85

[2] J.Martín Velasco, La experiencia cristiana de Dios, 66ss

[3] V11,1

[4] V 8,5-6

[5] V 8, 6

[6] J.Martín Velasco, La experiencia cristiana de Dios

[7] CP 4, 3-4

[8] Comentario de Dolores Aleixandre en Cuerpo y Sangre, de Siro López

[9] CP 21, 2

[10] CP 19, 14

[11]  V 26, 6: “...me dijo el Señor: No tengas pena, que Yo te daré libro vivo. Yo no podía entender por qué se me había dicho esto... ; desde bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja impreso lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!

[12] CP 26, 11

[13] 7 M 4, 4

[14] Mt 13, 24-30

[15] 2 Cor 12, 10

[16] Mt 5, 1-12

[17] Mc 8, 31-38

[18] Lc 5, 27-32