|
Exhortación Apostólica del Papa Benedicto XVI sobre la Eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia.
Como toda exhortación apostólica que se escribe después de un Sínodo, recoge los puntos fundamentales que se han tratado en el mismo, en este caso en el Sínodo sobre la Eucaristía, celebrado en octubre del 2005.
En la introducción del texto nos habla el Papa de su deseo de relacionar esta Exhortación con su primera encíclica “Deus caritas est”, en la que ya relaciona el sacramento de la Eucaristía con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo. En la Eucaristía el ágape de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros.
Presenta la Eucaristía como misterio de fe que estamos llamadas a acoger y a celebrar, como memoria de la entrega de Jesús que nos une en comunión fraterna y es constituyente de la Iglesia, como pan partido para alimento del mundo que nos compromete a seguir siendo, en memoria suya, constructores de paz y de justicia hasta la entrega de la propia vida.
El documento se divide en tres grandes capítulos que pueden resumirse así:
I. EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER.
La Eucaristía es ante todo Misterio de fe. La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía.
La Eucaristía es don gratuito de la Trinidad, en ella se revela el designio de amor que guía toda la historia de la salvación, en ella el Dios Trinidad, que en sí mismo es amor, se une plenamente a nuestra condición humana. Es nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero, en ella Jesús nos encomienda participar en “su hora”, nos implica en la dinámica de su entrega y nos introduce en un cambio radical que ha de llevar a la transfiguración del mundo entero, al momento en que Dios será todo para todos.
La Eucaristía es Cristo que se nos entrega edificándonos continuamente como su cuerpo. Es constitutiva del ser y actuar de la Iglesia. El Espíritu que invoca el celebrante sobre los dones del pan y del vino es el mismo que reúne a los fieles “en un solo cuerpo”.
La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe se alimenta en el encuentro de gracia con el Señor Resucitado que son los sacramentos. Todos los sacramentos están unidos a la Eucaristía y se ordenan a ella, por eso en este capítulo se va haciendo referencia a su relación con cada uno de ellos.
II. EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta en el valor teológico y litúrgico de la belleza, entendida como esplendor de la verdad. La belleza de la liturgia es parte de este misterio, es expresión eminente de la gloria de Dios. La belleza no es un elemento decorativo de la liturgia sino que es constitutivo ya que es un atributo de Dios y de su revelación.
Tiene que unirse en la Eucaristía el arte de celebrarla rectamente y la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Por eso se dan orientaciones sobre sus elementos básicos: arte, libros, cantos…; también sobre algunas partes de su estructura que requieren un especial cuidado en nuestro tiempo: liturgia de la Palabra, homilía, ofrendas, plegaria eucarística, rito de la paz, distribución y recepción de la comunión, despedida. Se dan a continuación orientaciones sobre la participación de distintas formas y de distintas personas, las grandes concelebraciones y las celebraciones eucarísticas en pequeños grupos.
Termina el capítulo haciendo referencia a la adoración a la Eucaristía. Resalta la relación intrínseca entre celebración eucarística y adoración, saliendo al paso de la objeción de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado sino para ser comido. La Adoración fuera de la Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la celebración litúrgica.
III. EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
“El que come
vivirá por mí”(Jn 6,57). Estas pa
La Eucaristía implica la realidad humana del creyente y hace posible, día a día la transfiguración progresiva del hombre llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios. Todo lo que hay de auténticamente humano –pensamientos y afectos, palabras y obras- encuentra en la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. La gloria de Dios es el hombre viviente.
Eucaristía, misterio que se ha de anunciar.
No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza ser comunicado a todos. La Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia, lo es también de su misión. Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera.
Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical.
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo.
La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas; el sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela y provoca constantemente. Quien participa de la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras.
El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor.
Además de dar orientaciones para una celebración digna de la Eucaristía, se habla de la relación intrínseca entre celebración y adoración. Se considera sin fundamento la objeción de que el Pan Eucarístico se nos ha dado no para ser contemplado sino para ser comido, ya que la Adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la celebración litúrgica. “En la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, que es en sí el acto más grande de adoración de la Iglesia.”
Termina el Papa pidiendo al Espíritu que, por intercesión de María, encienda en nosotras el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza infinita propia del misterio santo de Dios. Que, como ellos, volvamos a Jerusalén a compartir nuestra alegría con los hermanos / as en la fe. Que, hechas testigos, anunciemos y vivamos la realidad de las palabras de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mt 28,20). |
|