Se lo oímos a los adolescentes y sobre todo a los jóvenes que sueñan con tener un buen puesto social el día de mañana, una profesión que les dé seguridad y les ofrezca garantías de bienestar. Lo desean muchos padres para sus hijos, aunque incluirán en estos deseos, además, “ingredientes” no sólo materiales, y pedirán, desde su experiencia, salud, amor, felicidad… Lo buscan inconscientemente los más pequeños para poder ir siendo cada vez más autónomos, más ellos mismos, más personas en la vida -eso de crecer en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc.2,52)- como se decía de Jesús niño y lo hemos necesitado todos para ir teniendo “suelo” sobre el que poder ir dando pasos. Y es, para cualquier persona, un camino de aprendizaje que dura toda la vida: “situarnos”.

A nosotras nos lo deseó Enrique de Ossó en ese último libro que fue como su testamento para nosotras: Un mes en la escuela del Sagrado Corazón de Jesús. Nos deseó situarnos en la vida como discípulas de Jesús. Nos invitó a acudir cada día a la escuela de Su Corazón, con la misma invitación de Jesús: Aprended de Mí, que soy manso y humilde. Aprended a escucharme, o lo que es lo mismo, a obedecerme, a mirar mi corazón y mi vida. Aprended de mi mansedumbre, es decir, tened la docilidad de quien le da la autoridad a Dios y deja la propia vida en sus manos. Y aprended la humildad de quien toca la propia verdad y la de los demás.

 

Nuestro Padre nos soñó siempre maestras, pero al final de su vida nos expresó el deseo vivo de seguir a Jesús situándonos como discípulas que van a aprender cada día la mansedumbre y la humildad a la escuela de Su Corazón.

 

Y el Espíritu nos ha confirmado este deseo de Enrique de Ossó al final de su vida, con un nuevo modo de situarnos en la vida con sencillez, humildad, con hondura, como comunidad de discípulas oyentes de la Palabra.

 

Todas necesitamos saber situarnos en la vida; y podemos hacerlo como esos adolescentes y jóvenes que sueñan con el bienestar y la realización personal, como esos niños que necesitan el protagonismo de un momento de crecimiento en autoestima y seguridad, o desde la alternativa creyente, que antes de decir “yo” dice “heme aquí”; que da el protagonismo al Dueño de la vida, y que apunta a otro modo de situarnos marcado por el abandono, el descenso, el despojo de sí. Se trata del amor en estado puro, que no olvida las mediaciones históricas y estructurales… el amor que no busca contrapartidas personales, que puede olvidarse de sí para entregarse a la radical gratuidad del servicio incondicional. (Cfr. Rincones de la ciudad. Orar en el camino fe-justicia. D. Izuzquiza sj. 

Y nos invita a ello, desde su misma vida entregada -Palabra hecha carne, pan tomado en las manos, bendecido, partido y repartido- el Hijo, Jesús, el que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, haciéndose uno de tantos, y a quien el Padre le nombró Señor para gloria de Dios (Cfr. Filp. 2, 6-11), y para glorificar y hacer digna y plena la vida de sus hermanos, toda vida. Éste es el como Jesús de Enrique de Ossó. Aprendizaje no sólo en las ideas, sino en lo que esto implica en nuestra vida.

 

Podemos preguntarnos, mirando a Jesús, y como parte de esta humanidad, ¿qué señales en mi vida manifiestan que estoy situándome de esta manera?   

 

Isabel del Valle, stj