ESTAR DEL LADO DE LOS EMPOBRECIDOS Y EXCLUÍDOS…

 

Cuando leo la primera parte del desafío 3 del documento capitular, me alegra que podamos ir diciendo ya: “Entre nosotras se va dando un mayor acercamiento a quienes sufren…Palpamos nuestra propia pobreza… Y unas líneas más abajo continúa: “La pobreza del mundo y la nuestra nos desconciertan, cuestionan nuestro modo de vivir, el sentido de nuestro seguimiento y de nuestra misión. A la luz del Evangelio, esta realidad se nos revela como oportunidad de apoyarnos en Dios y no en nuestras propias fuerzas, de caminar más humildemente, de experimentar la confianza y la misericordia en medio de nuestra pequeñez… RECONOCEMOS QUE ÉSTE ES UN CAMINO DE GRACIA CON EL QUE DIOS NOS ESTÁ BENDICIENDO…

Elijo este desafío del documento capitular porque hace poco tiempo caí en la cuenta de que, en pocas líneas, habíamos sido capaces de describir sencillamente una experiencia de Dios honda, regalada en el puro desconcierto ante las situaciones de pobreza y de sufrimiento del mundo en el que vivimos y de nosotras mismas. Deseo compartir con todas vosotras el gozo que me proporciona sentir que detrás de estas expresiones, las teresianas nos vamos aproximando por fin a esta opción preferencial, desde un lenguaje que a todas nos resulta “familiar”, el lenguaje de Teresa y Enrique que nos invitan a vivir en todo a Dios o advertir su Presencia amorosa en este mundo que sufre “dolores de parto” cada día.

En este párrafo siento la invitación honda a vivir la EXPERIENCIA  de Dios a partir de la experiencia tan humana de tocar los límites del dolor, el sufrimiento, la precariedad, la injusticia que empobrece y genera exclusión, desigualdad y muerte.

 Es verdad que no deberíamos pretender tocar la pobreza del mundo mientras que nosotras mismas no palpemos nuestra propia pobreza que se muestra en nuestros límites personales o institucionales y en la imposibilidad de encarnar una vida evangélica sólo a partir de nuestras propias fuerzas. Pero es cierto también que necesitamos aproximarnos a los diferentes contextos de pobreza y exclusión con el deseo de ser salvadas, rescatadas, literalmente, de nuestra autosuficiencia y de nuestro deseo oculto de “ser como dioses”. Creo que necesitamos que otros/as muchos nos hablen de cómo se hace frente a la “muerte cotidiana” rescatando la vida que surge en las mil rendijas de los gestos de perdón y de ternura, de fiesta, solidaridad y justicia que se viven también cotidianamente. Sólo entonces podemos reconocer que es CAMINO DE GRACIA con el que Dios NOS ESTÁ BENDICIENDO.

Y esta “aproximación” no puede ser puntual, en el desafío se nos habla de “proceso de conversión personal, comunitaria, provincial y congregacional… porque cada acercamiento o cada “incursión” en el complejo mundo de los empobrecidos por el sistema nos va despojando de protagonismos absurdos –ellos son “nuestros señores”-; nos va remitiendo con suavidad a lo esencial de nuestro seguimiento –compartir vitalmente el sueño de Dios: una Humanidad reconciliada y dignificada por el respeto, la justicia y el amor mutuo-. Y, finalmente, nos va evidenciando una y otra vez que este mundo nos desborda, que no podemos permanecer “del lado de los que sufren” de cualquier manera, y si queremos estar ahí pero ALUMBRANDO VIDA sólo es posible  apoyándonos en Dios y compartiendo la fe en lo cotidiano con otros/as muchos…

La gratuidad, la hospitalidad y la celebración por la vida y la alegría que se siente no son términos casuales. A Dios lo experimentamos realmente cuando sentimos la impotencia, cuando probamos lo solas que podemos llegar a estar. Entonces su cercanía expresada en mil formas de “vida compartida” nos va dejando gustar que “recibimos gratis”; que somos acogidas continuamente por un Dios Padre-Madre; y que tiene sentido celebrar nuestra fe como el motivo fundamental por el que seguimos vivas y apostando una vez más por “otro mundo posible” y otras relaciones más justas y  más igualitarias… De esta experiencia va naciendo un deseo de ser más gratuitas, de hacer hueco a las personas que se cruzan en nuestro camino y celebrar  las buenas noticias que se van encarnando en nuestras vidas cotidianas…

La realidad de pobreza cuando ponemos en Jesús nuestra mirada y nos dejamos enseñar por los otros/as, nos lleva de la mano a experimentar que, en efecto, SOMOS VULNERABLES desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, aunque, como dice Jean Vanier, necesitamos toda una vida para darnos cuenta de lo vulnerables que somos.

 Termino recogiendo en algunas palabras la invitación que recibo: aproximarme- tomar conciencia de mi pobreza a la luz de otras pobrezas-aprender con otros/as a vencer la muerte rescatando el valor de lo sencillo y de lo cotidiano-buscar el PUNTO DE APOYO en Dios que se nos revela ahí precisamente- y vivir con la convicción de que tiene sentido permanecer en medio de situaciones de dolor y de muerte ¡ALUMBRANDO LA VIDA!...

Asunción Codes, stj