TEOLOGÍA y ARTE han recorrido juntas un camino fecundo en la historia de la humanidad. Lo bonito es que en la tesis de Natalia se unen estas dos aficiones suyas con otros elementos de gran actualidad en nuestro mundo y para nosotras: diálogo comunitario, intercultural y ecuménico; armonía de lo diverso, ecología… Nos lo cuenta ella misma:

 

         Al terminar los cinco años de estudio te piden la realización de una tesis. Yo andaba bastante perdida, sin saber sobre qué hacerla y con una enorme pereza de ponerme manos a la obra.

 

            Siguiendo el consejo e ideas de algunas hermanas, surgió la tesis que estuve un año elaborando y que hoy ya está terminada, encuadernada y entre-gada. Su nombre es un poco rim-bombante: La teología de la Capilla “Redemptoris Mater” del papa Juan Pablo II (que cuando comencé la tesis aún vivía y cuando la terminé murió).

 

¿Qué os puedo decir? Pues que lo que me parecía una “pesadilla”, se convirtió en algo precioso. He disfrutado un montón aprendiendo sobre esta capilla muy pequeña, que está en las dependencias del Vaticano y de la que pocas personas han oído hablar.

 

          

  Os hago un pequeño resumen: en 1996, Juan Pablo II celebró el 50 aniversario de su ordenación sacerdotal. Con este motivo los cardenales le regalaron una suma de dinero que él destinó a la restauración de esta capilla. Encargó el trabajo a Marko Ivan Rupnik (jesuita eslove­no, teólogo y artista) y a su equipo. Y le encargó ante todo que se percibiera el encuentro entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, la centralidad de Cristo y la importancia de la Madre de Dios que tanto marcó su pontificado. La verdad que es una capilla con un proyecto iconográfico desco-nocido, atrevido, abierto y muy innovador.

 

 

 

La Capilla es un lugar de encuentro, de diálogo, de ecumenismo plasmado en una pared en la que se unen santos y santas de Oriente y Occidente dando lugar a la Nueva Jerusalén. Todo está decorado con pequeñas piedras y otros materiales de un colorido espléndido, trabajados con mimo de forma individual. El mismo Rupnik dice:

 

“Al trabajar con piedras, se debe percibir que cada piedra tiene su propia existencia, su personalidad propia que debe ser tenida en cuenta. Esto exige que el artista no imponga su propia voluntad, sino que escuche a las piedras, sus voces y las haga salir de manera que se manifieste el coro, se escuche la armonía del canto y no la confusión o un dictado rígido”

Todo es tremendamente simbólico: los colores, las miradas, las posturas, la luz… nada en la decoración de las escenas es por casualidad.

           

 

Me ha impresionado la existencia, en el Vaticano, de este Centro de estudios e investigación: Centro Ezio Aletti, lugar donde se ha realizado el trabajo de esta obra a cargo de Rupnik y su equipo. Un Centro inaugurado en 1991 por la Compañía de Jesús y donde vive una pequeña comunidad de jesuitas y una comunidad de consagradas. El objetivo de este Centro Aletti es el de acoger a estudiosos cristianos del Este que pertenecen a las Iglesias ortodoxas, greco-católicas y latinas y ofrecer la posibilidad de seminarios de estudio y talleres de arte espiritual donde artistas cristianos estudian y conviven para integrar fe y arte en sus vidas. Es un Centro basado en el encuentro entre las personas, las culturas y las Iglesias. Es un lugar de encuentro entre el Este y el Oeste de Europa. Y así nos lo expresa Rupnik:

 

“Cuando nos encontramos, algo ocurre y ya no somos como antes. Los encuentros son una gracia particular de Dios. Son una experiencia fuerte de Iglesia. Me han hecho constatar cómo, en esta Europa de hoy, el Espíritu está tejiendo una red de relaciones sobre un fundamento espiritual. La amistad es el arte que consigue hacerte sentir como tuyo lo que es de Cristo porque te lo regalan los demás: los ortodoxos, los greco-católicos y los latinos.”

 

 

Lo cierto es que he disfrutado un montón y he aprendido mucho sobre una realidad que para mí era totalmente desconocida. Me ha impresionado que el Papa Juan Pablo II quisiera destinar el dinero que le regaló el Colegio Cardenalicio, a la restauración de la Capilla, y que le diera una total confianza al padre Ivan Rupnik para decorar las paredes de la Capilla. Pero me ha llenado de alegría que uno de los mayores deseos del Papa fuera que en ella se expresara un arte capaz de destacar la riqueza del Oriente y del Occidente cristiano. Es importante captar en la decoración la fuerza tremenda de todo un reto en nuestro mundo: el ecumenismo.

Se percibe también, contemplando toda la obra en su conjunto, la centralidad de la figura de Jesucristo. Todo nos lleva a Cristo y la figura de Cristo nos lleva al Padre. Es la manifestación de Dios a través de su Hijo encarnado, hecho uno de nosotros. Es, toda la obra, una plasmación del amor de Dios a los hombres a lo largo de toda la Historia de Salvación. Se percibe un Dios que es fiel, un Dios que está presente en la realidad del mundo, que no es ajeno al sufrimiento humano, que es ante todo Padre y que se nos ha querido dar a conocer a través de Jesús de Nazaret.

Realmente es una obra que desborda y que abarca muchos aspectos de la teología, tratados con una gran profundidad y creatividad artística. El P. Rupnik nos transmite a través de los mosaicos, de la luz, del color... cuestiones teológicas con una fuerza tremenda. Es muy interesante todo lo que estas piedras transmiten, me han trasmitido y seguirán transmitiendo a quienes las contemplen.

Cuando Jesús entró en Jerusalén y algunos fariseos le pidieron que reprendiera a sus discípulos, Él les contestó: «en verdad os digo, que si ellos callan, las mismas piedras gritarán» (Lc 19, 39-40).

En el momento histórico que vivimos se necesitan piedras que griten, y Rupnik las hace gritar. Estas piedras que han sido trabajadas laboriosamente están gritando el mensaje del amor de Dios a la humanidad entera. Nosotros, que hemos sido creados por Dios por puro amor suyo,

 

¿No vamos a ser capaces de gritar desde nuestras vidas el don que hemos recibido y que tantos desean oír?

Natalia Vicente, stj