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Quien no está dispuesto a aprender, difícilmente se deja enseñar. Quienes no han gozado nunca del placer de conocer dejándose guiar, no pueden comprender la experiencia de haber tenido maestros y, lo que es más importante, de seguir aprendiendo de ellos cuando ya se está en “edad de merecer”, intelectualmente hablando.
Durante años he pensando en la forma de devolver lo recibido y no he encontrado otra que desarrollando mi vocación docente teniendo como horizonte el ser “hija fiel de la Iglesia”, no solo en la Universidad sino también desde las columnas de prensa pues desde allí, creo, también se puede contribuir a “ordenar todas las cosas en Cristo”.
Ahora he llegado a la conclusión de que debería dejar de buscar la forma de devolver lo recibido pues no hay devolución posible cuando lo que se hizo conmigo, como con tantas y tantos, en aquellas aulas del colegio de El Vedat, no fue darme algo que yo pueda devolver. Ni siquiera fue “darme” algo. Fue un proceso mucho más difícil de medir, de pesar o de calcular e imposible de devolver porque no fue un “darme” sino un “hacerme”.
Mi tesis doctoral comienza parafraseando a Ortega y afirmando que “yo soy yo y mis maestros”. Y, en efecto. Yo soy yo y lo que aquellas mujeres de la Compañía de Santa Teresa de Jesús hicieron conmigo. Y, como sé que no es mérito mío, puedo decir sin pecar de inmodestia, que no les ha salido nada mal. Podría llenar páginas y páginas explicando lo que hicieron conmigo pero quizás me dejaría lo esencial. Me quedaría sin más en el rosetón de la catedral, precioso, por supuesto, pero no es lo que sostiene la catedral. Lo que hicieron por mí aquellas mujeres de la Compañía de Santa Teresa de Jesús no fue tallar los rosetones, eso lo han hecho otros en la Universidad donde hay también maestros de Ciencia y Sabiduría. Aquellas mujeres hicieron los cimientos, las columnas y los contrafuertes que sostienen la bóveda y la cúpula. Y, como saben muy bien en Roma, la genialidad de Miguel Angel en la cúpula de San Pedro no está en la decoración sino en el inteligente sistema de distribución de pesos que la sostiene. Gracias a él resulta imponente.
Por eso, no se puede cuantificar ni devolver. Lo que se hizo conmigo soy yo, ¿cómo voy a devolverme a mí misma? Sin los cimientos, no habría ni catedral ni una mísera ermita. Pero, por encima de todo, lo esencial sigue estando más allá del edificio; lo valioso es que, catedral o ermita, estas mujeres han hecho que, tal y como les quedó encomendado por el Fundador, este edificio se proponga ser templo del Espíritu Santo, “postrado a los pies de la Virgen y leyendo con entusiasmo a Teresa...”
Ese objetivo está conseguido y aunque para una Compañía tan grande como ésta un solo objetivo no compense el enorme esfuerzo dedicado, permítanme que diga que, por lo que a mí respecta, me compensaría que la Compañía se hubiera fundado sólo para formarme a mí. Gracias a Dios, sé que somos muchos y muchas los que podemos decir lo mismo. Por eso cuando les llegue el desánimo, las dificultades, las dudas o los problemas, que siempre los hay, recuerden que, aunque muchos no lo digamos o tardemos casi 20 años en decirlo como yo, todos los días damos gracias Dios por la Compañía y rezamos para que puedan continuar durante muchos años haciendo lo que hacen.
En mi investidura como Doctora, el Rector de la Complutense me dio, como a todos, un libro que representa el libro de la Ciencia. De todos los símbolos que envuelven la incorporación de un nuevo Doctor al Claustro universitario, ése es el que más me gusta porque, según el antiguo ritual, significa que “por grande que sea tu saber, siempre manifestarás reverencia, respeto y consideración a tus maestros”. Este verano[1] he tenido la ocasión de experimentarlo entre quienes ponen su vida al servicio de que otros como yo tengamos como eje de la existencia el “Todo por Jesús” y de que nos dediquemos, en otros lugares y desde otros carismas, a que otros también lo tengan.
Este verano no sólo he llegado a la conclusión de que no puedo devolver lo recibido sino que, además, he visto aumentar la deuda contraída. Ya no confío en pagarla. Ahora, me conformo con disfrutar viendo cómo, no solo a los 4 ó a los 18 años sino también a los 37, se puede seguir incrementando.
Mª José Pou, A.A. Teresiana [1] Mª José, profesora de periodismo en la universidad de Valencia, estuvo este verano en nuestra Casa General, mientras preparaba en Roma un trabajo de investigación. |
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