Nos encontramos en un momento feliz y dichoso de nuestra historia personal, momento de plenitud, de transfiguración, aun contando con las limitaciones que podamos tener. Tiempo en el que “pensar, sentir, amar como Jesús” puede convertirse en nuestro programa absoluto de vida.

En la celebración litúrgica de Laudes en lengua italiana aparece un himno que recoge perfectamente la súplica que queremos elevar a Dios desde lo profundo de nuestro ser en este momento específico de nuestra vida. Dice así:

 

Dame un lenguaje humilde, que no conozca la agitación 

del orgullo y de la ira.

Dame ojos limpios que venzan las turbias instigaciones del mal.

Dame un corazón puro, fiel en el servicio, ardiente en la alabanza.

 

Lenguaje humilde, ojos limpios, corazón puro… Se trata de una oración/contemplación que no nos deja paralizadas, que supone un movimiento del corazón, aunque el cuerpo no nos acompaña, aunque vayamos en silla de ruedas.

 

¿Mi experiencia?

 

Ø      He sentido que este momento va llegando con lentitud y nos podemos ir preparando, ir dejando de hacer las cosas que hacíamos y para las que nos vamos incapacitando, de modo que otras las hagan, y dedicarnos a lo fundamental.

 

Ø      He percibido como un “frenazo” en la actividad. Aunque nos paramos, el impulso de la carrera nos lleva a dar pasos hacia delante que ya no nos corresponden. Tenemos la tentación de seguir organizando, opinando, e incluso la aspiración de seguir decidiendo. En este momento tenemos que descubrir en nosotras una capacidad nueva: acoger lo que viene de las otras. Acoger con corazón humilde porque sabemos que no tenemos toda la verdad, con respeto y amor verdadero. Acoger la verdad de la otra aunque no esté tan elaborada como la nuestra.

 

Ø      He descubierto que la tercera edad es un proceso “a la inversa”, de categoría diversa y estupenda. El niño, al principio de su camino vital tiene que aprender a hablar; nosotras, en este momento de nuestra historia tenemos que aprender a callar con el hondo silencio de la humildad de corazón. En realidad no es silencio sino que es ofrecer una palabra honda y distinta, con un lenguaje diverso y maravilloso.

 

Ø      He comprendido que se trata de aprender a esperar con la paciencia con que Dios nos espera, aprender a escuchar, a tolerar. Aprender a aprender que la plenitud está más cerca del desprendimiento que de la posesión, que la persona que lo ha dejado todo tiene más que la que cree poseerlo todo.

 

 

¿Mis convicciones?

 

Ø      Experimento que el amor es posible, que no es un reclamo desde abajo, que el amor pleno está en la meta adonde quiero llegar. Lo he descubierto mirando a Cristo, ahí está el amor y desde esta clave han de leerse los Evangelios. Experimento también que el amor no sólo es posible sino que existe, es una maravillosa realidad.

 

Ø      Creo que la vida religiosa, pese a sus límites, tiene la posibilidad de plenificar a quien se entrega a Jesús. Con nuevas formas, seguir haciendo posible que las personas se sitúen en esas zonas.

 

Ø      Creo en el poder transformante de la amistad humana, en la que mi potencialidad de amar se encuentra con la de la otra persona. No estamos hechas para vivir solas. La relación es un gran valor.

 

Ø      Estoy segura de que la verdadera libertad es posible si nos negamos a nosotras mismas. La falta de libertad física es algo terrible, pero la libertad interior nadie me la puede quitar, sólo yo.

 

Ø      Estoy convencida de que la tercera edad se puede convertir en un tiempo fuerte de maduración. Saber envejecer es una empresa que encierra un enorme crecimiento, aunque vengan las limitaciones, aunque se pierda la cabeza.

 

La Tercera Edad tiene una fuerte relación con el tiempo litúrgico del Adviento. El Señor viene, está ya cerca, y nosotras nos preparamos para recibirle, para subir con gozo al monte de la transfiguración.

 

Para esto, contamos con

 

·     Un mensaje urgente: JESÚS VIENE PRONTO. ÉL ES EL SEÑOR.

 

·     Una acción imprescindible: ABRID LAS PUERTAS. Puesto que Jesús viene pronto, hay que abrir las puertas para que entre en nostras toda la luz, saborear la Palabra, convertir nuestra vida en un continuo adviento.

·     Una consecuencia comprometida: NOS EXAMINARÁ EN EL AMOR.

 

·     Una pedagogía indispensable: CONVERTÍOS. Miraos de nuevo, mirad hacia atrás, mudad la conducta.

 

·     Una meta: CRISTO. “Para  que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor.” Ef.4,11-16

 

·     Unas actitudes fundamentales: AMOR, CONTEMPLACIÓN, SERVICIO.

 

Subir al monte con Jesús, ese es el empeño propio de la tercera edad. No son acciones, es postura de transfiguración. Es dejarse invadir por la luz hasta que nuestras vestiduras blancas la puedan reflejar. Como dice San Juan de la Cruz, despojarse de todo: “ni eso ni esotro”… ¿Qué me interesa el poder, qué me interesa el egoísmo….? De modo que sólo queden la alegría, la caridad, la paciencia…Es el gran sosiego de la luz.

 

Juan Pablo II, en la Redemptor hominis, nos dice que la persona no puede vivir sin amor, si no se le revela el amor su vida está privada de sentido. Jesús Redentor revela plenamente el hombre al hombre. Esta es la dimensión humana del misterio de la Redención. El hombre descubre el valor de la humanidad, experimenta y hace propio el amor, es confirmado en él y es creado de nuevo, renace en el amor de un modo nuevo: ya no hay ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer… somos todos uno en Cristo.

 

Se trata de entrar con coraje en este nuevo proceso, de caminar hacia Cristo contando con nuestra debilidad, con la huella de lo que hemos vivido, con los restos de lo que llevamos dentro. Caminamos hacia Jesús, que es el que quita el pecado del mundo.

 

No podemos decir: “A mis años, que no me toquen”, sino todo lo contrario, ahora es cuando estamos llamadas a emplear todas nuestras energías en el amor, la contemplación, el servicio.

 

Acometer la subida al monte para captar la revelación total de la luz de Cristo, mirar, dejarse invadir, ahí está el verdadero amor.