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Jesús es profeta de esperanza y de alegría. La Buena Noticia que nos trae es anuncio de salvación, de gozo. Su palabra va derecha al corazón. Las Bienaventuranzas son su apuesta por la felicidad del ser humano. No tocan aspectos sobrenaturales sino lo que todas las personas estamos buscando a tientas sin saberlo, porque el evangelio no nos saca de la realidad sino que se nos entrega a través de ella.
Jesús se dirige especialmente a los pequeños, a los pobres, a los que sufren y a los insatisfechos y les promete el consuelo, la dicha, la plenitud de sus deseos. Dios comparte nuestras penas y anhelos. Dios nos da la fuerza que necesitamos. Dios mismo es nuestra riqueza, nuestra dicha, nuestra recompensa. Y no sólo en la vida futura sino ya en la presente, porque vivir como hijos/as de Dios nos conduce a la plenitud humana.
Felices si sois pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos.
Jesús, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. 2Cor.8,9. Se hizo uno de tantos, escogió una vida precaria, se acercó a todos “desde abajo”.
Porque somos seres necesitados, la riqueza es un bien, está en función de vivir y de dar vida, de compartir. Y para vivir son necesarias muy pocas cosas. El problema está en cómo nos relacionamos con los bienes. Nuestra tentación es el ACUMULAR, la codicia, la ambición insaciable, porque la abundancia nos da seguridad.
El joven rico se marchó triste, Zaqueo se alegró porque sintió que la salvación había entrado en su casa, y compartió lo que tenía. Y es que el poseer sin compartir, sin construir fraternidad, quita libertad, obliga a defender lo que se tiene, aísla. El pobre es libre, vive la gratuidad, no tiene nada que perder.
Felices si sois mansas/no-violentas porque heredaréis la tierra.
Jesús mismo nos invita a aprender su mansedumbre. Él opta siempre por la recuperación de la persona, “no quiebra la caña cascada”. Él pierde sus derechos para salvar los de los demás. Y a la vez no se inhibe ante la injusticia, no pacta con el error, pero no hace de la justicia un arma arrojadiza ni impone la verdad.
Somos puro poder: podemos pensar, ver…y tendemos a convertir el poder en defensa cuando nos sentimos amenazados. El deseo de poder provoca envidia, amargura, exigencia, necesidad excesiva de reconocimiento. La persona madura se sabe sujeto de deberes, el inmaduro se pasa la vida reclamando derechos. Sus exigencias provocan rechazo.
La única alternativa al poder es el servicio, que es la forma de dar la vida en beneficio de los demás. A la agresividad, la violencia, la venganza, podemos oponer la acogida, la recuperación. Vencer el mal con la abundancia de bien. Afrontar fraternalmente el conflicto, bajar las defensas, apoyar, convivir.
Felices si lloráis, porque seréis consoladas.
El dolor ha estado siempre presente en la vida de la humanidad. Jesús, que se hizo uno de tantos, tampoco entendió el misterio del dolor y pasó por él. Sufrió tristeza y angustia hasta la muerte, pidió que pasara de Él ese sufrimiento, se quejó al Padre de su abandono… pero lo afrontó. Ni se escapó del huerto ni bajó de la cruz. María permaneció al pie de la cruz sin saber qué decir, sin poder hacer nada, pero estuvo junto al Hijo.
Nuestro Dios no es
el dios que hemos idealizado en nuestro pensamiento y que nos evita el
sufrimiento, es el que nos acompaña, sufre con nosotros y nos lleva a la
resurrección. Dios lo permitió hasta en el Hijo, para dar vida, ¿no es
ese el Misterio Pascual?
Porque el grano de trigo tiene que morir para dar fruto. Porque el sufrimiento puede no hundir sino curtir, ayudar a crecer, porque engendra paciencia, virtud probada, esperanza.
Frente al dolor no hay explicación. Afrontar sin entender, como Jesús. Con valentía o sin ella, sin saber qué decir, sin poder solucionar nada, pero permanecer en pie como María.
Felices si tenéis hambre y sed, porque seréis saciadas.
Somos y seremos siempre un puñado de deseos porque somos necesitadas. ¿Hacia dónde los dirigimos?
Necesitamos comer, pero Jesús nos dice que no sólo de pan vive el hombre, que somos bastante más que eso… Engancharnos en la ley de la oferta/ demanda o el estímulo/respuesta con-vierte el placer en esclavitud. Crear necesidades y satisfacerlas nos harta pero no nos hace felices, porque la hartura nos frustra, nos hace pasotas, nos resta ilusión. Es urgente recuperar libertad, ser nosotras las que decidimos la orientación de nuestra vida.
Ir por la vida con hambre y sed. Jesús ofrece pan de vida al hambriento y fuente de agua viva al sediento. En la Eucaristía nos da la clave: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Haced esto en memoria mía”. Haced vosotras lo mismo, completad hoy mi pasión.
Porque la vida tiene sentido si se entrega, si desaparecemos dándonos en alimento a los demás. En lo cotidiano, sin heroísmos, con la sencillez de quien devuelve lo que ha recibido. No podemos vivir sin deseos y cuando los conseguimos nos hartan, pero podemos entregarlos, compartirlos. Centrarnos en nosotras nos empe-queñece, salir de nosotras, abrir horizontes, servir a los demás, nos realiza.
Felices si sois misericordiosas, porque alcanzaréis misericordia.
La palabra misericordia no es otra cosa que bajar el corazón a la miseria. Jesús se situó en lo más bajo para hacerse asequible a todos/as, porque todo desnivel imposibilita la fraternidad. Vivió en un pueblo de mala fama: Nazareth, y entró en la vida pública no lanzándose desde el alero del Templo para impresionar, sino poniéndose en la cola de los pecadores para ser bautizado por Juan. Y el Padre confirmó que éste era el camino: “Este es mi hijo amado”. Se relacionó con todo tipo de personas y no le importó que le tacharan de comilón y borracho. No cuidó la imagen ni actuó para ser visto, dijo que había venido a servir, a salvar lo que estaba perdido…
Nuestra mayor miseria es el pecado. ¿Cómo lo vivieron los que estaban junto a Jesús? - Judas se desesperó ante su imagen rota, confesar su pecado no despertó sino indiferencia en los que le oyeron, se sintió solo, y se quedó sin recursos de recuperación porque la culpabilidad mata. - A Pedro le apenó lo que le había hecho a Jesús, fue a confesar a los hermanos su debilidad, no le importó su imagen. Su pecado, así vivido, le provocó el encuentro con su propia verdad, y dejó de ser engreído y comenzó a ser humilde; con los hermanos, que le acogieron tal como era, y con Jesús, al que siempre había querido. “Tú lo sabes todo…”. Al fin, Pedro había dejado de ser el centro de sí mismo.
Reconocer nuestra debilidad, nuestra vulnerabilidad, es el único modo de aferrarnos a la misericordia de Dios y pedirle sus mismas entrañas para acoger a los hermanos. Nuestra miseria, nuestro pecado, pueden convertirse en lugares de encuentro con Dios. Podemos vivir desde el “tú sabes que te amo”, si lo que nos duele es el mal objetivo, nuestra falta de amor, y no nos dejamos llevar de una culpabilidad que nos destruye al pensar que no podemos recomponer nuestra imagen.
Felices si tenéis el corazón limpio, porque veréis a Dios.
Es Dios quien nos justifica, pero vivir en autenticidad, en coherencia con nuestra identidad teresiana es una tarea nuestra, ante la que no podemos “tirar la toalla” aunque nunca lo consigamos.
Lo opuesto a la autenticidad es la hipocresía, la careta, que nos lleva a cumplir la letra y despreciar el espíritu, a actuar para que nos vean, a deslumbrar en lugar de dar luz, a dar un rodeo para no ver al herido del camino…
Sólo Dios ve en lo secreto, por eso sólo Él puede contabilizar y juzgar nuestra pureza de corazón. Él, que nos sondea y nos conoce, es el garante de nuestra limpieza y autenticidad.
Felices si construís la paz, porque seréis llamadas hijas de Dios.
Jesús fue signo de contradicción. Ofreció la paz y dijo que no había venido a traer la paz… Y es que su paz no es la que da el mundo. El mundo no da la paz, la impone. Su paz es tranquilidad, aislamiento, seguridad, tolerancia (acuerdo para que me dejen “en paz”).
La paz de Jesús no se impone, hay que construirla para llegar a la convivencia, que es a lo que estamos llamados/as, no nos “deja en paz”, nos compromete, nos hace arriesgarnos y puede llevarnos –como a Jesús y a tantos otros- a perder la vida. “En el mundo tendréis luchas, pero tened valor. Yo he vencido al mundo. Como el Padre me envió, yo os envío.”
La paz es
convivencia, es unión, no es tranquilidad ni tolerancia. La humanidad
sólo tiene salida si asume la convivencia, de lo contrario se destruye.
Tres cosas son necesarias para construir la paz:
- perdonar de corazón, como Jesús, “porque no saben lo que hacen”, - corregir fraternalmente desde nuestra propia debilidad, avisar con cariño, sin juzgar, sin imponer, - sospechar que podemos estar haciendo daño aún sin saberlo, salir de la seguridad de nuestra buena conciencia, que no agota la realidad.
Unidas como miembros de un cuerpo, “para que el mundo crea”, afrontando los conflictos, acogiendo al débil en la fe, sin imponer la verdad que puede no unirnos, porque lo que une es la caridad. Como hijas de un “Padrenuestro”, que así es el Padre que nos presenta Jesús.
Felices si sois perseguidas por la justicia, porque vuestro es el Reino de los cielos
Pero Jesús se decía Hijo de Dios y aproximaba demasiado a Dios y a los hombres y mujeres, resultaba molesto que Dios se acercara tanto a la realidad. Y además puso al ser humano en el centro, incluso de la ley… Si a él le persiguieron, también nosotras sufriremos persecución siempre que actuemos como Él, ya nos lo avisó. Nuestra fe no nos ahorra la realidad. Pero también dijo que nuestra tristeza se convertirá en gozo porque el sufrimiento no tiene la última palabra sino que apunta a la vida.
Jesús es el camino, la verdad, la vida. Él no sólo anunció las Bienaventuranza sino que las vivió, por eso son referencia constante para nosotras. ¿Reconocemos sus rasgos en nuestra propia vida?
Ideas tomadas de “Las Bienaventuranzas” de Adolfo Chércoles, sj |
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