Nuestra cultura occidental, heredera de la filosofía griega, acostumbrada a posicionarse a partir de un talante de “maestro”, nos ha legado la prioridad del sentido de la vista, al intentar aprehender la realidad de las cosas y al situarse en la vida. En efecto, la típica tiranía de este sentido impregna nuestro modo de situarnos en la realidad. Dicho hábito reduccionista desconoce los otros modos de presentación de la realidad a través de los diferentes sentidos humanos. Creo que ningún sentido tiene el derecho de atribuirse supremacía sobre los demás, puesto que todos nos actualizan la realidad en sus distintos modos.

 

La realidad es mucho más compleja que lo que usualmente solemos pensar, es una ilusión intentar manipularla. Cada sentido nuestro desvela un aspecto de su insondable riqueza. Basta observar nuestro desenvolvimiento en la vida cotidiana para darnos cuenta del afán de control que caracteriza a la vista. Este sentido domina a sus objetos y los retiene sumisamente en su poder.

 

 

En cambio, en la audición, el sonido, en tanto que realidad sonora, está actualmente aprehendido en el órgano mismo del oír, o sea, dentro de nosotros/as; pero, la cosa sonora puede estar lejos y, entonces, el sonido nos remite a ella. Esto significa que el oír nos está remitiendo siempre a la cosa sonora. El sonido nos lanza físicamente no sólo hacia la dirección de la cosa, sino a la cosa misma. El oído es el sentido de la lejanía, y rara vez de la cercanía, el oído es el más paradójico de los sentidos. El oído me lleva hacia fuera de mi, hacia el objeto sonoro, hacia la alegría y el dolor de esta humanidad sedienta de Dios.

Al contrario de lo que sucede con la vista, aquí no hay un domino del objeto, sino una humilde atención a la realidad de la cosa que no me es posible dominar. El sentido auditivo me hace transcender hacia fuera, por cuanto la cosa sonora se halla en un horizonte acústico (llamémoslo así) al que no me es posible controlar, sino que se me escapa en la lejanía, desde la que debo oír la cosa, con suma atención, para intentar descifrar su mensaje.

 

En virtud del sentido del oído podemos situarnos como “discípulas” oyentes de la realidad de las cosas. Si soy capaz de permanecer en la realidad a partir de una actitud de discípula, que se escucha a sí misma, a sus reclamos más profundos, a sus sentimientos, a sus sueños, a sus heridas..., como también a los de sus hermanos y hermanas, entonces sí estaré en condiciones de ser oyente de la Palabra.  Esta Palabra de Dios no es más que la palabra con mayúscula de cada palabra humana pronunciada con amor. Escucharme a mí misma con misericordia me dispone también a acoger esta Palabra de Dios manifestada a través de cada hombre o mujer, que tal vez grita su dolor en medio del silencio. Muchos de nuestros hemanos y hermanas se han quedado sin voz, sin palabra, porque le han sido usurpados, por tanto, sólo les resta el recurso de un silencio estridente, inhumano y doloroso.

 

Una discípula con fina audición, entrenada desde la Palabra, es capaz no sólo de oír, sino sobre todo de escuchar esos gritos que muchas veces han dejado de ser verbalizados. Escuchar es, pues, más que oír. Y si ya en el oír se producía una sumisión a la cosa sonora, en el escuchar nos sometemos expresa y voluntariamente a ella. Someterse significa acatar la alteridad de la cosa sonora. Es estar abierto/a a salir de sí para acoger en fidelidad la novedad que se me brinda. Se trata de permanecer disponible, desde mi realidad, a otra realidad que me es dada. Disponibilidad que supone desprendimiento de mi, de mis posibles prejuicios e impedimentos, para entregarme dócilmente a la realidad de la cosa que me reclama. Por eso, la palabra escuchar tiene relación con la palabra obediencia. Obedece quien no se revela ante lo escuchado, sino que se rinde sereno/a a esa realidad que se le impone como notificación de la cosa.

 

 

Ahora bien, ser discípula significa ser obediente a esa realidad escuchada, es ser capaz de entregarme libremente a Dios que me reclama en los distintos acontecimientos tanto de mi vida como de la vida de mis hermanos/as. A un maestro/a le agrada situarse a partir del sentido de la vista, pues tiene que controlar las cosas y no entregarse sumisa y reverentemente a aquello que se le escapa de su campo visual, de su cosmovisión. El maestro/a que no logra situarse primariamente a partir de una postura discipular vive triste, pues la imposibilidad de tener todo bajo control le causa desazón existencial, no contagia pasión por la humanidad, y menos aún pasión por Dios. Por consiguiente, uno de nuestro gran desafío sería llegar a ser fieles discípulas, oyentes de las distintas palabras pronunciadas cada día amorosamente por Dios. En la medida que logremos obediencia existencial a esa Palabra escuchada, nuestro apremio por el control de las cosas se irá debilitando por sí mismo, pues la gracia siempre es operante para quien le abra el corazón y la vida.

 

Teresa del Pilar Ríos, stj