Esta nueva sección quiere recoger las reflexiones o experiencias de las hermanas sobre aspectos de la postura congregacional y desafíos del Capítulo.

 ¿Te animas a escribir en tu propia lengua?

COMO PARTE
DE LA hUMANIDAD…

 

      En medio de una vida que fluye  

      más allá de nosotras mismas  -  Giselle Gómez, STJ

 

 

     Como parte de una humanidad sedienta de Dios, de comunión, de justicia, de vida, de paz, nos sentimos llamadas a situarnos en la vida con sencillez,  humildad, con hondura, como comunidad de discípulas oyentes de la palabra.

 

Parece casi innecesario decir que nos sentimos parte de la humanidad. Podríamos reaccionar diciendo que ser personas nos sitúa de hecho dentro de esta humanidad… Sin embargo, muchas veces, nuestros estilos, nuestras maneras de concebir la vida, nuestra forma de comprender la iglesia y la vida religiosa nos han distanciado de ese río de la vida que es la humanidad a la cual nacimos ligadas, en medio de la cual abrimos los ojos a la vida y crecimos.

Por eso me pregunto muchas veces qué queremos decir cuando expresamos que somos parte de una humanidad sedienta de Dios, de comunión, de justicia, de vida, de paz… me pregunto qué significa para mí adentrarme en esta humanidad de la que quiero ser y sentirme parte.

Ahondar en esta pregunta me lleva a experimentar la necesidad de estar en la historia de otro modo. En este sentido descubro como clave hermenéutica de encuentro con la vida el texto de 2 Sm 21, 10. 

 

Rispá, hija de Ayá, tomó un saco y se lo tendía sobre la roca desde el comienzo de la siega hasta que cayeron sobre ellos las lluvias del cielo; no dejaba que se pararan junto a ellos las aves del cielo por el día ni las bestias del campo por la noche.

 

El texto lo conocemos, el pueblo padecía hambre porque Saúl había mandado matar a los gabaonitas. Ellos le piden a David que les entregue a siete hijos de Saúl  para despeñarlos en Guibea de Saúl. De esa manera acabaría la sequía y por consiguiente, el hambre. David acepta entregarlos, perdona al hijo de Jonatán, su amigo, y entrega a los hijos de Rispá y de Mical. Rispá cuida sus cuerpos muertos noche y día, hasta que David se entera de lo que ha hecho esta mujer y se ve obligado a cumplir lo más sagrado de la ley con relación a los muertos. Recoge los cadáveres y les da sepultura.

Esta mujer me evoca una pasión que no se puede describir. Una pasión que la lleva a estar al lado de sus hijos muertos, día y noche, cuidando que ni la lluvia, ni las aves del cielo, ni las bestias del campo le hicieran más daño a sus cuerpos sin vida.

 

Últimamente este texto me sugiere otro de García Lorca[1], citado en la película española “Todo sobre mi madre”. En él una madre describe y llora la muerte de su hijo.

 

Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo más que la mano con que mataron a lo que era mío… Es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotras nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.

 

Las dos, Rispá en el texto de 2 Samuel y la madre en la obra de García Lorca, son protagonistas de la historia, sienten que la historia es suya. Es su sangre, es su carne, es tan suya que no dejan que la vida se vaya tan fácilmente.

 

En el drama de G. L., la madre dice algo que en algunas ocasiones pienso que la gente nos podría decir a nosotras: Tú no sabes lo que es eso. En realidad, el lenguaje que usamos para hablar de la historia y de nosotras mismas, es a veces un lenguaje que parece revelar un cierto no sabernos o no sentirnos parte, como si mirásemos por la ventana la vida que acontece en medio de la humanidad. No se trataría, entonces, de la descripción de algo que sucede, de un fenómeno, sino de algo que se mueve desde dentro. Algo que es como hablar de la sangre de alguien, por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Algo que para quien lo vive tiene un precio precioso.

Ni Rispá, ni la madre del texto mencionado, ni las mujeres en el sepulcro de Jesús hacen algo que pueda ser evaluado dentro de los cánones de la efectividad. Ellas están en la historia de otra manera. De aquí, percibo una clave hermenéutica para nuestra vida:

 

El punto de inicio para repensarnos y repensar es la mística. Repensarnos desde la recuperación de una pasión interior, o de las lágrimas porque esta pasión se nos ha ido o se ha revestido con otras pasiones más gratificantes.

La mística entendida no como fenómenos sino como la posibilidad de que las personas, antes de preocuparse sobre lo que tienen que hacer, descubran que tienen un derecho profundo a acercarse a la hondura de la vida, al misterio que subyace en los entramados de las búsquedas más humanas, a SU PRESENCIA divina y misteriosa que habita la historia.

La mística comprendida también como un acercamiento a lo humano en general. Desde nuestra humanidad, solidarizarnos con la humanidad de otros y otras. Y con ellos y ellas vivir la hondura de lo cotidiano.

 

La mística evoca también la ¿inutilidad? de la vida. Una estadía cómplice con la vida, una estadía gratuita. Permanecer esperando, como Rispá y la madre del texto, para que la vida vuelva. Es una actitud llena de pasión: adelantarnos a preparar la casa mientras llegan los demás (Tob 11, 3). Estar allí para que algo vuelva… para hacer eso, ciertamente, tenemos que ser cada vez más gente, más humanas. Mujeres que aprendemos a conocernos, a cultivar el crecimiento de otras mujeres, que hacemos de nuestros espacios - comunitarios, de trabajo, más institucionales…- espacios vivenciales y cálidos. 

 

Volviendo al punto de partida. Sabernos parte de esta humanidad… dejar que en nuestras vidas y comunidades se entrelacen la historia y Dios. Es la posibilidad que tenemos para desarrollar nuestras energías para amar. No es un mandamiento, es el grito del alma, de todo lo que llevamos dentro. Sirve para VIVIR y se redespierta en nosotras lo que somos de verdad. Más allá de nuestras edades o formaciones diferentes, aprendemos otra vez a vivir de otro modo, volvemos a crear y a recrearnos, sentimos que estamos vivas porque la vida crece cuando crecemos juntas.

 

Todos los días podemos reaprender a estar DENTRO, reaprender a tomar agua con otras personas, a descansar con otros y otras, a cuidar la creación y la justicia y los delicados equilibrios de la paz. Reaprender a redespertar nuestras almas todos los días, como dice el Salmo 108, 3: ¡Despierta, gloria mía! ¡Despierten, cítara y arpa! ¡A la aurora voy a despertar!  Un movimiento interior que lleva cada vez más hacia la hondura. Teresa de Jesús, en su sabiduría, nos invita a ese dinamismo. “… las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza, pues no le levantan nada, que capaz es de mucho más que podremos considerar, y a todas partes de ella se comunica este sol que está en este palacio… Déjela andar por estas moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad…”  (I M 2, 8.) Y así, sentirnos en medio de una vida que fluye más allá de nosotras mismas.


 

[1] Las bodas de sangre. Acto II. Parte II.