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“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. 1 Jn 4,16
Con estas palabras de la 1ª carta de Juan, que expresan el corazón de la fe cristiana, comienza la 1ª encíclica del Papa Benedicto XVI. Se trata no sólo de un mensaje para los que expresamos nuestra fe en Jesucristo, sino de una propuesta de humanización para todos a través del amor de Dios.
“Deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma de manera misteriosa y gratuita, y que nosotros debemos comunicar a los demás… Deseo suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino” Introducción.
La Encíclica consta de dos partes relacionadas entre sí. En la primera ofrece una reflexión sobre Dios y sobre el amor; en la segunda plantea las diferencias que se derivan del amor que Dios nos tiene y del que nos hace partícipes a través del bautismo y de la Eucaristía. Entra de lleno en los problemas de fondo del hombre/mujer de hoy, en tono de diálogo abierto a todos los frentes, sin condena, ya que apoyarse en lo fundamental da libertad interior, evita la angustia y hace innecesario levantar la voz. Transcribimos algunos párrafos que resultan significativos y que invitan a una lectura total y pausada del texto:
“Ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo.”
Supera la alternativa entre eros y ágape –naturaleza y gracia- , les devuelve su dignidad. No hay ninguna condena al erotismo, resitúa al eros sin atacarlo ni reducirlo.
“Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente –fascinación por la gran promesa de felicidad-, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará “ser para” el otro. Así, el momento del ágape se inserta en el eros inicial; de otro modo se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza.”
El tema fundamental es el amor absoluto de Dios que nos precede, acompaña y envuelve. Lo esencial es lo que Dios ha hecho con nosotros. Quien ha sido amado siente la necesidad de amar, de salir de sí, de ir al encuentro. Sin amor la libertad es un abismo de soledad.
“La primera novedad de la fe bíblica es la imagen de Dios. El Dios único en el que cree Israel ama con un amor de predilección… Su amor es eros y agapé a la vez. El amor de Dios por el hombre va más allá de la gratuidad, es amor que perdona.”
Jesús se nos revela no en el orden del poder o de la idea abstracta sino que se hace misericordia y muerte por amor:
“Dios se ha hecho visible en Jesús, Dios envió al mundo a su único hijo para que vivamos por medio de él. Y Jesús va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y extraviada. En la cruz podemos comprender el amor de Dios y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.”
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida…”
La comprensión de Dios nos lleva a la comprensión del hombre.
La segunda novedad la encontramos en la imagen del hombre. Jesús ha perpetuado su acto de entrega en la Eucaristía. La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega.
En la 2ª parte muestra que la caridad es constitutiva de la Iglesia, nace de su lógica interna. Quien ama a Cristo, ama a su Iglesia. Es sorprendente el estilo que utiliza, es un esfuerzo de sencillez, una reducción a lo esencial. No cita a sus predecesores, y utiliza referencias a personajes como Juliano el Apóstata o Teresa de Calcuta…
Las palabras dedicadas a María no
requieren comentario:
El Evangelio de Lucas muestra a María atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel. «Magnificat anima mea Dominum», dice con ocasión de esta visita y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor. Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.
Del Mensaje del Papa para la Cuaresma 2006
- La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia. Deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra “mirada” sobre la humanidad se asemeje a la de Cristo.
- Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la “mirada” de Cristo.
- Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de cada persona.
- En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente a favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la “salvación integral”.
- Al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia descubriremos una “mirada” que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor.
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