Los ojos de Enrique fueron humanos.

Y un día se cerraron.

Llenos de luz y vida, habían gozado –en solitario a veces, a veces hermanados con otros muchos ojos- del color y la forma de las cosas, del verde de las ramas del Desierto de las Palmas, del azul del cielo y el mar, del gris verdinegro de las rocas de Montserrat, del pardo del otoño en un claustro de Carmelitas o en un convento franciscano, del negro de la noche, del blanco de la luz…

Miraron las estrellas y supieron ver detrás de ellas.

Miraron y vieron muchas cosas. Eran humanos.

Pero no veían a Dios. El cara a cara de esa visión les subyugaba, pero había una niebla en el entorno de las cosas.”El hombre no puede ver a Dios y seguir viviendo” –había dicho Yavé a Moisés, cuando éste suspiraba por su visión-.

Eran ojos humanos.

Pero un día dejaron de serlo. Hechos para contemplar la luz, dejaron de moverse en las tinieblas de todo lo que abarca la humana mirada.

Y contemplaron aquella faz inmensa para la que estaban hechos. Sin deslumbrarse, sacando de las arcas de lo eterno la necesaria capacidad de ver a Dios, cara a cara, en la luz sin ocaso.

Aquellos ojos hechos para “contemplar la faz inmensa” del Señor, vivieron muchos años fijos en la eternidad. Se fueron preparando.

La eternidad es el término; el tiempo, la espera, sólo eso.

Sus ojos humanos se cerraron en el silencio de la noche, en Santo Espíritu del Monte. Un 27 de enero.

Era el año 1896. Hoy hace ya 110 años.

 

Con ansias de verte. Aquellos ojos humanos siempre atentos al horizonte de eternidad, empiezan a desear con ansia otra visión… Teresa de Jesús le contagia deseos, le apremia con su palabra de enamorada. Y el Solitario se siente inundado de los mismos anhelos. Sus ojos buscan, otean… Y empieza el gozo doloroso del deseo, de la herida de amor.

Se va agudizando la vista. Un deseo de unión, como el de la Santa, empieza a hacer difícil la espera. Se desea ardientemente la “presencia y la figura” para curar la herida de ausencia.

 

“Para el alma que ama no puede haber mayor dicha ni felicidad que estar junto al objeto amado…Porque si es amor es unión o tiende a la unión, evidente es que ha de buscar juntarse con la cosa o persona amada, porque mientras están distantes dos cosas, no se pueden unir, porque deben estar en contacto para esto… Junto a ti, oh mi Amado, sí que está la dicha, porque tú eres la fuente de ella y tú la plenitud de la que participan todas las cosas creadas.” RT. 1892, pág. 261

Se va haciendo una criba de deseos y va quedando, inmensamente grande y único, el deseo de Dios, de estar junto a Él.

Se adivina ya una belleza sin fronteras ni sombras. Una belleza que no sea sólo participación, sino plenitud. Y para la que no bastarán los ojos que han mirado solamente pequeños destellos que ha dejado, a su paso por ellas, el Amor.

“Que ya sólo en amar es mi ejercicio”. El 95 fue su último año. La carga de dolores iba creciendo. Los nacidos del amor eran más llevaderos. Era Dios el que hería y Él quien curaba.

Los hombres –mediaciones de dolor y gozo en muchas ocasiones- hicieron su parte.

Invadido de presencia divina, crecía en deseos de llegar a la orilla.

 

“Desterrada de mi patria en la tierra del dolor, por ti, oh cielo, yo suspi-ro, patria del eterno amor…

Que muero porque no muero cantará mi corazón mientras mi alma se halle presa en esta oscura prisión”.

 

Antes de que sus ojos –humanos todavía- contemplaran aquel convento franciscano de Santo Espíritu y gustaran de los últimos destellos de belleza terrena, escribió en la revista teresiana una página que merece la pena leer y releer. Algo así como el testamento del que “ansioso por ver al Señor, desea morir”.

 

“Pasa la brevedad de la vida y con ella todas sus miserias y sus grandezas. ¿Qué hacer, pues?

Asirse bien a Dios que no se muda… Y mientras llega tan deseado momento, cantares de pena, suspiros por el Cielo han de brotar de nuestro pobre corazón, gozándose con la contemplación y la esperanza de ser un día ciudadanos del cielo para cantar allí eternamente sus misericordias.” RT, 1895, pág. 324

En Santo Espíritu se detuvo su actividad y empezó a gustar de la quietud de Dios. Se ejercitó en amar. Y aquel ya fue “solo su ejercicio”.

Se acababa ya el tiempo y sus mudanzas. Se acababa el acopio de paciencia, que no necesitaría más. Ahora quedaba “Sólo Dios”.

Y Dios se le mostró – como siempre – en Jesús. Todo era ya Jesús: Jesús mío y todas las cosas”, y Él su recompensa. Sólo Él.

Los frailes franciscanos que aquel 27 de enero cerraron sus ojos a las once y media de la noche se hubieran estremecido –como nosotras ahora- si hubieran leído esta última página que rezumaba amor, la última de aquellas que todos los meses firmaba El Solitario.

 

“No vaya yo de este mundo, Jesús mío, sin haberte amado y hecho conocer y amar cuanto me es posible. Aumenta mi amor, Jesús mío, y todas mis cosas.

Oye mis súplicas, Jesús mío; quisiera amarte como tú mismo te amas a ti y a tu Padre celestial.

¿No es posible, Jesús mío, amarte como tú mismo te amas? Pues a lo menos, ámete cuanto te pueda amar… que viva y muera abrasado de vuestro divino amor.” RT, diciembre 1895.

 

Ya podía irse. Ya podían abrírsele otros ojos “más grandes” que miraran para siempre y cara a cara al que había definido unos días antes como “el Dios de su corazón”.

Del folleto: “No te tardes, que te espero”,

de Mª Victoria Molins, stj

 

 

 

 

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