Caravana europea a la frontera de ceuta

dos Hermanas nos comparten su experiencia

 La noticia nos llegó a través de CONFER. “Es importante difundirlo”, decía. Lo difundimos, y las dos nos animamos a unirnos en Madrid a la caravana. El 4 de noviembre por la noche nos sumamos a un grupo rodeado de policías y cargado de  pancartas: “Ninguna persona es ilegal”, “Al hambre, ¿con alambre?” “No más muertes en la frontera”, “El Sur, saqueado; el Norte, cerrado”, y muchas más....

El grupo era compacto. En diversos puntos de Europa se habían convocado manifestaciones y vigilias en protesta por la muerte de subsaharianos en la frontera Ceuta-Marruecos, por la deportación y abandono en el desierto de cientos de ellos, por la inversión en militarizar fronteras, etc. Y surgió la idea de ir en caravana hacia la valla de Ceuta, aquella valla en la que habían muerto a tiros unos seis jóvenes de países africanos porque querían alcanzar Europa para pedir asilo político o huir de la pobreza de sus países, (pobres o empobrecidos). Salimos en tres autobuses hacia Algeciras. En la mañana del día 5 nos encontramos todos: unas 500 personas llegadas de Francia, Alemania, Italia y España, (procedentes de Madrid, Barcelona, Coruña, Málaga, Granada, Sevilla, y nosotras dos de Pamplona). Cruzamos el estrecho en ferry, recordando tantas  pateras volcadas en aquellas aguas, y tantas personas ahogadas en ellas sólo por usar su derecho de buscar un mejor vivir.

En Ceuta conocimos a cinco religiosas, Carmelitas de Vedruna, que desde hace años acogen a los que llegan en pateras y viven perdidos por la ciudad. Desde aquel triste acontecimiento del 28 de Septiembre, su labor solidaria viene encontrando muchos impedimentos. La manifestación comenzó en el puerto de la ciudad, de allí nos dirigimos a El Tarajal, lugar de la doble valla fronteriza donde murieron los jóvenes subsaharianos. La policía no nos abandonó en ningún momento de los muchos kilómetros a pie, tampoco el grupo de chiquillos moros, que tras la furgoneta de apoyo iba gritando lo mismo que nosotros: “¿Quién cultiva tus lechugas?- Sin papeles, sin papeles./ Quién te siembra los tomates? –Sin papeles, sin papeles./ ¿Quién te cuida la abuelita? –Sin papeles, sin papeles”. Las pancartas hablaban por su cuenta, y también las escaleras de plástico, papel o madera que simulaban las construidas por los inmigrantes en los bosques marroquíes para poder saltar la valla.

La alambrada tiene una longitud de 8 Km. Comienza en la orilla del mar, serpentea entre las últimas casas de la ciudad y acaba en la zona fronteriza con Marruecos. Nos encontramos con un fragmento de valla ante el cual se nos puso un nudo en la garganta y nos rodaron las lágrimas: aun colgaban de sus alambres restos de unas deportivas y el pobre saco con el que querrían defenderse de pinchazos y arañones.

Por fin llegamos a nuestra meta: el final de la valla, el lugar donde se produjo el triste hecho de aquella madrugada de septiembre, zona militarizada donde nos esperaba un fuerte dispositivo militar. Después de una tensa negociación con el responsable de la zona, unos compañeros consiguieron acercarse a la valla en nombre de todos. Rodeados de gran silencio y expectación colocaron una gran pancarta pidiendo tumbar la valla y, en memoria de los jóvenes caídos”, echaron sobre ella ramos de claveles rojos y blancos. Allí se pidió la “paralización de la política migratoria europea, el cese de la construcción de más Centros de Internamiento para inmigrantes en los países de tránsito y el fin definitivo de la repatriación de emigrantes a terceros países”.

Pensativos y contentos a la vez, desandamos los muchos kilóme-tros rumbo al CETI. Era ya noche cuando llegamos al Centro de Estancia Transitoria de Inmigrantes, “refugio” de los que han conseguido entrar en territorio español. Nos recibieron unos 400 hombres y algunas mujeres con sus niños. Instalamos las tiendas en una colina adyacente donde, después de la cena, caravaneros e inmigrantes cantaron y bailaron a oscuras con ritmos africanos, indios, pakistaníes y argelinos.

El domingo día 6, se celebró una asamblea en que los “sin papeles” nos contaron por qué salieron de su país, cuánto sufrimiento encontraron en su éxodo por África y qué esperaban de Europa. Hablaron de sus guerras, del saqueo que las multinacionales europeas hacen en sus países, de los sobornos exigidos para dejarlos continuar su camino. Unos sudaneses pidieron respeto a las normativas internacionales sobre el derecho de asilo, porque “la noche que saltamos la valla, echaron a patadas al suelo marroquí a otros hermanos nuestros, aunque gritaban que sólo pedían asilo político”.

Recogido el campamento emprendimos la marcha por el centro de la ciudad. En los autóctonos se apreciaban diferentes reacciones: unos decían OK con manos o palabras, otros nos gritaban “que os peguen el sida...llevaos dos negros a vuestras casas”. En la Delegación del Gobierno el delegado Jerónimo Nieto recibió una comisión que le expresó la demanda de la caravana. De allí al ferry. A las 22.30 emprendimos el regreso a Madrid.

Negativas, insultos, cansancio acumulado... Nada podía compararse con la riqueza de la experiencia vivida. Al ir, cada uno de nosotros sabía en el fondo que no conseguiríamos nada en concreto, pero al volver traíamos la certeza y la alegría de un deber cumplido. Denunciar la injusticia, defender los derechos humanos, prestar la voz a tantas gargantas enmudecidas... son signos que el Reino espera ver realizados.

 

Ana Mª Cifrián y Mercedes Gómez, stj

 

 

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