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El recuerdo de las personas que dejan huella en la humanidad no se pierde, y tampoco el de los personajes literarios que impactan no sólo por la calidad de la pluma de quien los crea sino por la “personalidad” que les confiere su mente creativa. Es el caso del Quijote, que cumple 400 años y sigue interesando no sólo a los hablantes del castellano sino a todos los que son capaces de captar su espíritu caballeresco en medio de su locura...
El P. Ramón Cué, S.J. escribió una obra breve en la que, a través de tres cuadros escénicos, se atreve a comparar nada menos que a Santa Teresa con el Quijote e incluso simula un encuentro de ambos. Imaginación y poesía se unen ...
“ Santa Teresa se ha echado de nuevo a la calle y recorre otra vez los viejos caminos que retozan de júbilo en cuestas y cañadas. ¡Ya vuelve la Madre Teresa! Todos los caminos de España conocen sus huellas. Por todos corren ligeras sus sandalias andariegas ... Y en la Mancha, ¿qué va a pasar en la Mancha, Madre Teresa, cuando al lado del primer molino de viento salga a recibirte la flor y nata de nuestros caballeros andantes, D. Quijote de la Mancha? ¿Qué va a pasar en la ruta más bella de los caminos españoles, la ruta de la locura, la ruta de la “razón sin razón” de nuestro señor D. Quijote?
- ¿Adónde vas D. Quijote? - A desfacer entuertos, a desencantar doncellas y princesas, a libertar galeotes forzados, a restaurar la justicia, a instaurar de nuevo en ésta de hierro, la Edad de Oro. ¡Oh dichosos tiempos que el mundo ha perdido! - ¿Adónde vas, Madre Teresa? - A desfacer entuertos también. A enderezar la observancia religiosa que se había torcido en los Carmelos. A poner derecha la regla del Carmen, a reformarla, a devolver a la Orden el espíritu de aquellos tiempos de oro de nuestro Padre Elías, Eliseo y los ermitaños del desierto. ¡Oh dichosa edad aquélla!
A D. Quijote de tanto leer se le secó el cerebro: loco de razón. A Teresa, la que leyó sin descanso en el Libro Vivo le creció gigantescamente el amor: es loca de corazón. Después los dos, ya locos, se fueron por los mismos caminos, bajo las mismas nubes de polvo, acuchillados por idénticos soles, curtidos por los mismos cierzos. Los dos ven a su alrededor lo que nadie ve, los dos desprecian olímpicamente el dinero y sin tener una blanca se sienten millonarios. Los dos, auténticamente enamorados, buscan la clandestinidad de la noche: Quijote para ir al encuentro de Dulcinea, Teresa para sembrar España de conventos... Los dos ... Los dos... ¿cómo no habían de encontrarse algún día por los caminos largos de Castilla?
El encuentro de ambos tiene lugar en el segundo acto. D. Quijote descubre la carreta de la Fundadora y piensa que se trata de princesas raptadas y encantadas. Sólo Sancho ve la realidad: son monjas y pobres. El encuentro termina con estas palabras:
- Enamorado soy, señora, y de la más excelente hermosura que sólo cede en perfección ante la vuestra. Toda la razón de ser de mi caballería andante reside en el amor. El amor me ha lanzado a estos caminos. - A mí también. ¡Todo está en el Amor!
Hubo una pausa solemne en la llanura castellana, incendiada por el crepúsculo. El sol en el horizonte ardía en llamas como un gigantesco corazón. Se miraron los dos enamorados. Se comprendieron.
- ¿Cómo se llama vuestro amor? - Se llama Dulcinea del Toboso. ¿Y vuestro amor, señora? - Su nombre está ya para siempre atado al mío. Yo me llamo con él Teresa de Jesús.
La poesía que brota de labios de los enamorados entra en conflicto con el realismo de las intervenciones de Sancho:
- Permitidle, señor D. Quijote, hablar a vuestro escudero. - Habla, Sancho, ya que la sencillez de tal dama así se abaja y me lo pide. Pero advierte, Sancho, que midas las palabras y no digas algunas de tus bellaquerías, que el prestigio del caballero también se mide por la discreción de su criado. - Sí haré, señor, pero que la grandeza de mi señora Dña. Teresa, que así creo que se llama, disimule y disculpe lo que no por malicia, sino por falta de universidad, no vaya bien dicho en palabras o en conceptos. - Hablad, hablad como sabéis, Sancho amigo, que yo tampoco soy culta ni letrada, ni cursé jamás aulas universitarias. - No las ha cursado, Sancho, porque su natural cultura y cultivado ingenio no lo hacía necesario. Que no es ella, Sancho, para alumna y discípula, sino para catedrática y doctora. - No le deis, señora, demasiada confianza, porque si empieza a ensartar refranes mi escudero, los más de ellos no vendrán a cuento, y los pocos que encajan o alargan los conceptos o envilecen las conversaciones. Y sin más, Sancho. Hablad breve y comedido.
- ¿No me admitiría, señora, vuestro esposo, como amo o escudero? - Sí, Sancho, podéis entrar en su servicio, pero en más alto cargo. - No sé en cual, que no tengo otro oficio que el de criado. - Todos los que sirven a mi esposo dejan de ser criados. - Esto no entiendo bien, pero sea lo que fuere, ¿paga bien vuestro esposo? - Paga tanto, que jamás podrías contarlo. - ¿Llegaría a darme una “ínsula” si bien le sirvo? - ¿Ínsula dices, Sancho? Mi esposo, a todos los que le sirven les da un reino. Los hace reyes.
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Pues me apunto a este
servicio, contad conmigo. - No sé si podrás, Sancho. No por Él, sino por ti... - Pues, ¿qué tengo que hacer? - Difícil, Sancho ¡Tendrías que dejar de ser Sancho! - ¿Dejar de ser yo Sancho? Así os entiendo yo a vos como a mi amo... Esta doña Teresa, o doña monja o doña Reina, que ya no sé yo ni lo que es, debe padecer de la misma enfermedad de cabeza que mi señor D. Quijote. Locos de atar los dos. Tal para cual...
En el último acto, Cué pone en paralelo la muerte de ambos:
La última aventura y la andanza suprema es la muerte. Para todos, caballeros o escuderos, cuerdos o locos. Los dos, Teresa y D. Quijote llegaron destrozados y deshechos de los caminos de la vida:
Sancho – “Ay, no se muera vuesa merced, señor mío, tome mi consejo y viva muchos años. P. Antonio – Madre, pida al Señor no nos la lleve ahora ni nos deje tan presto.
D.Q. – Come, Sancho amigo, sustenta la vida que más que a mí te importa y déjame morir a mí a mano de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias. Yo, Sancho amigo, nací para vivir muriendo. M.T. – Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero.
D.Q. – Callad, que me parece que no estoy muy bueno M.T. – No tengo a mi parecer hueso sano, hijas mías. ¡Válame Dios, qué cansada me siento! Ha más de 20 años que no me acosté tan temprano como ahora...
Efectivamente, Madre Teresa, llevas más de 20 años caminando por los caminos de España, acostándote siempre muy tarde porque te reclama Dios en la contemplación, porque te obligan los hombres, tus directores, a escribir las Moradas, las Fundaciones, el Camino de Perfección... o porque el amor al prójimo y el gobierno material de tus conventos te exige escribir cartas y cartas... Entre Dios y los hombres todos tienen la culpa. No te han dejado dormir. Pero ahora ya va a ser un descanso definitivo. Ensaya, pues a dormir, Madre Teresa...
Don Quijote no murió cuerdo. Lo dice claramente el escribano al redactar la nota de defunción. El que ha muerto es D. Alonso Quijano el Bueno... Luego D. Quijote sigue vivo paseando entre las estrellas la quimera sublime de su locura. ¡D. Quijote el loco es inmortal!
Teresa muere como ha vivido. Loca empedernida por el amor de Dios. Madre Teresa, Patrona y abogada de los locos por Dios, ¿no querrás endiosarnos? Transverberada por la lanza del serafín, guarda y sujeta con tus manos la lanza absurda de D. Quijote, desplazada por los proyectiles intercontinentales. ¡Teresa de Jesús, intercede ante Dios por la divina locura del mundo!
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Boletín Informativo / Servicios Teresianos en RED / Portal STJ