Alrededor

     del pozo

     y  por el camino.

 

Jn 4,5-30 y Lc 10, 29-37

 

 

Los dos textos, están atravesados por una extraña osadía, casi una desobediencia. Son narraciones de historias interiores, pero entrelazadas con la historia oficial, cultural y social de un pueblo.

 

Son personas atrevidas. No hay nada que pueda dejar pensar o interpretar estos relatos como algo que se concluye en un encuentro intimista. En estos relatos se critican doctrinas, políticas culturales y sociales y también religiosas. Es en esta perspectiva en la que la actitud de Jesús resplandece mucho más. Las comunidades lo narran y todo tiene otro gusto, las palabras resuenan con más calidez. Son más solemnes, pero también más tiernas. Sirven para asegurar que es esto un estilo de vida alternativo, que es esto el sueño que hay que cultivar en la historia.

 

La misericordia como actitud de asombro. Los dos textos tienen sabor a estupor: un hombre y una mujer asombrados, porque pueden hablar juntos (Cfr. Jn 4), las culturas se asombran porque tienen puntos en común, sintonías profundas y expresan la misma búsqueda y el mismo deseo de infinito. ¿La misión? Reivindicación de dignidad. ¿Y la vida religiosa? Una vida posible. Todo se ilumina y adquiere otro sentido. El asombro es posible, todavía hay espacio... todavía hay búsqueda, superando la esterilidad de las leyes que condenan personas y culturas.

 

La docilidad de ambos es el hilo conductor de estos relatos: el gusto por la vida que alimenta el gusto por lo ético. La docilidad de Jesús, profundamente histórica, la misma que vivió con la Cananea, con la hemorroisa, o con la mujer que irrumpió en la casa -y en los esquemas mentales- de Simón el fariseo (Lc 7 , 36-50). La docilidad de Jesús con la Samaritana: Él narra y la invita a narrar y se unen las sedes. Algo que Él siempre supo reconocer: la sed: si alguno tiene sed, venga a mi... (Jn 7, 37b.). Las(os) que tienen sed de

agua, como la tierra, o como aquellos pueblos que todavía tienen que buscar agua todos los días, los que conocen el agua sólo por un lento goteo, los que vienen vendidos porque alguien está haciendo negocio con su agua. Quien tiene sed, venga... los intelectuales que tienen sed de la sabiduría, los científicos, los políticos que quieren dar de beber, los artistas que aman la belleza, los excluidos de las periferias, los buscadores de otras religiones, los cuidadores de otras culturas, las mujeres sedientas de su identidad. Estos son los areópagos contemporáneos. Estos son los pozos, o los caminos, de Jerusalén a Jericó (Cfr. Lc 10, 30). Es así que el agua se vuelve viva, y se niega a terminarse.

 

El texto de Juan es un grito, el grito de los elementos más cotidianos, así como es grito de personas, culturas, dignidades profundamente fragmentadas, cansadas, explotadas, confundidas, pero también amantes, soñadoras, reconciliadas con la vida, capaces de recuperar energías y tiempo. Todo expresa un gemido inexpresable al cual los dos, Jesús y la Samaritana, dan voz y rostro.

 

Lo mismo podríamos decir de la parábola lucana (Lc 10, 30-35). La docilidad a la vida, la obediencia a los acontecimientos. Un hombre bajaba de Jericó a Jerusalén... puede ser que ese hombre también fuera sacerdote o levita, visto que transitaba por el mismo camino de los otros dos. Si era así ¿qué habrá dicho cuando se enteró que quien lo socorrió fue un samaritano? O puede ser, también, que ese hombre fuera samaritano, por eso, los otros dos, lo reconocieron por sus rasgos. Puede ser también, que el sacerdote y el levita, no supieran qué hacer con un herido, pero ¿por qué no fueron a llamar a otros? ¿Por qué no buscaron ayuda? ¿O, su religión y su rol no les permitían solidarizar con otros que hubieran podido saber qué hacer con el herido? La elocuencia ética de esta parábola deja que resplandezca el cuerpo, con sus dolores, sus sufrimientos, sus heridas y no la doctrina, o las leyes de pertenencia religiosa o cultural. El cuerpo se vuelve imploración, quebrando la rígida lógica de las leyes oficiales. También en este relato, los elementos de la naturaleza se descubren recursos naturales sin límites (Cfr.10,34 b): agua viva, aceite y vino que vuelven a alegrar el corazón y a hacer brillar el rostro (Sl 104, 15).

Con quiénes nos identificamos. Al escuchar una vez más estas narraciones evangélicas, podríamos intentar identificarnos con la Samaritana, o con el Samaritano, como vida religiosa. Ahí podríamos discutir si las mujeres sintonizamos más con la sed y la osadía de la Samaritana y los varones con los sentimientos de justicia del Samaritano. Personalmente no creo que se trate de eso. No creo y no lo quiero creer, también para no volver al dualismo de siempre. Creo más bien que no tenemos que buscar ninguna identificación. Tampoco con Jesús, porque nosotras(os) estamos todavía en búsqueda y hacemos esta opción sólo porque intuimos que nos permitirá continuar buscando.

 

Nosotras(os) somos nosotras(os) y nada más, y hoy volvemos a escuchar lo mismo que escucharon muchos discípulos y discípulas de las primeras comunidades. Nosotras(os) sentimos que todavía existe un espacio y un tiempo para asombramos, para salir de actitudes e instituciones todavía egocéntricas, Para ensanchar doctrinas e ideologías excluyentes, Nosotras(os) sólo nos identificamos con la sed, una inquieta sed, todavía llena de preguntas, todavía itinerante en búsqueda. Una sed exigente y siempre más exigente, como la de la samaritana, de hombres y mujeres que quieren salir de los esquemas impuestos por fundamentalismos culturales y religiosos.

 

Nosotros sólo tenemos sed y sólo buscamos, y por eso nos movemos en este mundo, nos acercamos, nos atrevemos a hablar idiomas diferentes, a aprender a vivir con los ritmos del medio-ambiente que nos acoge. Estos textos nos evocan la sed, y aumentan en nosotros la nostalgia profunda, todas las veces que sentimos que como mujeres, como varones, como instituciones religiosas y eclesiales, no estamos cultivando la sed. ¿Y la misión? Simplemente una intensa búsqueda, donde la vida se vuelve dócil y no huye mientras se dilatan las entrañas y la mentalidad, que viven en una extraña sintonía y palpitan al mismo ritmo todas las veces que Dios se deja percibir, o sólo pasa, o simplemente inhabita personas, lugares, amores, profundas solidaridades y secretos de-seos. El sueño, tal como quería Pablo VI, y expresaba en la Populorum Progressio: una iglesia experta en humanidad.

 

               Antonieta Potente, op

 

 

 

 

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