
La
intención del Papa al declarar un año particularmente dedicado a la
Eucaristía es que “la comunidad cristiana tome conciencia más viva del
mismo con una celebración más sentida, con una adoración prolongada y
fervorosa, con un mayor compromiso de fraternidad y de servicio a los
más necesitados”.
Según
el Papa la Eucaristía es “Misterio de luz” y “de luz
tiene necesidad el corazón del hombre,
oprimido por el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por
sufrimientos de todo tipo. El mundo tiene necesidad de luz, en la
búsqueda difícil de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio
perturbado y humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra”.
Asimismo, es “Misterio de vida” y “¿qué aspiración puede ser más grande
que la vida? Y sin embargo sobre este anhelo humano universal se ciernen
sombras amenazadoras: la sombra de
una cultura que niega el respeto de la
vida en cada una de sus fases; la sombra de una
indiferencia que condena a tantas personas a un destino de hambre y
subdesarrollo; la sombra de una búsqueda científica que a veces está al
servicio del egoísmo del más fuerte”.
“Ya desde ahora
pongo en manos de la Virgen María, «mujer eucarística», esta nueva
iniciativa. Que Ella haga crecer a cada comunidad en la fe y en el amor
hacia el misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor.”
La
celebración tiene tres acciones especiales:
1.
El
inicio, con el
Congreso Eucarístico Internacional,
de Guadalajara, México, con el tema:
“LA
EUCARISTÍA, LUZ Y VIDA DEL NUEVO MILENIO”.
2.
La
publicación de la Carta Apostólica MANE
NOBISCUM, DOMINE. Quédate con nosotros, Señor, centrada en la
Eucaristía.
3.
El
Sínodo de los Obispos
que se
celebrará en Roma, en octubre de 2005,
cuyo tema será
«LA
EUCARISTÍA, FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA»..
El
Papa inició oficialmente el Año de la Eucaristía en Roma, el 17
de octubre, y se conectó por televisión con Guadalajara, México, donde
miles de peregrinos celebraban la clausura del Congreso Eucarístico
Internacional.
Las Hermanas de
Guadalajara nos cuentan:
“Lo que más conmovió a todos los
asistentes fue la participación y respuesta del pueblo. Se calcula que
en la romería a la Virgen de Zapopan participaron casi dos millones de
personas, y en la exposición al Santísimo por las calles de Jalisco más
o menos medio millón. Gente de todos los estractos socio-económicos,
,jóvenes y ancianos, discapacitados, los más pobres... Por supuesto que
los danzantes y los mariachis también tuvieron su lugar en el Congreso.
Jesús en estas tierras hace el milagro de la convocación.
En cuanto a
resonancias, los dos Obispos más aplaudidos en el Congreso fueron el
Obispo de Sevilla y el de Honduras, que sigue denunciando las
estructuras injustas del sistema neoliberal y pidiendo a USA se condone
la deuda externa de los países del tercer
mundo.”

QUÉDATE CON NOSOTROS,
SEÑOR
Síntesis de la Carta
Apostólica del Papa, octubre 2004
INTRODUCCIÓN. «Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el
día va de caída» (cf.Lc
24,29).
El icono de los
discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la
Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la
Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a
veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue
haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación
de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el
encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que
brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su
promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(cf. Mt 28,20).

LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE LUZ
«Les
explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Lc
24,27). ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede
decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?
Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba,
aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría
su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros»,
suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería,
pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante
el cual se habían abierto sus ojos.
El Sacramento eucarístico
es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a
través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en
misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las
profundidades de la vida divina.
«Lo reconocieron
al partir el pan»
(Lc
24,35). Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente
preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban
a la mesa en el gesto sencillo de la «fracción del pan».
-
No hay duda
de que el aspecto más evidente de la Eucaristía es el de banquete.
La Eucaristía nació la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena
pascual. Por tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite:
«Tomad, comed... Tomó luego una copa y... se la dio diciendo: Bebed de
ella todos...» (Mt 26,26.27). Este aspecto expresa muy bien la
relación de comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que
nosotros mismos debemos desarrollar recíprocamente.
-
Sin embargo,
no se puede olvidar que el banquete eucarístico tiene también un sentido
profunda y primordialmente sacrificial. En él Cristo nos presenta
el sacrificio ofrecido una vez por todas en el Gólgota. Aun estando
presente en su condición de resucitado, Él muestra las señales de su
pasión, de la cual cada Santa Misa es su «memorial», como nos recuerda
la Liturgia con la aclamación después de la consagración: «Anunciamos tu
muerte, proclamamos tu resurrección...».
-
Al mismo tiempo,
mientras actualiza el pasado, la Eucaristía nos proyecta hacia el
futuro de la última venida de Cristo, al final de la historia. Este
aspecto «escatoló-gico» da al Sacramento eucarístico un dinamis-mo que
abre al camino cristiano el paso a la esperanza.
«Yo estoy con
vosotros todos los días»
(Mt
28,20). Todos estos aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más
pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia «real».
Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de
su sangre. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos
conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia
da a los diversos aspectos —banquete, memorial de la Pascua,
anticipación escatológica— un alcance que va mucho más allá del puro
simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se
realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta
el final del mundo.
Celebrar, adorar,
contemplar.
¡Gran misterio la
Eucaristía! Misterio que ante todo debe
ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro
de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por
celebrarla decorosamente, descubriendo el sentido de los gestos y
palabras de la Liturgia y orientando a los fieles a pasar de los signos
al misterio.
Hace falta fomentar, tanto
en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella,
la conciencia viva de la presencia real de Cristo, que ha de ser
como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas
enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchan-do su voz
y sintiendo los latidos de su corazón. «¡Gustad y ved qué bueno es el
Señor¡» (Sal 33 [34],9). La adoración eucarística fuera de la
Misa debe ser durante este año un objetivo especial para las
comunidades religiosas y parroquiales. Que este año se viva con
particular fervor la solemnidad del Corpus Christi con la
tradicional procesión. Que la fe en Dios que, encarnándose, se hizo
nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente
por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor
agradecido y fuente de inagotable bendición.
LA EUCARISTÍA, FUENTE Y EPIFANÍA DE COMUNIÓN
«Permaneced en mí,
y yo en vosotros»
(Jn
15,4). Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara «con»
ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de
la Eucaristía encontró el modo de quedarse «en» ellos. Recibir la
Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. «Permaneced en mí,
y yo en vosotros» (Jn 15,4
«Un solo corazón y
una sola alma»
(Hch
4,32). Un solo pan, un solo cuerpo. Pero
la especial intimidad que se da en la «comunión» eucarística no puede
comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la
comunión eclesial. En el misterio eucarístico Jesús edifica la Iglesia
como comunión, según el supremo modelo expresado en la oración
sacerdotal: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn
17,21).
La Eucaristía es fuente de
la unidad eclesial y, a la vez, su máxima manifestación. La
Eucaristía es epifanía de comunión. Es comunión jerárquica,
basada en la conciencia de las distintas funciones y ministerios, es
comunión fraterna, cultivada por una «espiritualidad de comunión»
que nos mueve a sentimientos recíprocos de apertura, afecto, comprensión
y perdón.
Es de desear vivamente que
en este año se haga un especial esfuerzo por redescubrir y vivir
plenamente el Domingo como día del Señor y día de la Iglesia.
LA EUCARISTÍA, PRINCIPIO Y PROYECTO DE «MISIÓN»
«Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» (Lc
24,33). Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor,
«se levantaron al momento» (Lc 24,33) para ir a comunicar lo que
habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del
Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede
guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo,
profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la
Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar
testimonio.
La Eucaristía no sólo
proporciona la fuerza interior para dicha misión, sino también, en
cierto sentido, su proyecto. En efecto, la Eucaristía es un modo
de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a
irradiarse en la sociedad y en la cultura.
Acción de gracias.
Un elemento
fundamental de este «
proyecto»
aparece ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»: acción de
gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí» incondicional a la
voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de toda la
humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran
verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada,
que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del
hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cotidiana, donde se
trabaja y se vive —en la familia, la escuela, la fábrica y en las
diversas condiciones de vida—, significa, además, testimoniar que la
realidad humana no se justifica sin referirla al Creador: En este
Año de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más
decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. La
«cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella
encuentra fuerza y alimento
El camino de la
solidaridad.
La Eucaristía no
sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también
proyecto de solidaridad para toda la humanidad. El cristiano que
participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de
comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la
vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo
Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra,
interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como
una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en
los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y
política, sean artesanos de diálogo y comunión.
Al servicio de los
últimos.
Hay otro punto aún
sobre el que quisiera llamar la atención, porque en él se refleja en
gran parte la autenticidad de la participación en la Eucaristía
celebrada en la comunidad: se trata de su impulso para un compromiso
activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna.
Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor,
trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada
frecuencia las relaciones humanas, y afirmando de modo radical el
criterio del servicio: «Quien quiera ser el primero, que sea el último
de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). No es casual que en
el Evangelio de Juan no se encuentre el relato de la institución
eucarística, pero sí el «lavatorio de los pies» (cf. Jn 13,1-20):
inclinándose para lavar los pies a sus discípulos, Jesús explica de modo
inequívoco el sentido de la Eucaristía
¿Por qué, pues, no hacer
de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades
diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con
generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo?
Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de
seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los Países en
desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el
trasiego de los emigrantes. Se trata de males que, si bien en diversa
medida, afectan también a las regiones más opulentas. No podemos
hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención
a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo
(cf. Jn 13,35; Mt 25,31-46). En base a este criterio se
comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas.
CONCLUSIÓN

Que nos ayude sobre todo
la Santísima Virgen, que encarnó con toda su existencia la lógica de la
Eucaristía. Que en este Año de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia
reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la
Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida.
Que llegue a todos,
como portado-ra de gracia y gozo, mi Bendición.