Cuando un amigo se va...

Y es que el Cardenal D. Marcelo González Martín era verdadero amigo -además de Hermano- de la Compañía de Santa Teresa. El día 25 de agosto, víspera de la Transverberación de Santa Teresa, fiesta que siempre celebraba en el convento de la Encarnación de Ávila, se encontró definitivamente con Jesucristo, que había sido la opción prioritaria de su vida. Su funeral se celebró en la Catedral de Toledo el 28, día de San Agustín, que era su título cardenalicio. Y es que de Teresa y Agustín había recibido profundas lecciones de “amor a lo divino”.

Nuestro recuerdo agradecido y afectuoso podría expresarse de muchas formas. La carta de pésame que escribió la Hna. General al Obispo de Palencia y a su Secretario, D. Santiago Calvo, resume el contenido de nuestros sentimientos:

“Para nosotras no fue sólo padre y pastor, fue desde antiguo presencia amiga y familiar, consejero seguro, apoyo constante, y fue... ¡sobre todo! estudioso de la vida y doctrina de Enrique de Ossó, conocedor de sus escritos, intérprete de su espíritu. Con la biografía que escribió sobre él: “D. Enrique de Ossó o la fuerza del sacerdocio”, nos dio a conocer a nosotras algunos rincones de su vida que no habían sido aún sacados a la luz, y fue para los demás, sobre todo para los sacerdotes, expansión de su conocimiento y referencia de vida de un testigo fiel. Su palabra precisa y acertada fue, sin lugar a dudas, determinante para el avance del proceso que culminó en la canonización de San Enrique. ¡Menudo abrazo fraterno se habrán dado ya en el cielo!1

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1Al inicio de la biografía de nuestro Padre, en el “Propósito del autor”, escribe: “Este libro no aspira a otra cosa más que a ser el homenaje de un sacerdote de hoy a un sacerdote de ayer. Pasan los años, pasa la vida, y cambian con el tiempo las formas y métodos de lucha en la gran batalla que perpetuamente se libra entre el bien y el mal. Pero hay algo que permanece inalterable como la cumbre solitaria de una montaña nunca hollada por la planta del hombre. Es la fecundidad del sacerdocio católico cuando el que lo encarna está dispuesto a vivirlo en íntima unión con Jesucristo. Creo que D. Enrique de Ossó es un buen ejemplo de esto que digo...”

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Su presencia permanece entre nosotras, como hombre de fe y convicciones profundas, buscador de Dios, servidor de la Iglesia, apasionado por la verdad, incansable en hacer el bien a los demás. Recordamos de su paso por Roma, estos últimos años, tantas anécdotas, tantas conversaciones profundas, tertulias amenas y distendidas, preocupaciones y esperanzas compartidas... Le hemos sentido siempre en casa.

En nombre de toda la Compañía de Santa Teresa, reitero mi dolor por la pérdida de un amigo “tan fuerte”, como diría Santa Teresa, y la esperanza de que nos va a seguir ayudando e intercediendo desde la casa del Padre, porque nos ha querido tanto que no puede dejar de contárselo al Señor.”

Su vida es hoy, para nosotras, un elocuente testimonio, ya que estuvo marcada por el amor a “Dios y a la humanidad”. En Valladolid, donde comenzó nuestra relación con él por ser Capellán del Colegio, tuvo como campo de actividad numerosas obras culturales y sociales, ya que, a través de Acción Católica y de Caritas construyó un barrio entero de viviendas económicas yvarias escuelas. En su escudo episcopal escribió más tarde el siguiente lema: “Los pobres serán evangelizados”, y nunca dejó de actuar en su favor.

Como Obispo de Astorga, primero, y como Arzobispo de Barcelona y de Toledo, Primado de España y Cardenal de la Iglesia, después, actuó con verdadero interés en la atención a sacerdotes y laicos, tuvo intervenciones de relieve en el Concilio Vaticano II, nos ha dejado pruebas abundantes de su magisterio episcopal, ha participado en numerosos Consejos y Conferencias de la Iglesia, y ha recibido cantidad de galardones de alto grado académico.

Entre los muchos escritos suyos que podríamos citar, hemos preferido cerrar el artículocopiando una sencilla oración, escrita en 1995, cuando dejaba la vida apostólica activa, que no requiere comentario alguno:

“¡Oh Jesús, Amado Jesús, Hijo de Dios, hermano de los hombres, Redentor de la humanidad!
Estoy contento de haberte ofrecido mi vida porque Tú me llamaste. Ahora que llega a su fin, recíbela en tus manos como un fruto de la humilde tierra, como si fuera un poco del pan y del vino de la Misa; y preséntala al Padre, para que Él la bendiga y la haga digna de habitar junto a tu infinita belleza, perdonando mis faltas y pecados. Y que yo pueda cantar eternamente tu alabanza, lleno mi ser del gozo inefable de tu Espíritu.”

 

 

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