EUCARISTÍA y MISIÓN en la experiencia y el magisterio de San Enrique de Ossó

 

De la Conferencia dada por la HNA. Mª CARMEN MELCHOR  en la SEMANA MISIONERA DEL CIAM (Centro de Animación Misionera),
                                                                                                                                                                 Roma

16-20 de febrero de 2004

 

“Sigamos la enseñanza de los Santos,

 grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística.

 Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida,

nos “contagia” y, por así decirlo, nos enciende” (Ecl E, 62).

 

 

EUCARISTÍA Y MISIÓN  EN ENRIQUE DE OSSÓ

 

¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en la experiencia espiritual y en la propuesta apostólica de este hombre discípulo y amigo apóstol de Jesús, misionero del conocimiento y amor de Jesús?

 

Un recorrido rápido por su biografía, nos permite observar  que su  educación en la presencia eucarística, se remonta a sus primeros años, en el hogar familiar junto a su madre, su principal catequista y educadora. Él mismo evoca este momento de su infancia, en uno de sus libritos de iniciación a la oración, el Tesoro de la Niñez: “Un día mis queridos padres, después de ponerme el mejor vestido que tenía, me llevaron a una casa grande, muy grande, más grande que ninguna del pueblo y más rica y hermosa. [Muchas luces y ramos de flores brillaban en el altar y, el Señor Cura, vestido con ricas vestimentas, cantaba con el pueblo, y enviaba al cielo nubes de incienso que esparcían aroma que olía a cielo]. Allí está Dios, hijo mío, me dijo mi padre.

 

Doblemos la rodilla y adoremos... Allí está el Niño Jesús, en aquel trono de resplandores y de gloria, añadió mi madre ... Rézale... Y yo, niño como era, postre-me, oré y adoré ...Y aquellos momentos, que recuerdo con gran emoción, fueron los más felices de mi vida de niño”[1].  

 

Desde muy pequeño, era habitual en Enrique acompañar al Santísimo, cuando en su pueblo era llevado en viático a algún enfermo. Él mismo  recibirá la primera comunión como viático, antes de cumplir los doce años, edad establecida para hacerla en su época. 

 

Durante los años de formación en el seminario, la vida de Enrique está ya centrada en Jesús. La oración ocupa el primer lugar en su formación, fue la clave de su vida. Los ejercicios de piedad del joven seminarista, a los que se refiere su primer biógrafo, observamos que se concentran todos en Jesús y, muchos de ellos, en la presencia eucarística: Largos ratos de oración... una hora de oración mental al levantarse. No se contentaba con oír misa cada día, sino que, antes de comer, visitaba al Señor en la iglesia de la Purísima. Lo recibía todos los domingos (a pesar de que en los seminarios se comulgaba una vez al mes) y después del paseo, su última e inexcusable visita, antes de irse al estudio, era para Jesús Sacramentado, hecha ordinariamente en la capilla del Sagrario de la Catedral[2]”. 

 

Como hombre de su tiempo, la espiritualidad  eucarística de Enrique de Ossó está marcada, sin duda,  por las categorías teológicas y culturales del  siglo XIX, pero solidamente arraigada en el evangelio y en su experiencia creyente. No es hombre “de devociones a bobas”, como dice Teresa. Muy al contrario, en los años de su madurez,  le veremos precisa-mente ocupado en educar la pie-dad popular poco sólida. Por sintonía espiritual seguramente, elige para su formación la doctrina de algunos grandes maestros, que influyeron  en su percepción y vivencia de la Eucaristía (Santo Tomas, San Francisco de Sales, San Alfonso Mª de Ligorio...). Pero quien le marcó de manera decisiva, tanto  en su experiencia como en su magisterio, fue Teresa de Jesús, su  gran Maestra.

 

2.1.  Experiencia de la Eucaristía en su edad adulta.

Desde su ordenación de presbítero (1867), la Eucaristía diaria –muchas veces celebrada en su oratorio–, fue el centro de la vida de sacerdotal de Enrique de Ossó. Sus múltiples actividades apostólicas (catequesis, predicación, comunicación periodística, ejercicios espirituales, escritura y publicación de libros de oración...), las  vive  como preparación o como  fruto de la Eucaristía. La pasión por Jesús y sus intereses,  que caracteriza su  vida,  encuentran en la Eucaristía la fuente, el fuego, el motor, el secreto de ese celo cristocéntrico. Testigos de ello son la capilla del Santísimo del Colegio de San José, que frecuentaba diariamente, en Tortosa. Y la Iglesia de san Claudio de Roma, con Exposición perpetua todavía hoy, donde Enrique pasaba largos ratos en adoración durante sus repetidas estancias en  Roma.

Si la oración tiene como fin la unión con Jesús, la Eucaristía es el sacramento don-de se realiza por excelencia esa unión: “No hay oración más grata a Dios –repetirá en varias meditaciones– ni más provechosa que la que hacemos en los momentos después de comulgar”[3].

 

A medida que Enrique intensifica su vida de oración, la Misa y la comunión eucarística se convierten en el momento más intenso de  relación con Jesús. Como su Maestra, Enrique vive la experiencia de que en la comunión se encuentran real y personalmente con la Humanidad  de Cristo: “alma, corazón, humanidad y divinidad, grandeza y gloria juntas”.[4] Con-vencido, también,  de que comulgar es recibirlo en su “pobre posada”, lo cual supone preparación y agradecimiento: “El día que comulgare – recomendará él después – la oración de la mañana sea ver que siendo tan miserable ha de recibir a Dios. Y la de la noche, agradecimiento de que lo ha recibido”[5].

 

 Es creciente en Enrique el deseo del encuentro físico, realísimo con Jesús sacramentado. Pero, junto a la certeza creyente, manifiesta el sentimiento de la insuficiencia de la fe, que se desahoga con versos de san Juan de la Cruz:     “Verdaderamente es Dios escondido nuestro Dios y tan casero que quiere habitar con nosotros, oculto en el sagrario. Mas esto no basta al corazón que ama. Se goza y alivia al contemplar le oculto, pero es para más penar no verle como quiere cara a cara, sin enigma ni figuras. ¡Mira que muero por verte! ¡Descúbreme tu rostro, y máteme tu vista y hermosura![6].

 

La Eucaristía es, para Enrique de Ossó,  “Presencia sacramental, viva y real de Jesús aquí entre nosotros: “Vive entre los hombres desde el sacramento de la Eucaristía. Y vivirá hasta la consumación de los siglos para hacernos compañía, ser nuestro consuelo, nuestra esperanza y c nuestro guía”[7]. Es nuestro amigo y compañero”[8].

 

Es “Pan que alimenta, hace crecer y nutre nuestra alma, viviendo vida de amor”. “Maná de la humanidad”: “Por medio de este Pan, Dios se acerca y llega hasta nosotros, engrandece nuestra pequeñez. Y nos inspira tal confianza... porque tiene sus delicias en habitar entre los hijos de los hombres”[9].

La Eucaristía, además, es sacrificio, “en ella Jesús se entrega a sí mismo”[10]. Para nosotros, es invitación al Seguimiento de Cristo en el acto de ofrecerse a Dios y a la humanidad: “Qu-se instituir el sacramento de mi amor escuchamos al mismo Jesús en una de las meditaciones para ser sacrificado miles de veces todos los días hasta la consumación de los siglos. Aprende bien, de mi corazón -le dice al orante- esta lección importante: Yo viví entregado y la vida cristiana es sacrificio de entrega”[11].

 

Participar conscientemente en la Eucaristía significa, pues, entregarse en la vida.

 

En síntesis, para Enrique, la Eucaristía es “la obra maestra del amor  y de la sabiduría de Cristo Jesús”. “Es imposible considerar a nuestro Salvador en una acción más tierna ni más amorosa que la Eucaristía, porque en ella se anonada  y se hace comida...”[12].  Algo así como el último capítulo de la Encarnación, de la kénosis del Hijo, que se abaja más todavía y se queda con nosotros para ser Amigo, nuestro Alimento, en el camino: “Tan delicada y fina muestra de amor te ha dado en la Eucaristía, donde Jesús desciende del cielo, y de alguna manera se rebaja y se hace dependiente del hombre. Está preso en el tabernáculo, se le puede trasladar de un lugar a otro y las personas con él nos alimentamos siempre, cuando queremos”[13].

 

Enrique contempla este misterio con verdadero estupor, con gratitud. Es el “asombro eucarístico” contemplativo, del que habla la Encíclica, y que pretende despertar el Papa Juan Pablo II, ante la contemplación de Cristo. Asombro con-natural a “la persona que ama, que se goza  con la presencia del Amado, y tiene sus delicias en estar con Él y con Él conversar”[14].

 

Aunque no se explicita la dimensión comunitaria de la Celebración, de alguna manera  está presente en esta experiencia personal de fe, ya que la Eucaristía le lanza a Enrique al exterior. Le pone en movimiento, en el servicio a la misión de la Iglesia. Para eso se ha quedado Jesucristo hombre, –nos dirán– para enseñarnos esta difícil lección de la entrega personal. 

 

2.2. Doctrina y pedagogía  eucarística de Enrique

 

Quizás la aportación más original de Enrique de Ossó, se refiere a celebración de la Primera Comunión de los niños y a la pedagogía de su preparación.  Frente a la práctica pastoral más generalizada, que retrasaba la edad hasta los 12 ó 14 años [15],  EO defiende la temprana comunión de los niños, siempre que haya preparación y motivación suficiente. Él se funda en la abierta predilección de Jesús por los niños: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis. De los que son como ellos es el reino de los cielos”. Y en su misma confianza en la capacidad de la niñez, fruto  de su  experiencia personal.

 

En cuanto a su doctrina sobre la Eucaristía, y su pedagogía en el ámbito de la pastoral sacramental, Enrique se apoya de tal manera en Teresa de Jesús, que me resulta obligado referirme directa-mente a ella, para entenderle a Él. Todas sus meditaciones o catequesis sobre la Eucaristía, parten o remiten a la experiencia y a la doctrina de Teresa y, en algunos casos, son un hilvanado de textos que Enrique maneja de memoria. En varios libros de meditación recomienda la lectura orante de algunos capítulos del libro de Camino, autentica catequesis sobre la Eucaristía, a partir  de la petición central del Padre Nuestro, “El Pan Nuestro de cada día dánosle hoy”. No podemos conocer la doctrina de Enrique de Ossó, sin entrar directamente en la Santa.

 

2.2.1. Doctrina  Teresiana en Camino de perfección

 

La glosa teresiana, al Padre Nuestro, en los capítulos 33-35 de Camino de Perfección, no es sino la versión pedagógica de lo que ella vive hace años y configura su relación con el Padre y el Hijo. Como es habitual en sus escritos, la Santa habla  desde su experiencia personal. Vamos a escucharla  directamente: “Sé de una persona que muchos años, aunque no era muy perfecta, cuando comulgaba, ni más ni menos que si viera con los ojos corporales entrar en su posada al Señor. Procuraba esforzar la fe... Desocupábase de  todas las cosas exteriores... y entrábase con Él...Y aunque no sintiese devoción, la fe le decía que estaba bien allí” (C 34, 6-7).

 

Para Teresa, la Eucaristía es, en primer lugar, “DON del Padre”,  el DON, que el mismo Jesús pide para nosotros, y que el Padre no le puede negar. Un don-ALIMENTO, que ya no es el maná del desierto, sino su propio Hijo,  que ha querido quedarse con nosotros. Así lo explica ella: “Pues entendiendo el buen Jesús, cuan dificultosa cosa era ésta que ofrece por nosotros, conociendo nuestra flaqueza y que muchas veces no entendemos cuál es la voluntad del Señor, como somos flacos y él tan piadoso [...]y vista la necesidad, buscó un medio admirable, adonde mostró el extremo del amor que nos tiene, y en su nombre y en el de sus hermanos pidió: “El PAN nuestro de cada día, dánosle hoy” (C 33,1).

 

La Santa llama la atención de sus lectoras, urgiéndolas a penetrar en el sentido profundo de esta petición: “!Entendamos, hermanas, por amor de Dios ESTO que pide nuestro buen Maestro, que nos va la vida en no pasar de corrida por ello!” (C 33,2).

 

La Eucaristía es, por tanto,  un derroche de generosidad y de amor del Hijo, que nos ama y conoce que somos “de tan poco amor y ánimo, que era menester ver el suyo para despertarnos, y no una vez, sino cada día, que aquí se debía determinar de quedarse con nosotros” para “ayudarnos y animarnos y sustentarnos” (C 34,1).

 

 Pero sin duda, el elemento más destacado de su pedagogía de la Eucaristía es el realismo de fe en la real presencia del Señor, de la Humanidad sacratísima de Cristo en el Sacramento[16]. Insiste en que no se trata de una imagen o un recuerdo de Jesús, sino de la persona misma:

 

“Porque si no nos queremos hacer bobos ni cegar el entendimiento, no hay que dudar que esto NO es representación de la imaginación –como cuando consideramos al Señor por los caminos... ESTO PASA AHORA y es entera verdad, y no hay para qué irle a buscar lejos...” (C 34,9).

 

No es solo MEMORIA de lo que fue, sino PRESENCIA real, de lo que es  aquí y ahora. Con todo lo que significa para una auténtica relación personal, cercana, de tú a Tú con Jesús.

 

Nos lo recuerda, también a nosotros, Teresa,  con enorme fuerza persuasiva: “Como está en nosotros el buen Jesús, acerquémonos a Él. Pues si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí –si tenemos fe– y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? (C 34,9).

 

Presencia REAL pero misteriosa, velada, oculta. Según Teresa, la Eucaristía es  la consumación de la kénosis de Jesús, en su proceso de abajamiento. “Se disfraza” para acercarse a nosotros: “Debajo de aquel pan está tratable” (C 34,10). Misteriosa presencia de Jesús en el Sacramento que facilita la relación, con todas sus manifestaciones: adoración, acción de gracias, estupor, petición, intercesión.

 

Con la autoridad que le da su experiencia y desde la pedagogía del deseo, la Santa quiere despertar a la conciencia de la presencia y la relación amor: “Acabando de recibir al Señor –pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma y miraos al corazón. Que yo os digo, que si tomáis esta costumbre todas las veces que comulgáis, [...] se os dará a conocer conforme al deseo que tenemos de verle. Y tanto le podéis desear que se os descubra del todo” (C 34,13).

Este Señor, presente, pero oculto en el sacramento, está dispuesto a manifestarse: “A los que ve se han de aprovechar de su presencia, Él se les descubre. Que aunque no le vean con los ojos corporales, muchos modos tiene de mostrarse al alma” (C 34, 11). 

 

En la Eucaristía, por fin, Cristo se entrega en sacrificio. “El que nunca tornó de Sí”, se ofrece y, por la comunión,  nos permite ofrecernos, con Él y en Él, al Padre. Y esto, no sólo en la celebración, ni sólo el sacerdote ordenado, si no en cualquier momento y cualquiera de nosotros, llama-dos así a ejercer el sacerdocio bautismal. La celebración eucarística es la realización sacra-mental del culto espiritual que ha de ser la vida entera.

 

En el  momento de la comunión sacramental ese momento final del banquete eucarístico Cristo entregándose al Padre y a nosotros, continúa en el centro del alma. Lo mismo que sucede en el altar, pasa en mí, cuando comulgo. Comulgar, pues,  es abrazarnos a Cristo, y con Él aprender a entregar la voluntad. La Eucaristía es, para Teresa, concentración en la misión del Hijo. ESCUELA donde aprendemos a hacer de nuestra vida una entrega a Dios y  a los hermanos [17].  

Quiero terminar  con un texto,  que destaca de forma preciosa, el sentido de totalidad del sacrificio eucarístico. Aparece al final del libro del Castillo Interior, de Teresa, itinerario del creyente. La Santa acaba de expresar su deseo de anunciar a Jesucristo y de “allegar almas” y, justamente en este contexto de misión, invita a sus monjas a poner sus pequeñas obras junto al sacrificio de Cristo.

 

Pues bien, con estas mismas palabras, termina Enrique de Ossó un capítulo de las Constituciones de la Compañía, invitando él  también  a las hermanas a relativizar las tareas  apostólicas tan importantes por otra parte, y a incorporar cualquier actividad o servicio a la única Misión, la de Cristo, que se actualiza constantemente en la Eucaristía. 

 

Escuchemos, pues, a Enrique citando a Teresa, que nos di-rigen ahora, a nosotros, esta invitación que mantiene  hoy toda su actualidad:

“No hagamos torres sin fundamento, Hijas mías, os avisa vuestra Santa Madre, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen, Sino que lo poco que dura esta vida interior y exteriormente ofrezcamos al Señor el sacrificio que pidiéremos, que su Majestad lo juntará con el que hizo en la cruz por nosotras al Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido, aunque sean pequeñas las obras”(VII M 4, 18).


[1] TN, en EEO I, p. 1275-1276.

[2] Altés y Alabart, J.B., apuntes biográficos, pp. 25-26.  

[3]  TJ, en EEO I, p. 710.

[4]  RT Nº 44, mayo 1876 pp. 241.

[5]  “Desde la Soledad”  RT, Nº 201, junio 1889, p. 253.

[6]  RT Nº 178, junio 1887, p. 288: Retiro de julio.

[7]  RT Nº 44, mayo 1876, p. 241.

[8]  Ibid. (Nº 178).

[9]  RT Nº 44, mayo 1876, p. 242.

[10] TN, en EEO I, p. 1303¸CH, en EEO I, p. 402; MCJ, en EEO III, p. 522..

[11] SM, en EEO III, p. 446.

[12] TA, en EEO III, 662.

[13] RT Nº 105, junio 1881, p. 267.

[14] RT Nº 178, junio 1887, Retiro de julio, p. 288.

[15] Cfr. EEO I, GC, pp. 164-172.

[16] Diccionario de Santa Teresa, Dirig. Tomás Álvarez, Monte Carmelo, Burgos 2000. Voz: Comunión eucarística, pp. 381-385 y Eucaristía, pp. 627-637.

[17] Cfr. C 34,2.

 

 

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