Me has robado el corazón con una mirada tuya

 

Existen estudios muy completos sobre Enrique de Ossó y Teresa de Jesús, sobre el teresianismo de este hombre de Dios y su obra apostólica. En “Enrique de Ossó o la fuerza del sacerdocio”, don Marcelo González habla del teresianismo de san Enrique como de «algo excepcional, fuertemente extraordinario, tan singular y maravilloso que probablemente no se repetirá nunca» y Joan Gabernet lo considera «su gracia carismática», en “Un contestatario Leal”.

      En este artículo quiero acercarme al teresianismo de San Enrique desde la óptica del corazón: quiero ponerme en sus zapatos -quizá tan gastados como las sandalias de la Santa y hablar desde su corazón, con lo que él y ella me sugieran, balbuceando y con pudor porque estoy pisando «tierra sagrada». Sólo desde el corazón podemos llegar al corazón. Quiero acercarme a ambos más con la intuición que con la razón. Quiero hacerlo como mujer y como hija de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, como enamorada del Jesús de Teresa, que es el de Enrique, y de Teresa de Jesús, como Enrique. Quiero hacerlo en clima orante, pidiéndole a él que me sugiera su secreto y pidiéndole a ella que me inspire para hablar de «su enamorado» ¿ Quién era Teresa de Jesús para Enrique? ¿Qué lo enamoró de ella? ¿Qué sintió hacia Teresa de Jesús? ¿Qué relación hubo entre ambos?

    Vienen a mi mente sin esfuerzo, como si hubiera una secreta sintonía entre ellos algunos textos de Teresa de Jesús que estoy segura el padre Enrique leyó y releyó muchas veces, más aún, me atrevería a afirmar que los sintió dirigidos a él: .Los capítulos 16 y 34 del libro de Vida. En ambos, Teresa se refiere al padre García de Toledo. En el primero termina ha-blando con su interlocutor y lo hace su confidente; en el segundo le habla a Dios de él. Hay una coincidencia maravillosa entre estos dos capítulos; Teresa manifiesta aquí su locura de amor y «no quiere ver sino enfermos de este mal que estoy ahora...» y reta a su amigo a disponerse para que le haga Dios esta merced: «Pues dice vuestra merced que me quiere, en disponerse para que el Señor le haga esta merced quiero que me lo demuestre; porque veo muy pocos que no los vea con seso demasiado para lo que les cumple».

 

Uno de los trabajos apostólicos más

queridos por Enrique de Ossó fue dar a conocer

 la persona y la obra de Teresa de Jesús.

 

     A este exceso de seso atribuye la Santa tanta mediocridad: «¿Cómo no son muchos los que por los sermones dejan los vicios públicos? ¿Sabe qué me parece? Porque tienen mucho seso los que los predican. No están sin él, con gran fuego de amor de Dios, como lo estaban los apóstoles, y así calienta poco esta llama». (V. 16,6-7); en el segundo, Teresa le pide insistentemente a Jesús por ese amigo tan querido y tan valioso: «Rogóme lo encomendase mucho a Dios (y no había menester decírmelo, que ya yo estaba de suerte que no pudiera hacer otra cosa)... estando muy recogida, con estilo abobado que muchas veces, sin saber lo que digo, trato; que el amor es el habla... y el amor que conoce la tiene su Majestad, la olvida de sí y le parece está en El, y como una cosa propia sin división, habla desatinos.

        Acuérdome le dije esto con hartas lagrimas, que aquella alma pusiese en su servicio muy de veras (que aunque yo le tenía por bueno no me contentaba), que le quería muy bueno, y ansí le dije: Señor, no me habéis de negar esta merced; mirad que es bueno este sujeto para nuestro amigo... Bien pareció ser cosa de Dios en la operación que le hicieron; determinóse muy de veras a darse a la oración... el Señor, como le quería para Sí, por mi medio le enviaba a decir unas verdades que, sin entenderlo yo, iban tan a su propósito que él se espantaba...» (V. 34,15); y el deseo de ver a su amigo «loco por amor de quien por nosotros se lo llamaron», que manifiesta en el nº 16 se ve hecho realidad: «Hacíame tanto provecho estar con él, que parece dejaba a mi alma puesto nuevo fuego para desear servir al Señor de principio. jOh Jesús mío, qué hace un alma puesto nuevo fuego para desear servir a el Señor de principio. iOh Jesús mío, qué hace un alma abrasada en vuestro amor! iCómo la habíamos de estimar en mucho y suplicar al Señor la dejase en esta vida! Quien tiene el mismo amor, tras estas almas se había de andar si pudiese. Gran cosa es un enfermo hallar otro herido de aquel mal; mucho se consuela de ver que no es solo; mucho se ayudan a padecer y aún merecer; excelentes espaldas se hacen ya gente determinada a arriesgar mil vidas por Dios y desean que se les ofrezca en qué perderlas...”  (V.34,15-16).

        Me atrevo a afirmar que el Padre Enrique los hizo suyos porque, en un artículo «Desde la soledad» publicado en la Revista Teresiana y dedicado a Teresa de Jesús los une sin tener en sus manos las Obras de la Santa -ya que no son citas textuales- y podemos intuir, entre líneas, que vive la misma enfermedad de Teresa: la locura de amor. «Quiero, dejadas las ropas de tristeza, vestir la ropa de bendición y salud, para presentarme a mi amada con el corazón lleno de gratitud y entusiasmo. ¿Que te diré, Amada mía, si mi corazón sólo sabe sentir y no puede hablar? Tú dices que hablabas con la suprema Majestad con un estilo abobado, porque en este caso es el amor el que hablaba y que todo te lo sufría tan gran Señor. Sufre pues la rudeza de quien lo ama, que sólo sabe balbucear y repetir al oído de tu corazón: te amo, te amo, te amo, amada de mi corazón, robadora de corazones, te amo con inexplicable amor. Me dices que para hablar con su Majestad no hay que rebuscar frases ni giros elocuentes, ni siquiera palabras concertadas, sino que le hablemos de la pena del corazón, de lo que pasa en el alma, de aquellos requiebros amorosos y dolorosos que sólo el amor entiende y explica...  Pues he aquí la pena de mi corazón y de ella te hablaré en tu día, no para enturbiar la alegría y felicidad que gozas cabe tu Amado en el cielo, sino para desahogar mi pecho en el seno de una Madre querida y hallar lenitivo a mi dolor...

        La pena de mi corazón... una palabra lo resume todo: ¡es porque el Amor no es amado! Otras penas y otros pesares tiene el alma, que sólo tú sabes, y a ti sola conviene en silencio contar, porque el mundo no los comprende y se reiría de ellos. Mas ¿qué importa el sentir del mundo para quien ama a Dios? La pena de mi corazón tú sola la sabes, Amada mía, porque tú la causas y sólo tú la puedes quitar. ¿Cuándo será esto? Pronto si es posible, tarde si así conviene. ..» (RT 12.1883.5-6).

    No podemos dudar del amor de Enrique a Teresa y que este fuego crecía en la medida en que la conocía.

   Seguramente él también, como el padre García de Toledo, se dispuso para recibir la gracia de la locura de amor y así demostrarle a la Santa el amor que le tenía. Por eso la coincidencia en estos textos es la herida de amor. Tocamos en ambos un corazón vulnerado.

         La ermita de Santa Teresa, situada en el Desierto de las Palmas, era un lugar teológico de encuentro con Dios y con Teresa para Enrique de Ossó. Vivió allí, ante una imagen de Teresa de Jesús transverberada que «lo enamoraba y extasiaba», una experiencia de amor tan fuerte que lo marcó radicalmente. A partir de ese momento, se convierte en su amante: «El verdadero amante en todas partes ama y siempre se acuerda del amado» (F.5,16). Puede decirse que la mayoría de sus escritos y obras apostólicas teresianas nacieron allí, en este lugar sagrado. No podemos demostrar cuándo, dónde y cómo, porque no consta en sus escritos, recibió la gracia de la transverberación, lo que es evidente, por los síntomas, es que padeció la misma enfermedad de Teresa de Jesús la locura de amor y que su corazón estaba herido, como el de ella.  y «El corazón que mucho ama no admite consejo ni consuelo sino del mismo que lo llagó; porque de ahí espera que ha de ser remediada su pena.

 

 

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: Ermita de Santa Teresa, lugar predilecto de San Enrique para sus jornadas de silencio y oración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Vos queréis, Señor, presto sanáis la herida que habéis dado; antes no hay que esperar salud ni gozo, sino el que se saca de padecer tan bien empleado». (Exc. XVI) .

 

 El amor de Enrique de Ossó por Teresa le lleva a decir:

 “Mi corazón es insaciable cuando se trata de honrar a la Santa...

por eso un mundo que lea a Teresa de Jesús

no puede ser sino un mundo de Santos”

 

La persona herida de amor: «Busca modos y maneras para hacer algo... por amor de Dios; mas es tan grande el primer dolor que no sé yo qué tormento corporal le quitase. Como no está allí el remedio, son muy bajas estas medicinas para tan subido mal; alguna cosa se aplaca y pasa algo con esto, pidiendo a Dios la dé remedio para su mal, y ninguno ve sino la muerte, que con ésta piensa gozar del todo a su Bien». (V. 29, 12).

En los capítulos 30 del libro de la Vida y 1º de las Fundaciones, la Santa relata dos encuentros significativos con otros dos amigos fuertes de Dios que pueden ser metáforas o revelación del encuentro de Enrique con Teresa:

- Con San Pedro de Alcántara: (Teresa aquí estaría representando a Enrique y Fray Pedro a Teresa) «Este santo hombre me dio luz en todo... y dijo que no tuviese pena y que estuviese cierta que era espíritu de Dios. y él se consolaba mucho conmigo y hacíame todo favor y merced, y siempre después tuvo mucha cuenta conmigo y daba parte de sus cosas y negocios como me veía con los deseos que él ya poseía por otra -que estos dábamelos el Señor muy determinados- y me veía con tanto ánimo, holgábase de tratar conmigo, que a quien el Señor llega a este estado no hay placer ni consuelo que se iguale a topar con quien le parece le ha dado el Señor principios de esto». (V. 30,5).

- Con el franciscano Alonso Maldonado: (por la descripción que hace de él, podríamos pensar que se trata de Enrique de Ossó). «Harto siervo de Dios, con los mismos deseos del bien de las almas que yo y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia... venía de las Indias poco había... comenzóme a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina... yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas; clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio... y que pudiese mi oración algo, que yo no era para más. Había gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes; y así me acaece, que cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen (por ser ésta la inclinación que nuestro Señor me ha dado) , pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer... Pues andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando en oración, representóseme nuestro Señor de la manera que suele, y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me dijo: «Espera y verás grandes cosas». Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras que no las podía quitar de mí; y aunque no podía atinar -por mucho que pensaba en ello- qué podía ser, ni veía camino para poderlo imaginar , quedé muy consolada y con gran incertidumbre que serían verdaderas estas palabras». (F. 1,7-8). Este, es uno de los textos que más repite San Enrique: «Espera y verás grandes cosas». Yo diría que se trata de un pacto de amor: Por una parte, hizo realidad la promesa de Jesús a Teresa y por otra, hizo realidad el deseo de Teresa que «él sí podía poner por obra»: se convirtió en el corazón, los ojos, las manos y los pies de Teresa. Puso a Teresa al alcance de todos/as, de esa manera demostró su amor a Teresa de Jesús y a Jesús de Teresa.

     Con esta lente entendemos claramente aquella confesión suya: «Cuántas veces me he preguntado: ¿Qué es lo que pasa en mi interior? ¿Qué es lo que observo en mi corazón? ¿De dónde me ha nacido esa fuerza irresistible, nunca sentida, que vehementemente me impulsa a conocer y seguir el camino de la virtud, arrimado a la fuerte columna de la oración? ¿De donde proviene que me sienta tan vivamente impelido... ¿Qué es esto? ¿De dónde dimana? y después de alguna meditación, me respondo: todo es obra de la Virgen avilesa».

 

Conclusión

 

        Teresa de Jesús... «no quería ver sino enfermos de este mal que estoy ahora... Su invitación constante era: ...seamos todos locos  por amor de quien por nosotros se lo llamaron... Quered, Rey mío que... o estén todos los que yo tratare locos de vuestro amor, o permitáis que no trate yo con nadie, u ordenad, Señor, cómo no tenga ya cuenta en cosa del mundo y me sacad de él...» (V. 16,5-6). Estamos ante una prueba de contagio evidente. El diagnóstico por la sintomatología es locura de amor.

        Por eso lo que Enrique hace por Teresa siempre será pequeño y nunca podrá satisfacer su corazón enamorado y agradecido: «Mi corazón es insaciable cuando se trata de honrar a la Santa» , por eso la seguridad con que afirma que «un mundo que lea a Teresa de Jesús no puede ser sino un mundo de santos» , por eso el movimiento teresiano que impulsa es una revolución espiritual porque: «Pone a Teresa de Jesús al alcance de todos y con todos los medios posibles», por eso todas sus obras apostólicas tienen un fundamento teresiano, por eso...

        Unidad armoniosa de contrarios: feminidad y masculinidad, fuego y agua, introspección y extroversión, afectividad y razón, conocimiento y amor, humanidad y espiritualidad, fuerza y suavidad, pasión y serenidad, sensatez y locura.

        Enrique se enamoró de Teresa y Teresa le robó el corazón para Jesús y le hizo su profeta, su mensajero... Seguramente se dirían «en sus coloquios secretos»: Eres lo que soy y, al mismo tiempo, tienes lo que me falta.

        Podría decirse que hay tres momentos en el corazón de Teresa y de Enrique: 1º Un corazón dispuesto. 2º Un corazón herido. 3º Un corazón unificado; aunque no estén explícitamente marcados en el artículo, puede verse el proceso; el salto de la disposición a la unificación lo hace la herida de amor.

        Consecuencia de esta herida es el corazón enamorado: que al mismo tiempo es fuego porque da luz y calor, consume y abrasa y manantial porque da vida, refresca y hace crecer. Tanto del fuego como del manantial hay una fuerza interior del que fluye, rompiendo límites, un movimiento irreversible y una reacción de «fidelidad en cadena».

        «¡Santa Teresa de Jesús, robadora de corazones! Yo no sé cuándo robaste el mío, ni sé cuándo despuntó la devoción y el cariño hacia ti en mi alma: sólo sé que tu imagen agraciada y la lectura de tus obras... despertaron en mí un amor vehemente a ti, y que, luego que te conocí, te amé con pasión»

        Por supuesto, San Enrique de Ossó se enamora de la mujer al conocer a esta mujer y su original manera de vivir la feminidad. En toda su obra apostólica la mujer juega un papel de protagonista. Por ella conoce las capacidades y los límites, las luces y las sombras de nuestro ser femenino y adopta la pedagogía teresiana para formarnos a su estilo. Lo más sorprendente no es que crea en nosotras, sino que «provoque», a través de Teresa, lo mejor de nosotras mismas. «Sed Vos, bien mío, servido venga algún tiempo en que yo pueda pagar algún cornado de lo mucho que os debo; ordenad, Vos Señor, como fuéredes servido cómo ésta vuestra sierva os sirva en algo. Mujeres eran otras y han hecho obras heroicas por amor a Vos... Dios mío ponedme en obras. Fortaleced Vos mi alma y disponedla primero, Bien de todos los bienes y Jesús mío y ordenad luego modos cómo haga algo por Vos, que no hay ya quien sufra recibir tanto y no pagar nada; cueste lo que costare, Señor, no queráis que vaya delante de Dios tan vacías las manos... Aquí está mi vida, aquí está mi honra y mi voluntad; todo os lo he dado, vuestra soy, disponed de mí conforme a la vuestra. Bien veo yo, mi Señor, lo poco que puedo, mas llegada a Vos, subida en esta atalaya adonde se ven verdades, no os apartando de mí, todo lo podré». (V. 21,5).

 

Sin pretensión alguna, simplemente porque sus palabras me vienen como anillo al dedo quiero terminar con una oración teresiana: «¡Oh bondad y humanidad grande de Dios, cómo no mira las palabras, sino los deseos y voluntad con que se dicen!; ¡Cómo sufre que una como yo hable a su Majestad tan atrevidamente! Sea bendito por siempre jamás. (V. 34,8).

 

Ana Mª Cámara, stj

     

      Artículo publicado en la revista

      Teresa de Jesús, nº 115

 

 

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