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Han entrado en la Vida: HNA. MARÍA DE JESÚS FARRÉ i GUALProvincia de Santa Teresa
La Hna. María Farré había nacido en L’Espluga de Francolí, (Tarragona), el día 6 de enero de 1914, como un regalo de Reyes ya que era la última de su familia. Murió en la madrugada del 13 de agosto del 2003 en Sant Llorenç Savall, casa de descanso de las hermanas de la provincia de Santa Teresa de Jesús, a los 89 años de edad y 63 de vida religiosa. Se consagró al Señor en la Compañía el día 9 de junio de 1940. Su larga actividad apostólica la desarrolló en diversos ambientes: su primera casa fue Madrid- Goya donde ejerció el apostolado de la enseñanza, así como en Barcelona-Ganduxer; después fue superiora en el colegio de: Madrid-Puebla, Vilanova y la Geltrú y Caracas- El Paraiso. A partir del año 1974 fue destinada al Colegio de Barcelona-Bellvitge y finalmente a la Comunidad de la “Casa Madre” (Barcelona) donde ejerció el apostolado del sufrimiento en su larga y dolorosa enfermedad. Queremos destacar en estos años de su vida activa, su estancia como superiora en el colegio de Madrid–Puebla. Su labor fue eficacísima tanto entre el alumnado, de donde surgieron varias vocaciones, como entre el profesorado y con la Junta de la Hermandad del Refugio, a quién pertenecía el Colegio. Su trato delicado y atento con la mira siempre en Dios y en el bien de las niñas, hizo que en circunstancias difíciles lograra se cediera al Colegio unos locales que antes pertenecían a la Hermandad, para dedicarlos al recreo y expansión de las alumnas. A la Hna. María le dolía que dentro del mismo Colegio hubiera algunas diferencias entre alumnas de distinta posición social. Según la costumbre de una época, estaban en el mismo edificio las llamadas “clases del Pilar” a las que asistían estas alumnas. Su celo por una igualdad que Dios le reclamaba, junto con su trato delicado y su gran amistad con los miembros de la Junta de la Hermandad, logró lo que tanto deseaba, la fusión del colegio con “las clases del Pilar”, en todos sus ámbitos y aspectos: humano, social, académico, locativo... Ella misma nos dijo varias veces que: “había sido su mayor alegría”. Su espíritu de comprensión y cercanía, llegaba con el mismo cariño, al obrero electricista en su lecho de muerte, como al “duque” presidente de la Junta de la Hermandad en iguales circunstancias. De su estancia entre nosotras, en los últimos años de enfermedad, recordamos su prudencia exquisita, que junto a su excelente memoria le acercaba al interés por todo, en especial por lo referente a la Compañía. María fue una mujer muy sufrida, más preocupada por los demás que por sí misma. Siempre encontraba motivos para disculpar. Cuando una hermana iba a verla se interesaba por lo que tenía relación con su persona y su trabajo. Procuraba recordar lo que a la hermana le hacia gozar o sufrir para rezar por ella y preguntarle cuando de nuevo volvía a verla. El sacerdote que le asistió en sus últimos días dijo al salir de una de estas entrevistas: “es una gran mujer”. Supo ofrecerse a Dios con fortaleza y entrega absoluta a lo largo de toda su vida. Descanse en paz nuestra querida hermana María, que siempre agradeció la compañía de las hermanas y familiares que la visitaban con frecuencia. Que ella desde el cielo interceda por nosotras.
HNA. DOLORES DEL CORAZÓN DE JESÚS MIRALLES RAMOS Provincia Santa Teresa
El día 17 de agosto a los 95 años de edad, falleció en Jesús-Tortosa, Residencia de Hermanas, nuestra Hna. Dolores del Corazón de Jesús Miralles Ramos. Entró en la Compañía dos meses antes de que terminara la Guerra Civil española. Era ya una joven madura, tenía 31 años y sabía mucho del trabajo duro, de la unión familiar intensa, del dolor e incluso de la cárcel. Nueve meses pasó entre rejas por no descubrir a un tío especialmente comprometido con su fe. Siendo ya muy anciana, aunque no se prestaba mucho a hablar de ello, lo recordaba como una experiencia muy fuerte que marcó para siempre su devoción a la Pasión de Jesús, su confianza en Dios. Las que vivieron más tiempo con ella dicen que también debió crecer en ella, durante esos meses, su capacidad de sacrificio, el anteponer siempre a los demás, una sencillez sonriente, austera y agradecida, que conservó hasta el final de sus días. Las Comunidades de Ganduxer y Colegio de Tortosa fueron los testigos más cualificados de su responsabilidad y entrega al trabajo, principalmente en la cocina, en unos tiempos en el que los “medios” de todo tipo eran escasos y hacían multiplicar el ingenio y el esfuerzo. Debió de ser de esos años, de los que se le quedó el “hábito” de ser siempre la primera en levantarse, abrir la puerta de la calle, hacer pronto la oración porque necesitaba de ella y luego no tenía tiempo, tener todo a punto para las hermanas.... Más allá de sus posibilidades lo tuvo, como incorporado a su persona, hasta que vino destinada a la enfermería. Fue una gran conversadora. Cuando en la Provincia empezaron los veranos en San Lorenzo para las hermanas mayores, no acababa de compartir vida y espíritu, alegría y recuerdos con las que había vivido anteriormente. También en Comunidad se interesaba por las hermanas, sus tareas apostólicas, su familia... Con la suya fue siempre profundamente entrañable. En mayo de 2001 llegó, mermadas bastante sus facultades físicas y mentales, a la enfermería de Jesús-Tortosa. El arrancón de “su Colegio de Tortosa” le costó mucho, sin embargo su sonrisa, el deseo de ayudar en lo poco que podía, la acogida amable a cualquier hermana que fuera a visitarla le acompañaron en todo momento. El último año lo pasó en una silla de ruedas. Ni la sonrisa, ni el gesto agradecido desaparecieron de sus labios. Tampoco el acompañar cantos antiguos de Compañía, que las hermanas entonaban, ni el festejar, como podía, cualquier fiesta que se le hiciera. La Virgen, personificada especialmente en la Virgen de Lidón, patrona de Castellón, fue siempre su fiel compañera. Murió con el rosario entre sus manos, un rosario que nunca abandonó, aunque al final solo podía rezarlo a su manera. Dolores, silenciosa, agradecida, piadosa y buena, ha dejado un vacío en la Comunidad. Sabemos nos acompaña junto a Dios, en el lugar del Amor y de la Vida.
HNA. FRANCES DE JESÚS CRUCIFICADO LABORDE RACHELProvincia San Francisco de Sales
La Hna. Frances de Jesús Crucificado Laborde nació la noche de Navidad del año 1918 en un pequeño pueblo de Luisiana. Desde niña, su vida conoció el sufrimiento puesto que tuvo una caída en la que se le rompieron las dos piernas y tuvo que ser sometida a diversas intervenciones quirúrgicas, de las que nunca logró quedar bien. A pesar de todos sus problemas de salud fue una buena teresiana y una excelente profesora dedicada de lleno a su clase y a sus alumnos. Ejerció el apostolado de la enseñanza en San Antonio y Uvalde, Texas, pero la mayor parte de su vida la pasó en New Orleans, Luisiana. Cuando sus piernas le fallaron, sus manos se agarrotaron por la artritis y comenzó a perder vista, tuvo que dejar la clase pero aún continuó durante muchos años prestando servicio a la comunidad en la cocina. Sister Frances tenía un gran celo por “los intereses de Jesús” y, aunque era más bien reservada, no perdía oportunidad de aconsejar a sus alumnos y demás personas con las que trataba, especialmente su familia y, en los últimos años, el personal que ayuda en la enfermería. El resultado de sus consejos, sacrificios y oración ha sido palpable. El año 1996 se trasladó a San Antonio por necesitar más atención, ya que llegó a estar casi totalmente ciega. Su principal y casi única ocupación fue la oración, pasaba horas enteras en la capilla ante el Sagrario. El contacto con Jesús iba encendiéndola en el amor y no recordamos que jamás faltara a la caridad con palabras o acciones. Su nombre de Compañía, a la que perteneció durante 67 años, era “de Jesús Crucificado”.¡Qué nombre tan apropiado para quien vivió identificada toda su vida con la cruz del sufrimiento físico! En los últimos meses, sobre todo después de la muerte de su hermana Agnes, también teresiana, estuvo en varias ocasiones en el hospital pues su corazón se había debilitado. Al amanecer del 18 de agosto, sin que apenas lo sintiera, el Señor le robó el corazón que tanto había sufrido. No sólo hemos sentido su ausencia las hermanas de la comunidad, sino todas las personas que colaboran con nosotras, con quienes tanto Frances como Agnes hacían un admirable apostolado. Nos llena de consuelo saber que Frances goza de Dios y ya no sufre ni los dolores ni las limitaciones físicas que consiguió llevar con tanta valentía e incluso gracia a lo largo de su vida.
Descansen en paz nuestras queridas Hermanas |
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