Enrique de Ossó, una propuesta arriesgada

 

A veces he pensado en Enrique de Ossó al ver los surfistas en la playa: fuerza y riesgo sobre sus frágiles tablas, haciendo equilibrios en la cresta de las olas. A estos deportistas no les vale la quietud, su medio es el viento y el mar embravecido. Ahora, al intentar una relectura del sacerdote y fundador, me vuelve esta imagen con insistencia.

 

Experto en oleajes, vivió con habilidad para aprovechar la marejada y se mantuvo firme en la tabla. Pocas veces experimentó la calma. Se sintió cómodo en la lucha, y fue compañero fiel del sufrimiento y la incomprensión. Con frecuencia estuvo a punto de caer, y las aguas lo cubrieron, pero sólo unos instantes, puesto que su pericia le permitió seguir navegando, leyendo lúcidamente la dirección del viento y las corrientes, para orientar su rumbo hacia su única meta, el Evangelio.

 

La vida de Enrique de Ossó fue una actividad de riesgo. De entre todos los hechos de su biografía, destacan opciones propias de quien se sitúa en el límite, bien luchando contra el ímpetu del agua, contra la dureza de la montaña, contra los estereotipos socia-les, o contra el derrotismo fatalista de las instituciones. Fue una decisión valiente huir de casa a los 14 años, o plantarse ante su padre para exponerle su opción vocacional. Fue un reto de alto voltaje llevar adelante la Compañía de Santa Teresa aun cuando las mismas hermanas decidieron dejarle de lado. Resaltan en su personalidad su duro combate por mantenerse de pie frente a la dureza del devenir y la creatividad y agilidad para poner remedio rápido a cualquier necesidad o situación adversa. Gracias a su firmeza no cejó en su empeño de construir un mundo mejor. No paró ni se desanimó cuando el obispo y el clero más influyente de Tortosa le atacaron. No paró cuando las carmelitas, que tanto había luchado por traer a la ciudad, le pusieron un pleito; tampoco se arredró cuando el noviciado que acababa de construir era condenado al derribo por todos los tribunales eclesiásticos, uno tras otro.

Reaccionó con rapidez cuando constató la enorme importancia de la catequesis y la necesidad de educación. Buscó fórmulas originales para implantar la radicalidad evangélica en la actividad cotidiana mediante la archicofradía y la adaptación innovadora del espíritu de Santa Teresa. Riesgo, firmeza, creatividad y agilidad son rasgos característicos de su personalidad que pueden ayudar al hombre de hoy, a veces sumido en la complacencia del bienestar, y un tanto pasivo ante los acontecimientos. Enrique es un ejemplo de constancia y tenacidad, un hombre que no se arredra ante las dificultades y que las vence de forma creativa. Inventa nuevas fórmulas para cada circunstancia, aun sin contar con los medios necesarios. Toda una llamada a poner en juego nuestras capacidades sin miedo y con confianza.

 

Enrique de Ossó no fue un teórico, un hombre que iniciara nuevas líneas doctrinales, sino un práctico que sabía aprovechar tanto la brisa como la tormenta para dirigir la nave de su acción. Supo leer las ráfagas de la historia; interpretó las necesidades sociales; encaminó su hacer al centro de las carencias más acuciantes de su tiempo. Consiguió, en definitiva, conectar en armonía la teoría con la práctica, y consiguió que su oración incidiera en su entorno. Teresiano hasta la médula, los «dejos» de su oración le impulsaron a obrar sin descanso transformando constantemente y con proyección de futuro la sociedad.

 

Una hebra significativa del tejido vital ossoniano son las cartas. No hace falta leerlas. Basta con repasar sus matasellos y destinatarios, muestra de una actividad frenética, incesante. Decenas de hermanas, amigos, contactos diversos. Misivas casi diarias desde distintos sitios. Estaba en constante peregrinación por pueblos impresos en la geografía de su vida. Visitó innumerables lugares, presente siempre allá donde alguien le necesitara. Él nos llama a ser trabajadores incansables, peregrinos instalados en la incertidumbre capaces de cambiar de lugar, de ambiente, de compañía... sosteniendo en difícil equilibrio la tabla de surf, estable pero frágil, cuando sube y baja la mar, quieta o encrespada. Nunca tocó tierra para tomarse un respiro, pues desde que conoció a Jesús le urgía el Evangelio, la transformación del mundo.

 

A Enrique de Ossó no le importó tratarse con grandes personalidades contemporáneas: Torras y Bages, Gaudí, Verdaguer...a la vez que compartía la mayor parte de su tiempo con la gente de la diócesis de Tortosa, payeses y pescadores, carlistas y alborotadores en una sociedad del sur de Catalunya que distaba de ser pacífica. La amplitud de sus relaciones, constatada tanto en sus cartas como en su biografía, nos da, sobre todo a las teresianas, la medida de lo que tiene que ser nuestra implicación en el mundo. Que nada ni nadie quede al margen de nuestros intereses. El soñaba con una sociedad donde ya no existieran pobres ni ricos, sabios ni ignorantes, sino que diera cabida a todos. Por esto fue sembrando de colegios tanto las grandes ciudades como los pequeños pueblos, los barrios marginales y los del centro de las ciudades. Igual que Teresa de Jesús, Ossó creyó que nadie está excluido del plan de Dios. El reino es para todos, y a él todos estamos llamados .

 

Pese a su educación conservadora, su encuentro con Teresa le inculcó una visión positiva de la existencia que le hizo apostar con fuerza por el hombre. Su teresianismo, más que una devoción, fue su base antropológica. Un teresianismo ossoniano actual pasa necesariamente por la fe en el hombre, que tiene en su interior esta morada donde El se deleita. Los que con él nos acercamos a Cristo desde la óptica teresiana no podemos caer en la trampa del pesimismo existencial. No podemos pregonar que el ser humano no vale la pena, o que ha degenerado. Si vivimos con la espiritualidad de las Moradas, debemos creer en cada persona y en su capacidad de ser cada vez mejor. Debemos estar convencidos de la fuerza transformadora de Cristo en la mente y en el corazón, y en su actuación silenciosa en quien no le descubre aún estando con Él.

 

Para acabar, una propuesta ossoniana esencial: «pensar, sentir, amar como Cristo Jesús, obrar, conversar y hablar como Él; conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo...». Se puede, hoy, vivir como Jesús. Es posible aún sentir como Él, amar como Él, orar como Él. Es posible ir donde iría Él, siempre tan cercano y siempre en la otra orilla. Es posible encarnar la propuesta evangélica de Jesús, una propuesta arriesgada. Acoger y experimentar su estilo de relación con el Padre y con los hermanos. Es posible, aún, hoy y para todos, construir una sociedad al estilo de Jesús. Esta fue la meta de Enrique de Ossó, la utopía que le movió. Sus métodos, sus escritos, quizás su formas concretas caducaron con el advenimiento de la sociedad post-industrial. Sigue vigente su mensaje vital -ser como Jesús- su forma de colocarse ante la vida, su valentía para afrontar las situaciones, su trabajo constante e incansable por crear unas nuevas relaciones en el seno de la sociedad, sus actitudes y su forma de integrar el evangelio en la vida cotidiana.

Así podría soñar Enrique de Ossó a los cristianos. Sujetando con fuerza la vela pese a los embates de la historia, dirigiendo nuestra existencia desde la fe en el ser humano, en la cresta de la ola, navegando a rumbo fijo hacia una nueva esperanza. En este mundo apagado, dijo él, urgen manos que enciendan el fuego. En este mundo convulso, urge ser un acróbata del evangelio, un navegante práctico en el mar de la utopía.[1]

Gemma Bel , stj


 

[1] Artículo publicado en la revista “Teresa de Jesús”, nº 115

 

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