Enrique de Ossó, una propuesta arriesgada
A veces he pensado en Enrique de Ossó al ver los surfistas en la playa: fuerza y riesgo sobre sus frágiles tablas, haciendo equilibrios en la cresta de las olas. A estos deportistas no les vale la quietud, su medio es el viento y el mar embravecido. Ahora, al intentar una relectura del sacerdote y fundador, me vuelve esta imagen con insistencia.
Experto en oleajes, vivió con habilidad para aprovechar la marejada y se mantuvo firme en la tabla. Pocas veces experimentó la calma. Se sintió cómodo en la lucha, y fue compañero fiel del sufrimiento y la incomprensión. Con frecuencia estuvo a punto de caer, y las aguas lo cubrieron, pero sólo unos instantes, puesto que su pericia le permitió seguir navegando, leyendo lúcidamente la dirección del viento y las corrientes, para orientar su rumbo hacia su única meta, el Evangelio.
Reaccionó con rapidez cuando constató la enorme importancia de la catequesis y la necesidad de educación. Buscó fórmulas originales para implantar la radicalidad evangélica en la actividad cotidiana mediante la archicofradía y la adaptación innovadora del espíritu de Santa Teresa. Riesgo, firmeza, creatividad y agilidad son rasgos característicos de su personalidad que pueden ayudar al hombre de hoy, a veces sumido en la complacencia del bienestar, y un tanto pasivo ante los acontecimientos. Enrique es un ejemplo de constancia y tenacidad, un hombre que no se arredra ante las dificultades y que las vence de forma creativa. Inventa nuevas fórmulas para cada circunstancia, aun sin contar con los medios necesarios. Toda una llamada a poner en juego nuestras capacidades sin miedo y con confianza.
Una hebra significativa del tejido vital ossoniano son las cartas. No hace falta leerlas. Basta con repasar sus matasellos y destinatarios, muestra de una actividad frenética, incesante. Decenas de hermanas, amigos, contactos diversos. Misivas casi diarias desde distintos sitios. Estaba en constante peregrinación por pueblos impresos en la geografía de su vida. Visitó innumerables lugares, presente siempre allá donde alguien le necesitara. Él nos llama a ser trabajadores incansables, peregrinos instalados en la incertidumbre capaces de cambiar de lugar, de ambiente, de compañía... sosteniendo en difícil equilibrio la tabla de surf, estable pero frágil, cuando sube y baja la mar, quieta o encrespada. Nunca tocó tierra para tomarse un respiro, pues desde que conoció a Jesús le urgía el Evangelio, la transformación del mundo.
A Enrique de Ossó no le importó tratarse con grandes personalidades contemporáneas: Torras y Bages, Gaudí, Verdaguer...a la vez que compartía la mayor parte de su tiempo con la gente de la diócesis de Tortosa, payeses y pescadores, carlistas y alborotadores en una sociedad del sur de Catalunya que distaba de ser pacífica. La amplitud de sus relaciones, constatada tanto en sus cartas como en su biografía, nos da, sobre todo a las teresianas, la medida de lo que tiene que ser nuestra implicación en el mundo. Que nada ni nadie quede al margen de nuestros intereses. El soñaba con una sociedad donde ya no existieran pobres ni ricos, sabios ni ignorantes, sino que diera cabida a todos. Por esto fue sembrando de colegios tanto las grandes ciudades como los pequeños pueblos, los barrios marginales y los del centro de las ciudades. Igual que Teresa de Jesús, Ossó creyó que nadie está excluido del plan de Dios. El reino es para todos, y a él todos estamos llamados .
Pese a su educación conservadora, su encuentro con Teresa le inculcó una visión positiva de la existencia que le hizo apostar con fuerza por el hombre. Su teresianismo, más que una devoción, fue su base antropológica. Un teresianismo ossoniano actual pasa necesariamente por la fe en el hombre, que tiene en su interior esta morada donde El se deleita. Los que con él nos acercamos a Cristo desde la óptica teresiana no podemos caer en la trampa del pesimismo existencial. No podemos pregonar que el ser humano no vale la pena, o que ha degenerado. Si vivimos con la espiritualidad de las Moradas, debemos creer en cada persona y en su capacidad de ser cada vez mejor. Debemos estar convencidos de la fuerza transformadora de Cristo en la mente y en el corazón, y en su actuación silenciosa en quien no le descubre aún estando con Él.
Para acabar, una propuesta ossoniana
esencial: «pensar, sentir, amar como Cristo Jesús, obrar, conversar y
hablar como Él; conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de
Cristo...». Se puede, hoy, vivir como Jesús. Es posible aún sentir
como Él, amar como Él, orar como Él. Es posible ir donde iría Él, siempre
tan cercano y siempre en la otra orilla. Es posible encarnar la propuesta
evangélica de Jesús, una propuesta arriesgada. Acoger y experimentar su
estilo de relación con el Padre y con los hermanos. Es posible, aún, hoy y
para todos, construir una sociedad al estilo de Jesús.
Así podría soñar Enrique de Ossó a los cristianos. Sujetando con fuerza la vela pese a los embates de la historia, dirigiendo nuestra existencia desde la fe en el ser humano, en la cresta de la ola, navegando a rumbo fijo hacia una nueva esperanza. En este mundo apagado, dijo él, urgen manos que enciendan el fuego. En este mundo convulso, urge ser un acróbata del evangelio, un navegante práctico en el mar de la utopía.[1] Gemma Bel , stj |
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Boletín Informativo / Servicios Teresianos en RED / Portal STJ