¡ Jerusalén, Jerusalén ... !
 

Mensaje de las religiosas y de los religiosos de Tierra Santa a los responsables de Israel y de Palestina:

26.04.2002

      El amor a esta tierra y a sus dos pueblos nos impulsa, a las religiosas y a los religiosos de Tierra Santa, de expresión árabe, hebrea e internacional, a dirigirles humildemente esta carta.

      Vivimos en el interior de la comunidad cristiana local, presente en esta tierra desde el inicio del cristianismo. Con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, queremos seguir la vía de la no violencia que Él nos enseñó y conservamos la esperanza de que la luz triunfará sobre las tinieblas.

      Nosotros amamos al pueblo hebreo, su historia pluri-milenaria y su fe monoteísta. Él nos ha donado la Biblia y, con ella, la firme convicción de la dignidad única de cada persona humana, creada a imagen de Dios. Nosotros rechazamos toda forma de antisemitismo.

      Nosotros amamos a nuestros hermanos musulmanes, que adoran al Dios único, omnipotente y misericordioso, y que se refieren gustosamente a Abrahán. Juntos tratamos de entrar en diálogo respetuoso con todos los hijos de Abrahán.

      Nosotros tratamos de traducir concre-tamente nuestro amor a ambos pueblos de esta tierra y nuestra solidaridad con las Iglesias locales a través de nuestras instituciones sociales, médicas, educativas y caritativas. Nuestro objetivo es constituir

un puente entre ellos para promover la justicia, la paz y la reconciliación. La oración continua por la paz y el bienestar de todos ocupa un puesto central en nuestra vocación religiosa.

      A causa de los lazos, antiguos y fuertes, que unen a estos dos pueblos a la misma tierra, nosotros no vemos otra solución sino compartir y colaborar. Por amor de Israel y de Palestina unimos nuestras voces a las del mundo entero que grita: jDetened esta guerra! .Es un grito de amor que nos impulsa.

      La violencia no detendrá la violencia. Sólo la paz puede donar seguridad a todos.

No hay paz sin justicia; no hay reconciliación sin perdón recíproco. El Papa Juan Pablo II lo recordó en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz al inicio de este año. Los sufrimientos atroces que esta tierra y sus habitantes han conocido nos recuerdan la urgencia de construir la paz cada día: Haciéndonos sostener por la Escritura, nosotros sabemos que el sufrimiento del Siervo traerá la curación al mundo entero (Is 53,5).

      Oramos para que se realice la profecía de Isaías: "No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra. Casa de Jacob, en marcha, caminemos a la luz del Señor" (Is 2,5).

      Con la expresión de nuestro profundo respeto,

Las religiosas y los religiosos

de Tierra Santa

Los Patriarcas, el Guardián de Tierra Santa y los responsables de las Iglesias cristianas de Jerusalén, hacen una llamada urgente a los responsables políticos y líderes religiosos del mundo, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad:

      “Imploramos que, en nombre de Dios, se venga a salvar a nuestros pueblos” -el pueblo palestino y el israelí-, ambos encadenados a una creciente espiral de violencia. “La muerte y las heridas de tantísimos inocentes grita frente a todo el mundo. Hay muchísimas ciudades, aldeas y campos de prófugos sometidos a continuas destrucciones, así como a la ausencia de alimentos y medicamentos.”

      “Estamos dispuestos a servir de mediadores de ambas partes.

Los jóvenes de Tierra Santa, aun siendo de distintas religiones, tienen mucho en común: la frustración respecto al futuro y el deseo de paz. Ellos mismos hablan de la fosa que existe entre la tragedia de sus vidas  cotidianas, y la aspiración a una existencia normal, ocupada en el crecimiento y en la preparación del propio futuro. Piensan que la vida en estas condiciones no es digna de ser vivida, pierden la esperanza e incluso piensan en abandonar su patria... Y es que tienen derecho a no heredar una montaña de muertos, de ruinas materiales y mo-rales, un porvenir sin horizontes. Por eso nos gritan que el camino escogido es el equivocado, que existe otro, empedrado no de orgullo y de venganza, sino de dignidad humana, que es el del diálogo y el respeto.


Venezuela, un pueblo que sufre...

          Sin tomar partido por ningún régimen de gobierno determinado, comprendemos la situación dolorosa de un pueblo que ha sido víctima de la violencia, que necesita tener las condiciones necesarias que aseguran una vida digna a todos los ciudadanos y que se ve dividido por brechas ideológicas que requieren respeto y perdón para cerrarse.

     Cuando sea prudente, por-que los últimos acontecimientos puedan contemplarse desde una perspectiva más distante, contaremos con el testimonio de las Hermanas, que juzgarán los hechos transmitiéndonos su experiencia. Hoy queremos decirles que estamos muy cerca de ellas y que pueden contar con la oración y el apoyo de toda la Compañía, a fin de que puedan consolar a su pueblo con el consuelo con que son consoladas por Dios y por todas nosotras, su familia grande. 

 

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