¡ ANGOLA  estrena  la  PAZ!

El deseo de tantos años se ha hecho por fin realidad. Toda la Compañía se alegra con las Hermanas y con el pueblo angolano, a la vez que pide al Señor que les ayude a construir en su corazón la paz que han firmado en sus documentos.

 

La nota pastoral de los Obispos y la carta del Presidente del Gobierno al Papa nos ayudarán a comprender la situación en que se encuentra un pueblo que necesita “reconstruirse” totalmente, después de 27 años de guerra.

NOTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE ANGOLA Y SAN TOMÉ

Ante el nuevo panorama político militar resultante de los últimos acon-tecimientos, reflexionamos sobre la actual situación y los principales problemas que presenta, de un modo particular con respecto a la paz.

    Sin caer en optimismos temerarios puesto que el cuadro no tiene sólo luces sino también sombras, vamos a alimentar nuestra esperanza de paz dándole razón de ser, con la abnegada colaboración de todos nosotros: Gobierno, Unita, Iglesias y demás ciudadanos.

    En este sentido señalamos con particular agrado las diligencias políticas que se han hecho en estos últimos días, por no pocas instancias, para procurar el camino cierto que nos conduzca a la paz. Es preciso avanzar. Pero, todos juntos.

Nos corresponde felicitar al Gobierno por el lenguaje y los gestos de benevolencia que ha manifestado, sin descartar la hipótesis de adelantar una declaración de tregua en las hostilidades militares. Apoyamos esta actitud del Gobierno, que pedimos a Dios que se vaya traduciendo en actos concretos.

    Pero a la Unita necesitamos pedirle otro tanto. No tendría sentido que callaran las armas de un lado y continuaran atronando del otro. Esperamos que los Responsables de Unita tengan la razón y el coraje de aportar su insustituible aportación a ello. Sólo con un definitivo callar de las armas se puede restituir al Pueblo la paz que, injustamente, le fue otra vez usurpada, hace ya casi cuatro años.

    La única condición que se debe proponer para un “alto el fuego” eficaz y definitivo es la seguridad de las personas y bienes de todos los ciudadanos, sin excluir a los que participaron en la guerra. Todo esto será un gesto que, tanto de parte de Unita como del Gobierno, ha de provocar en todo el mundo el más merecido aplauso.

El “alto el fuego” debe ser observado con honradez y asegurado con gestos de perdón, no solamente a nivel de las cúpulas, sino también de la base. No bastan las amnistías. Es preciso, sobre todo, la reconciliación fraterna entre los ciudadanos.

    En verdad, la guerra ha sido realizada por los hijos del Pueblo que, armados y bajo órdenes superiores, se han perseguido y asesinado unos a otros, abriéndose mutuamente profundas heridas en el corazón. Sólo el bálsamo del perdón que reconcilia las podrá sanar.

    Más y más ofendido, el que más tiene que perdonar es el propio Pueblo, a quien las armas le han hecho perder su casa, sus bienes, sus hijos y hasta, en algunos casos, la honra de sus mujeres. Al pueblo pedimos que tenga un corazón grande y el coraje de perdonar.

Entre todas las personas ofendidas por la guerra destacamos a los desplazados, que ya superan el número de cuatro millones, que viven en indescriptibles situaciones de miseria humana. Son cuatro millones de Angolanos condenados al destierro, al hambre, a la muerte, tal vez lenta, pero irreversible y cruel.

    ¿Se ha realizado la liberación y la defensa que la guerra les prometió?

Pedir fuera ayuda humanitaria para ellos, en un gesto de compasión por su sufrimiento, y continuar aumentando su número con la insistencia de la guerra, venga de donde venga, nos parece un ultraje a la dignidad humana.

    Esta tragedia de los Angolanos, provocada por sus hermanos, va a quedar registrada como la página más infame de toda nuestra historia.

Los grupos de desplazados que van apareciendo son para nosotros motivo de gran sufrimiento. Y es que, entre las personas que llegan se ven casi sólo viejos, mujeres y niños. Dónde están esos jóvenes y hombres válidos que no aparecen es una pregunta sobremanera inquietante.

    Fuera de la legítima defensa o del legítimo combate es siempre crimen quitar la vida sea a quien fuere. Eliminar a un presunto enemigo puede llevarnos a crear decenas de ellos, a saber, todos los amigos del eliminado.

    Sabemos que la bilateral desaparición de no pocos Angolanos, después del protocolo de Lusaka y, por tanto, fuera de combate, fue un acontecimiento delictivo no lejos del cual estuvo el retorno a la guerra. Pedimos a Dios y a los hombres que tal locura no se repita más en nuestra Patria.

Ante la expectativa de un “alto el fuego”, para el cual hemos ido exhortando incesantemente a los beligerantes, urge preparar una red de mediadores de paz, a los que llamamos conciliadores, para apaciguar odios y evitar venganzas.

    A este mismo fin podrá contribuir mucho también el establecimiento de un núcleo activo de Derechos Humanos en las principales localidades o sedes munici-pales, al cual puedan recurrir las personas amenazadas por la violación de sus derechos, sobre todo en lo que respecta a la seguridad de sus personas y bienes.

    Desde ahora solicitamos a las instancias competentes que prevean y preparen la realización de este proyecto, que nos parece muy oportuno y necesario.

Imaginamos que, con el regreso de la paz, también se realizará el regreso de las poblaciones desplazadas a sus tierras de origen. De otra forma, al acabar la poca ayuda existente, ¿cómo podrá vivir sin empleo tanta población concentrada en nuestras ciudades? ¿No será origen de un descalabro social, capaz de desencadenar otro género de guerra? Es un tema urgente que no pueden evadir de forma alguna los Responsables de la nación.

    El regreso de los desplazados a sus tierras de origen, sin embargo, nos hace pensar en la ocupación de tierras que recientemente comenzó a ser noticia. No podemos dejar de aprobar el racional aprovechamiento de las tierras para asegurar la alimentación y el desarrollo del país.

    Sin embargo, entendemos también que es grave deber del Gobierno velar por la defensa de los espacios vitales de las poblaciones rurales, no permitiendo que los terrenos que necesitan hoy o que van a necesitar mañana para su desarrollo sean enajenados, cambiando su bien común por intereses particulares. Las lecciones del pasado son bastante elocuentes para enseñarnos a no cometer ahora los mismos errores que entonces condenamos.

Hacemos aquí una vehemente llamada a las Naciones Unidas así como a otros Organismos de beneficencia a favor de los refugiados, para que no dejen de ayudarnos a ayudarlos, con el socorro humanitario que por ahora aún necesitan.

    Y terminamos volviendo nuestra mirada a la Virgen María, Madre de Angola, a cuya protección confiamos nuestras espe-ranzas de paz.

Luanda, 12 de marzo, 2002

  Obispos Católicos de Angola y S. Tomé

EL PRESIDENTE DE ANGOLA PIDE APOYO AL PAPA...

Carta aparecida en internet, que no requiere comentario alguno...

“Me da mucho gusto poner en conocimiento de Su Santidad la evolución de los acontecimientos políticos en el interior de mi País, que abre excelentes perspectivas para la paz y la reconciliación entre todos los angolanos.

      Desde el pasado día 14 de marzo el gobierno decretó treguas militares que están siendo respetadas tanto por las Fuerzas Armadas Angolanas como por las Fuerzas Militares de la UNITA, las cuales mantuvieron ya encuentros directos con vistas a un alto el fuego general y definitivo, que cree condiciones para concluir la implementación del Protocolo de Lusaka.

      En virtud de la larga situación de guerra, mi País tiene un cuadro social dramático, con cerca de 4 millones de personas desplazadas necesitadas de apoyo espiritual, sanitario, alimenticio y de otra naturaleza, así como una centena de millar de mutilados de guerra y 50 mil niños huérfanos, todos necesitados de apoyo humanitario urgente.

      El Gobierno, además de con sus propios recursos manifiestamente insu-ficientes, ha de contar con la solidaridad de los donantes nacionales e inter.-nacionales. En este sentido el Gobierno de Angola desearía poder contar con la estimable colaboración de la Iglesia Católica. La Iglesia, más concretamente sus comunidades religiosas, pueden desempeñar un papel fundamental en la pacificación de los espíritus, en el restablecimiento de la confianza recíproca y en la aceptación y perdón mutuo entre ciudadanos hasta ahora enfrentados.

      Sin una solución inmediata de los problemas sociales más urgentes, el proceso de pacificación nacional se hace más lento e incluso difícil. Es necesario que sean alejadas  definitivamente del horizonte de la población de Angola todas las razones susceptibles de provocar un nuevo conflicto armado.

      Por esta razón estamos empeñados en las iniciativas de las instituciones finan-cieras internacionales, que consisten en la implementación de las estrategias para combatir la pobreza con la participación de la Sociedad Civil.

      Contamos, pues, con la colaboración de la Iglesia Católica para que sean movilizados los recursos necesarios a fin de apoyar los esfuerzos del Gobierno de Angola en la construcción de un futuro mejor, en el que reine la Justicia, la Paz y el respeto por los Derechos del Hombre.

      Acepte, Su Santidad, mis mejores deseos de salud y larga vida:

           José Eduardo Dos Santos,

     Presidente de la República de Angola

 

 

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