Han entrado en la Vida: 

HNA. LUCILA DE LA SANTA FAZ DÍAZ BORDENAVE

Provincia Virgen de Caacupé

Nuestra querida Hna. Lucila nació en Encarnación (Paraguay), el 15 de diciembre de 1924. Ingresó en el Noviciado de Montevideo el 6 de abril de 1949, después de haber terminado el profesorado en Filosofía. Ya en la Compañía obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Educación. Falleció sorpresivamente en Eusebio Ayala el 1 de febrero del presente año a los 77 años de edad y 53 de vida religiosa. Dios se la llevó cariñosamente, sin sufrir y sin hacer sufrir .

Desempeñó cargos de Rectora de Magisterio en el Colegio de Buenos Aires, Superiora en las Casas de Buenos Aires-Residencia, Rocha, Uruguay, Coronel Oviedo y Eusebio Ayala; Superiora Viceprovincial de Chile, Directora del Colegio de Asunción, Consejera Provincial, Prefecta Provincial de Educación en Paraguay, trabajó en la Secretaría del Obispado de San Juan Bautista, fue nombrada Vicepostuladora en la Causa de Canonización de San Enrique de Ossó, Presidenta de ASIEC (Asociación Instituciones Educativas Católicas) y formó parte de la Mesa Directiva de FE y ALEGRÍA.

Llenó su tiempo y su espacio con la plenitud de su vocación humana y cristiana. Ha dejado huellas imperecederas en muchas mentes y corazones de los que compartieron sueños y proyectos, realidades, tristezas y alegrías, triunfos y fracasos, gozaba de una rica y exquisita personalidad.

Educadora nata de generaciones: docentes, jóvenes, religiosas, madres de familia, ya sea a través de su labor académica o de su apostolado, dejó en todas la herencia de su "elegancia espiritual". A lo largo de su vida fue para muchas personas “instrumento de Dios”, modelando mentes y corazones en su amor, y entregándose apasionadamente a lo que más le gustaba: LA EDUCACIÓN.

            De familia paraguaya distinguida supo, con su trato humano y sencillo, estar y  ser con todas las personas, fuese la que fuese su condición social; hizo el bien y ayudó a pobres y ricos. Sabía pedir porque sabía dar, y esto lo hacía con sencillez y simpatía, con su inmenso don de gentes, pero sobre todo con su generosa entrega a su vocación Religiosa Teresiana.

Su amada tierra paraguaya fue objeto de sus desvelos y afanes y eso le llevó a la “audacia evangélica” que la impulsaba a tocar todas las puertas, todos los corazones, todas las conciencias en su afán de amar y servir.

Serena, humilde, bondadosa, su lema era: "hacer la plancha en Dios", que nada tenía que ver con el abandono y la desidia, sino con la fortaleza de los que creen y esperan en la Providencia de Dios.

Profundamente respetuosa de la vida y misión de los laicos, comprendió la fuerza y el talento que emanaba de los mismos, insertándolos en el lugar necesario para servir a Dios y a la Iglesia. Sabía escuchar, comprender y trabajar sin ampararse en la autoridad del cargo. Desde el puesto que ocupara daba lecciones de sabiduría y humildad, su capacidad participativa no le permitía trabajar sin contar con los demás porque ella era para los demás.

Trabajó incansablemente en el MTA, su entusiasmo contagiaba a los Jóvenes y Comunidades de las que fue Asesora. Resultaron emocionantes los testimonios que dieron, el día del sepelio, los Jóvenes del MTA de Eusebio Ayala.

Seis Obispos y varios Religiosos con quienes la Hna. Lucila había trabajado en distintas aspectos pasaron por la Capilla del Colegio de Asunción para ofrecerle oraciones. Todos recordaron su capacidad de hacer el bien. El Padre Felipe Sainz de Baranda, O.C.D. nos dijo: "Gastó su vida haciendo el Bien, vivió con ilusión, con entrega, con disponibilidad, sus caminos estaban siempre abiertos porque creyó. Fue todo un testimonio de vida como mujer y como religiosa, dispuesta a hacer el Bien".

La Fundación Teresiana para acoger a las Niñas que trabajan en la calle fue uno de sus sueños que se convirtió en realidad. La creó en el año 1997 con sus queridas Ex alumnas Teresianas, en la casa "Madre Mª. Teresa Zavala". Un total de 260 niños han recibido apoyo escolar y, con la elaboración de uno de sus últimos y grandes proyectos, abarcó los aspectos más significativos de la región de Ñeembucú en el "barrio de pescadores" de la localidad de Cerrito.

            Mucho más habría para agradecer y meditar. Por la  trayectoria de nuestra querida Hna. Lucila, solamente podemos decir al Padre, con espíritu de fe y esperanza: “Hagase tu voluntad”.

 

HNA. CELESTINA  DEL CORAZÓN DE JESÚS RODRÍGUEZ CATÓN

Provincia Sagrado Corazón

"Dichoso el hombre que permanece en la prueba, porque una vez acrisolado recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman." (Sant. 1,12)

El día 6 de febrero del 2.002, en la Comunidad Teresiana de Salamanca, la Hna. Celestina nos dejó para irse a la casa del Padre, a los 80 años de edad y 61 de vida religiosa. Aunque llevaba muchos años enferma, su muerte nos sorprendió por su rapidez.

Había nacido en Castroverde de Campos (Zamora), en 1921, dentro de una familia numerosa y de profundos sentimientos cristianos. En el Colegio de Valladolid, sintió la llamada del Señor a seguirle más de cerca, y ella, de corazón generoso, a los 19 años, lo dejó todo e ingresó en la Compañía. Hizo sus primeros Votos en el Noviciado de Tortosa, en 1943 y fue destinada al colegio de Valladolid, donde seguiría sus estudios de Filología Moderna, que terminaría en la Universidad de Oviedo.

Ejerció el apostolado de la enseñanza en los colegios de Valladolid, Ciudad Rodrigo, Huelva y Salamanca, donde vivió sus últimos 31 años.

Su vida fue un servicio continuo en el campo de la educación; pedía al Padre lo que después iba a dar a los demás, convencida de que solamente podemos dar lo que hemos recibido de DIOS, que es la Verdad y la Vida. Fue muy querida por sus alumnas, en quienes dejó el testimonio de su alegría y entrega, ayudando con su consejo y orientaciones a las personas que se acercaban a ella en busca de un auténtico sentido de la vida.

Se interesaba por todo lo relacionado con la Compañía. Le gustaba participar en los actos de comunidad y amaba profundamente todo lo relacionado con nuestro ser de teresianas. Tenía un gran espíritu de fe; estaba siempre dispuesta a ayudar y a obedecer, a "poner todo su caudal" donde fuera necesario.

El Señor quiso purificarla con una enfermedad que ella supo aceptar y ofrecer, día a día, durante 26 años. Un tumor en la cabeza, que la obligó a vivir la situación de superar cuatro operaciones quirúrgicas y de ir sintiéndose cada vez más limitada. Sabíamos que, a veces, su conducta, era consecuencia de su enfermedad; ella era consciente de las secuelas que le iban dejando las intervenciones, por eso muchas veces repetía: "Perdónenme hermanas."

La vida de la Hermana Celestina es una historia vivida en buena compañía. Supo vivir, y por lo tanto mereció morir, en buena compañía, una muerte dulce en las manos de Dios. Con sencillez y a la vez, con todo el corazón, cada mañana, aunque le faltaran las fuerzas, adormecidas por la debilidad, se metía de nuevo en la vida con el ¡Viva Jesús!, hasta el momento de la noche, en que, rendida por la jornada, no dejaba de entusiasmarse con el "Dulce Madre, no te alejes..., y nunca sola me dejes," expresión de confianza total en la Madre, a quien ella quería con verdadero amor de hija.

Ya desde la mañana, hacía la primera visita a Jesús, para abrir el diálogo sincero con una petición de excusa: "Perdona, Jesús he llegado un poco tarde, mañana intentaré llegar antes", y seguía su diálogo dando rienda suelta a los sentimientos que surgían de su corazón: de confianza, agradecimiento, petición por la Compañía, por las vocaciones, por los Superiores, por todas las Hermanas. Impresionaba escuchar la sencillez  y confianza con que trataba con Jesús. Los nombres de Jesús y de María no caían de sus labios.

Celestina, fue dejando muchas cosas por inservibles para entrar en el Reino de la realidad, en el Corazón del Padre. Es lógico que, una vida en tan grata compañía, tuviera, como regalo final, una muerte dulce hasta poder decir:"siempre toda de Dios".

Su muerte nos ha dejado una gran paz y la confianza de que seguirá intercediendo por la Compañía y por su Comunidad.

Descanse en paz, nuestra querida Hermana Celestina.

 

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