¿QUÉ HA CAMBIADO
DESPUÉS DEL 11 DE SEPTIEMBRE?

 

 

                        La Hna. Ana  Ma. Torra, Consejera    General, fue invitada a tratar este  tema en el Capítulo General de las Esclavas del Sagrado Corazón. De su charla entresacamos algunos párrafos:

          ... Cuando se produjo el atentado, estaba en Uruguay. En un primer momento,  ante las imágenes de la  pantalla,  experimentamos  horror, casi no podíamos reaccionar,  pero  poco a poco fueron aflorando los más diversos sentimientos y me di cuenta de que había diversas formas de ver ese  acontecimiento, dependía, como es normal, de dónde estuviera situada la persona. Todo lo que escuché me ayudó a comprender  que desde Europa, desde América, o desde cualquier parte del mundo teníamos que poder mirar los acontecimientos con un corazón purificado. A los creyentes se nos abría un gran interrogante  que a mí me golpea desde entonces con mucha fuerza ¿Qué nos está diciendo Dios a través de todo esto? ¿Cuál debe ser nuestra respuesta?

          Observo que el miedo y el deseo de seguridad  son un peligro que nos puede llevar a situarnos  en un bando u otro sin caer en la cuenta de lo antievangélico de ese posicionamiento. Se está utilizando con demasiada frecuencia el lenguaje maniqueo y se nos puede acostumbrar el oído y por supuesto el corazón. Yo siento esa tendencia  como un gran peligro que imposibilita la cercanía entre  las personas y los pueblos haciendo que cada vez podamos estar más lejos del proyecto de Dios sobre la  humanidad. ¿Será posible otro dinamismo que conduzca hacia  la fraternidad?.

            No hace mucho leí unas reflexiones  del P. Franco Cagnasso, ex general de Pime, que me impresionaron. Quiero compartiros algunas de sus frases que, en este contexto de odio y violencia me han impactado. Dice así: 

“Tenemos que amar a los talibán ; es más tenemos que rezar por  Bin Laden y si fuera posible hacerle bien”.“Debemos y queremos  amar a sus personas aunque tengan caras de terror, metralleta en mano, miradas despectivas, palabras ofensivas y violentas. Tenemos que amar  a los enemigos  de ellos, los occidentales, incluso a los que están contentos con la guerra porque ganarán  dinero vendiendo armas, a los que quieren dominar el mundo porque se consideran superiores. Nosotros, ¿qué podemos hacer para ponernos de la parte de Dios, que quiere conquistar el amor de Bin Laden así como el de Bush, y que a ambos ofrece su perdón?

Centrándome en vuestra pregunta debo confesaros que me resulta difícil hablar de “cambios” si doy a la palabra su estricto sentido pues, el poco tiempo que ha transcurrido desde el 11 de Septiembre, no nos permite valorar la continuidad de los mismos. Sí creo que podemos hablar de primeras reacciones y de posibles cambios o de cambios que se están iniciando. En ese sentido me voy a expresar.

En un primer momento el atentado centró la atención. Fue bastante general el rechazo al terrorismo, la solidaridad con las víctimas, el horror ante lo ocurrido y el miedo a que se repitieran actos similares. En respuesta a la llamada de EEUU muchos países, con más o menos convicción, se fueron uniendo con la finalidad de combatir el terrorismo y buscar, sin duda, protección y seguridad. El clima bélico iba subiendo de tono  día a día al tiempo que crecía el miedo a una guerra mundial. La posibilidad de la misma era vista de muy diversos modos incluso dentro de la Iglesia y de la Vida Religiosa por lo que no se daban posturas  claras de condenación e incluso algunos la defendían abiertamente aludiendo al derecho de la defensa personal.

           Hasta el 7 de Octubre fue bastante general la expectación y el miedo ante un futuro que aparecía tan  incierto. Con todo, no dejaron de oírse voces cada vez más numerosas y más fuertes que llamaban a una toma de conciencia de la situación y a mirar no tanto los hechos como sus causas. Esas voces pedían también con insistencia que se evitaran reacciones primarias y reclamaban cambios significativos en la política mundial.

          Quizás el cambio más significativo en ese período haya sido el de algunas alianzas a nivel de política internacional como la de EEUU y Pakistán gobernado por un militar golpista y el acercamiento entre EEUU y Rusia, antes impensable, para comprometerse  en la lucha contra el terrorismo. La unión de los países patrocinada por EEUU se consiguió fácilmente tal vez por el miedo que dominaba en un primer momento, pero pronto empezó  a ser cuestionada por la finalidad que perseguía y se sintió la necesidad de dar un giro a la globalización. Creció el deseo de  que esa unión fuera para promover  la justicia más que para buscar la seguridad de algunos países.

            Es posible que el 11 de septiembre cambie el curso de la Historia como muchos han afirmado, pero es pronto para saber en qué sentido. Lo que es evidente es que ese acontecimiento nos está haciendo despertar de un sueño, que situaba a muchos en un falso paraíso con ignorancia de la realidad más dura de nuestro mundo. Ese despertar supone  uno de los cambios más interesantes o quizás el cambio del que pueden derivar otros: EL PASO DE LA INCONSCIENCIA A LA CONSCIENCIA. No en todos tiene las mismas características esa concientización. La mayoría ha descubierto de repente la fragilidad de un   sistema político que  creía seguro, y la fragilidad de las relaciones humanas entre países, culturas, razas y religiones. Ese descubrimiento ha producido miedo, inseguridad y recelos, con la consiguiente búsqueda de protección y sus repercusiones en las relaciones sociales.

             Se ha visto la relación  que existe  entre la violencia global y la injusticia y pobreza en que viven la mayoría de los seres humanos. Ni que decir tiene que en esta concientización la Iglesia y la vida religiosa están teniendo un papel importante. Esta toma de conciencia está  provocando una serie de cambios en nuestro estado anímico ya que, como os decía, hemos pasado de la seguridad que nos daba la inconsciencia a una gran inseguridad que se trasluce en numerosos campos. Vemos con preocupación por las consecuencias que puede tener cómo va creciendo :

-          El miedo y la desconfianza, en parte favorecida por los MCS.

-          Los prejuicios, en especial hacia los emigrantes.

-          La inseguridad, con la consiguiente  búsqueda de protección y seguridad hasta niveles preocupantes. Esa protección puede generar aislamiento y  en  algunos casos, puede llegar a atentar contra la libertad y la democracia. Se olvida que la seguridad no está en las medidas protectoras sino en promover un desarrollo con  justicia

-          Recelo hacia el Islam. Vivimos el riesgo de un enfrentamiento entre cristianismo e islamismo por el modo como se plantean y trasmiten muchas veces los hechos. Estamos tomando más conciencia de la existencia del mundo islamita, al que hemos ignorado o desvalorizado, y ahora unos tratan  de defenderse de él y otros buscan caminos de aproximación a través del diálogo.

 

        Siempre han existido  voces proféticas denunciadoras de  la injusticia y se han producido incidentes reveladores del descontento ante la situación mundial, pero la sacudida del 11 de Septiembre ha disparado la alarma y muchas voces se han escuchado desde entonces invitando a una lectura creyente de los acontecimientos y a un compromiso más fuerte con nuestros hermanos. En este sentido, “el cambio” o novedad es la frecuencia con que ahora se escuchan las llamadas a promover la paz desde la justicia y la denuncia de la pobreza como causa del terrorismo.

     El Papa, que en todo su pontificado no ha dejado de “gritar” por la paz, la justicia y solidaridad, en estos meses ha intensificado sus denuncias y llamadas. Tanto en su mensaje del 16 de Octubre a la FAO, en el que expresa que los atentados del 11 de Septiembre piden un compromiso más exigente para acabar con el problema de la pobreza, en particular del hambre, como en su invitación a las jornadas de ayuno y oración por la paz de los días 14 de diciembre y 24 de enero, y en el Mensaje para la jornada mundial de la paz: “No hay paz sin justicia , no hay justicia sin perdón”.

¿Qué ha supuesto el 11 de Septiembre para la vida religiosa?

       Posiblemente un impulso en el proceso de renovación en que está metida y una confirmación de muchas de sus intuiciones. La situación mundial es para los consagrados una fuerte interpelación y el 11 de Septiembre nos la ha puesto de manifiesto  con mayor crudeza.

 A lo largo de estos meses son muchas las voces de los Consagrados que, ante los acontecimientos, se han dejado oír denunciando, invitando, animando y  clarificando. Algunas de esas voces se han dirigido a la vida consagrada o a la propia familia religiosa.

       Hago mías las palabras del P. Michael Czerny, SJ, secretario de la Compañía de Jesús para la justicia social, en su documento titulado: “No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien”: “Nos encontramos en gran necesidad y admitimos no saber lo que el Señor nos está pidiendo. Esto nos motiva a rezar, a preguntar, a leer y reflexionar, a analizar a debatir con otras personas, incluidas especialmente a aquellas con las que normalmente no estamos de acuerdo, a intensificar el diálogo entre religiones, para después, llegando a un acuerdo  con otros, lanzarse a la acción de forma urgente, inteligente y generosa”

  No me atrevo a hablar de cambios como ya os he dicho Con todo, creo que son claros los retos o llamadas que la vida religiosa está recibiendo a través de estos acontecimientos. Sin duda serán muchos vuestros  cuestionamientos a raíz del 11 S, yo quiero ahora sencillamente compartiros algunos de los míos:

 ·         En una sociedad que el miedo y la angustia quieren dominar, ¿no estamos especialmente llamadas a ser mujeres de esperanza?  Dice Czeny “En estas ocasiones, ¿qué significa seguir construyendo el Reino? Nuestra labor debería ser primera y primordialmente una labor de esperanza para los demás independientemente de lo que en concreto intentemos hacer”

·         Ante un mundo violentamente dividido, ¿no tendrá que revelar nuestra vida que la fraternidad es posible?, ¿no tendremos que unirnos a todos los que sinceramente buscan la paz y la justicia para promoverla juntos?

·         Si estamos convencidas de que todos somos hijos de Dios, nuestras actitudes y actuacio es, ¿no tendrán que experimentar un cambio  para que realmente nadie quede excluido?,  ¿no tendremos que ser mujeres que viven y promueven el diálogo?

·         La situación de pobreza e injusticia generalizada que con tanta claridad se nos ha descubierto, ¿no está pidiendo a la vida religiosa un mayor compromiso? ¿Cómo cooperar en  una globalización de la solidaridad?

·         Desde nuestra experiencia personal del amor y la misericordia de Dios, ¿no estamos especialmente llamadas a ser agentes de reconciliación en este momento ?

·         La fuerza que el Islam tiene en nuestro mundo, ¿no nos está pidiendo un conocimiento mayor del mismo para potenciar el diálogo interreligioso?

·         Si estamos convencidas de que vivimos en un sistema que política y económicamente es injusto,  ¿cómo podemos hacer para no colaborar con él? En una palabra, ¿cómo  podemos  vivir hoy  según el espíritu del Evangelio con toda la riqueza de nuestro carisma?

     Giordano Cabra, al interrogarse sobre el cometido de la vida religiosa hoy, indica tres pistas: una identidad fuerte, una espiritualidad de comunión y una misión profética.

                                               Ana Mª Torra, stj

 

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