LA VOZ DE LA IGLESIA

NO HAY PAZ SIN JUSTICIA,

NO HAY JUSTICIA 

SIN PERDÓN 

 

 

 

Fragmentos del Mensaje del Papa para la JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ.

La esperanza que sostiene a la Iglesia al comenzar el año 2002 es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar todavía, se transforme realmente, con la gracia de Dios, en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz.

 

*         No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: esto es lo que quiero anunciar en este Mensaje a creyentes y no creyentes, a los hombres y mujeres de buena voluntad, que se preocupan por el bien de la familia humana y por su futuro.

*         No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: esto es lo que quiero recordar a cuantos tienen en sus manos el destino de las comunidades humanas, para que se dejen guiar siempre en sus graves y difíciles decisiones por la luz del verdadero bien del hombre, en la perspectiva del bien común.

*         No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: no me cansaré de repetir esta exhortación a cuantos, por una razón o por otra, alimentan en su interior odio, deseo de venganza o ansia de destrucción.

Pero, ¿cómo se puede hablar, en las circunstancias actuales, de justicia y, al mismo tiempo, de perdón como fuentes y condicionantes de paz? Porque el perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia.

El fenómeno del terrorismo.

     Es precisamente la paz fundada sobre la justicia y sobre el perdón la que es atacada actualmente por el terrorismo internacional. El terrorismo nace del odio y engendra aislamiento, desconfianza y exclusión. La violencia se suma a la violencia en una trágica espiral. El terrorismo se basa en el desprecio de la vida del hombre, es un auténtico crimen contra la humanidad.

     Existe, por tanto, un derecho a defenderse del terrorismo. Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas jurídicas y morales, tanto en la elección de los objetivos como de los medios. La identificación de los culpables ha de ser probada debidamente, porque la responsabilidad penal es siempre personal y, por tanto, no puede extenderse a las naciones, a las etnias o a las religiones a las que pertenecen los terroristas.

La colaboración internacional en la lucha contra la actividad terrorista debe comportar también un compromiso especial en el ámbito político, diplomático y económico, con el fin de solucionar con valentía y determinación las eventuales situaciones de opresión y marginación que pudieran estar en el origen de los planes terroristas. En efecto, el reclutamiento de los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo.

     No obstante, es preciso afirmar con claridad que las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas. Se ha de subrayar, además, que entre las víctimas de la destrucción radical del orden, como pretenden los terroristas, han de incluirse en primer lugar a los millones de hombres y mujeres menos preparados para resistir el colapso de la solidaridad internacional. La pretensión del terro-rismo de actuar en nombre de los pobres es una falsedad patente.

 

¡No se mata en nombre de Dios!

     Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen. El terrorismo no sólo instrumentaliza al hombre, sino también a Dios, haciendo de él un ídolo, del cual se sirve para sus propios objetivos.

La colaboración internacional en la lucha contra la actividad terrorista debe comportar también un compromiso especial en el ámbito político, diplomático y económico, con el fin de solucionar con valentía y determinación las eventuales situaciones de opresión y marginación que pudieran estar en el origen de los planes terroristas. En efecto, el reclutamiento de los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo.

     No obstante, es preciso afirmar con claridad que las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas. Se ha de subrayar, además, que entre las víctimas de la destrucción radical del orden, como pretenden los terroristas, han de incluirse en primer lugar a los millones de hombres y mujeres menos preparados para resistir el colapso de la solidaridad internacional. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de los pobres es una falsedad patente.

¡No se mata en nombre de Dios!

     Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen. El terrorismo no sólo instrumentaliza al hombre, sino también a Dios, haciendo de él un ídolo, del cual se sirve para sus propios objetivos.

Necesidad del perdón.

      El Dios que nos redime mediante su entrada en la historia, y que mediante el drama del Viernes Santo prepara la victoria del día de Pascua, es un Dios de misericordia y perdón. Los seguidores de Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrección, deben ser siempre hombres y mujeres de misericordia y perdón.

      El perdón nace en el corazón de cada uno. Es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo: ”Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

      La persona, sin embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por la cual establece unas relaciones sociales en las que se manifiesta a sí misma. Consecuencia de ello es que el perdón es necesario también en el ámbito social. El hombre que perdona o pide perdón comprende que hay una Verdad más grande que él y que, acogiéndola, puede trascenderse a sí mismo.

      Orar por la paz significa:

*         abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios,

*         orar por la justicia, por un adecuado ordenamiento de las Naciones y de las relaciones entre ellas,

*         rogar por la libertad, especialmente por la libertad religiosa, que es un derecho fundamental humano y civil de todo individuo,

*        rogar para alcanzar el perdón de Dios y para crecer, al mismo tiempo, en la valentía que es necesaria en quien quiere, a su vez, perdonar las ofensas recibidas.

      QUE LA HUMANIDAD, EN ESTOS TIEMPOS AZAROSOS, PUEDA ENCONTRAR PAZ VERDADERA Y DURADERA, AQUELLA PAZ QUE SÓLO PUEDE NACER 
DEL ENCUENTRO DE LA JUSTICIA CON LA MISERICORDIA.

 

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