Boletín STJ Editorial STJ Editorial Enrique de Ossó C.I.T. C.E.O. Casas de Oración
 
 

 Han entrado en la Vida: 

HNA. MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO LAIGINHA

Provincia María Inmaculada

El día 4 de agosto del 2001 quiso el Señor llamar a Si a nuestra querida Hermana. Un día particularmente significativo para todas nosotras porque sabíamos cómo latía el corazón de nuestra hermana por la Virgen. Era el primer sábado del mes que ella siempre dedicaba a la Madre del Cielo a quien amaba con especial ternura, comprometida como estaba en proclamar las maravillas de Nuestra Señora. Vivir en Fátima para ella era lo mejor que le podía haber pasado. Todos los días iba en “peregrinación”  a la Capillita de las Apariciones. Vivía con desvelo la misión de salvar almas por medio del rezo de rosario, cuya devoción propagaba a las personas que se le acercaban y, que ofrecía por todas las necesidades que ella  estaba convencida que eran importantes para el REINO. Por todo esto creímos que fue un día lindo para partir; con certeza la Madre estaría esperándola para ofrecerla con su Hijo Cristo Jesús al Padre.

            La liturgia del día del funeral era elocuente con respecto al misterio de vida que íbamos a celebrar “¿De qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” “Vanidad de vanidad y todo vanidad” por esto: “¡Aspirar a las cosas de lo Alto!” La Hermana María era para todos los participantes en esta celebración la expresión viva de la Palabra del día. Vivió la simplicidad del pobre y el despego de todas las cosas de este mundo. Supo entregarse para dar de corazón su alegría en la sencillez, en el silencio, en la oscuridad. Su mano derecha no supo nunca lo que repartía de bondad en las misiones donde la obediencia la puso. Nunca alardeaba de nada, ni quería ser alabada. Su entrega fue totalmente gratuita y generosa.

            Cuando fue perdiendo sus fuerzas y tuvo que depender de las hermanas, fue siempre extremadamente agradecida y amable. A sus sonrisas y sus gestos de colaboración siempre en todo lo que podía, agregaba siempre el “Dios se lo pague”, todo lo recibía como don y parecía que siempre vivía de manos de la Virgen. La Eucaristía de aquel día fue un dar gracias a Dios por haber vivido junto a María, y por el misterio de gracia que en ella Dios nos reveló.

            Tenemos la alegría de saber que El Padre la acogió en su grande ternura, que ella goza en la bienaventuranza que Jesús promete a los que le siguen como pobres, en la seguridad que en Él  está la riqueza. Descansa en paz querida María, te vamos a recordar mucho.

HNA. HELENA DE PÁDUA DEL NIÑO JESÚS FERREIRA DA SILVA

Provincia María Inmaculada

En la madrugada del día 8 de agosto del 2001 partió para la casa del Padre nuestra hermana Helena. ¡No lo esperábamos! Muchas veces había sido internada en el Hospital San Antonio de Oporto para los tratamientos que exigía su enfermedad, pero esta vez Dios la encontró con las manos llenas y la certeza profunda de que era amada por Él. La llamó en silencio, porque fue en el silencio como la fue preparando para el encuentro definitivo. Tenía 79 años de edad y 61 de vida religiosa.

            La Hna. Helena nació en Rebordães, Santo Tirso, de una familia numerosa. Ella fue la cuarta de los once hijos, de ellos nueve se consagraron al Señor, cinco Jesuitas y cuatro Teresianas. Entró en la Compañía de Santa Teresa de Jesús, en Braga, acompañada de su hermana María (e.p.d.), el 14 de octubre de 1940. Hizo los votos perpetuos, el día 13 de mayo de 1949, en Oporto, en Barão Forrester.

Las Comunidades de Portalegre, Oporto, Elvas, Braga, Fátima, Almendra, Montpellier y Santo Tirso disfrutaron de su disponibilidad y entrega alegre y generosa, porque la Hna. Helena fue una de esas personas que pasan por el mundo dejando huellas de su hacer en favor de los que la necesitaban. Los emigrantes portugueses, en Montpellier, la gente sencilla de La Almendra, las alumnas de los distintos colegios por donde pasó, así como las novicias, cuando el noviciado fue trasladado a Fátima, fueron testigos de su entrega desinteresada y generosa. Todos los que convivieron con ella recuerdan sus amenas conversaciones y su buen humor, siempre oportuno y agradable.

            Su virtud se manifestó, sobre todo, en sus últimos años cuando la enfermedad la sorprendió. La aceptó con fortaleza, que le venía de su grande fe y confianza en el Señor Jesús. Aceptaba con sacrificio los tratamientos que los médicos le prescribían para conservar la vida, a la que amaba como un don de Dios. Dos años antes de morir, previendo que el Señor vendría a llevarla en breve, pidió recibir la Santa Unción, al final de la celebración, en la que toda la Comunidad participó, exclamó con mucha serenidad que procedía de su grande fe “Me siento feliz de estar en las manos de Dios”.

            Desde el cielo, estamos convencidas que nos acompaña en nuestra misión educativa, tan querida para ella. Descansa en paz, Helena, y continua, junto a Dios, con tu delicadeza tan peculiar, pidiendo por la Compañía y tu Provincia.

TEÓFILA DE LOS SANTOS ÁNGELES PRIETO

Provincia Virgen de la Esperanza

En los brazos de María... así se nos marchó la Hna. Teófila; en manos de quien fue su modelo y guía durante toda su vida. María se la presentó al Padre el día 15 de agosto. Como Ella, había sabido ser mujer de fe, de oración, de silencio, con una gran capacidad para acoger en su corazón las personas y acontecimientos que iba viviendo.

La Hna. Teófila fue una mujer de carácter fuerte y recio; disponible y generosa con su tiempo, sus fuerzas y su caridad. Todas las Hnas. que la tuvimos de enfermera la recordamos apareciendo en la habitación con una sonrisa animosa y sus palabras, cargadas a la vez  de sentido de fe y de sentido común. Sabía que su vocación tenía que cimentarla en el Amor recibido de Dios y, por su parte, en una respuesta  hecha de sacrificio y entrega sin reservas. Su actividad era incansable y escondida la mayor parte de las veces. Por otra parte, encontraba tiempo para dedicarlo a estar con el Señor y descansar en Él. Su sonrisa lo manifestaba.

Toda esa fuerza que tenía en su interior se vio probada cuando le llegó la enfermedad de una forma muy dura para ella. Su espíritu seguía vivo y luchador; sus achaques la obligaban a necesitar de las demás. El Señor la probó como oro en el crisol.  Ella, que era tan feliz en la vida de comunidad, tuvo que pasar ratos largos en su habitación, muchas veces sufriendo a solas las consecuencias de su enfermedad.

La Hna. Teófila había nacido en León y,  con ese carácter recio, propio de la tierra, supo esforzarse por desempeñar los diferentes oficios que se le fueron encomendando y hacerlo todo CON TODO AHÍNCO. Esta era una característica que la definía. Su único destino fue el Colegio de Las Palmas a donde llegó en 1934.

El recuerdo de su dilatada y larga vida, murió con 93 años, nos deja una huella grande a las Hermanas que hemos vivido con ella y a tantas otras personas que la conocieron. Agradecemos a Dios el don de la vida de nuestra Hna. Teófila y estamos seguras de que ya goza de Él.

ANGELA DEL NIÑO JESÚS ALPERI ALONSO

Provincia Santa Teresa

Nuestra hermana había nacido en La Felguera (Asturias), el 17 de marzo de 1914. Murió en Barcelona (Casa Madre) el 12 de septiembre de 2001. Tenía 87 años de edad y 68 de vida religiosa.

En 1933 entró en la Compañía, con 19 años y un titulo de Magisterio que nunca utilizó, porque lo que prefirió siempre fue el trabajo escondido y discreto, en el que el protagonismo se lo llevaran otros y no ella. Unos meses antes de comenzar la Guerra Civil hizo los primeros votos e inmediatamente fue destinada a la Comunidad de la Casa Madre. Allí vivió hasta que la Comunidad tuvo que disgregarse y huir. Al terminar la guerra llegó, de 1as primeras, a la Casa Madre para intentar rehacer lo deshecho y recuperar por lo menos las paredes de la casa.

Sus 68 años de vida religiosa -con la excepción del tiempo de la guerra transcurrieron en la Casa Madre. Todas -Hermanas, internas, alumnos, trabajadores- conocían muy bien a la Hermana pequeña y de apariencia frágil, que tenia sin embargo la fortaleza de un hombre y que, con sus ojitos azules, miopes primero y casi sin vista después, lo veía todo. Su quehacer durante muchos años fue ocuparse del comedor de las internas Posteriormente, del dormitorio. Casi siempre fue la encargada de lo que hoy llamamos "mantenimiento" de la enorme Casa, labor que realizaba concienzudamente, al frente de unos cuantos trabajadores de la casa que la valoraban y la querían porque "lo sabía todo" y por su modo delicado de mandar.

Temerosa de los ladrones -que en diferentes ocasiones "visitaron" la casa-, siempre era la última en acostarse y la primera en levantarse, y se la podía encontrar despierta a cualquier hora de la noche en que alguna Hermana tocara a su puerta para decirle que había visto "algo".

Después de una operación fracasada para intentar devolverle algo de vista, perdió totalmente la visión de un ojo. Con la poca vista que le quedaba en el otro, leía Laudes y Vísperas con esfuerzo, pero sin dejar de hacerlo nunca. Su imagen con el libro muy cerca de los ojos era algo familiar en la capilla de la casa. Su cariño a la Compañía, su fidelidad, su "hacer lo poquito que es en mí" de Santa Teresa, fueron, para los que la conocimos, un ejemplo de vida.

Sencilla, disponible para todo y para todos, dispuesta a ayudar en lo que fuera, preocupada siempre por los demás, lo pudo demostrar ampliamente durante toda su vida y especialmente en los años que, ya mayor, ayudaba en el comedor de la Comunidad: siempre pendiente de quién faltaba, de que tuviera el plato a punto, de que las visitas tuvieran el cubierto bien puesto y la servilleta limpia, y de tantos y tantos detalles...La Hna. Ángela no pensaba nunca en ella misma, ni lo hizo cuando estaba sana, ni tampoco en los tres meses que duró su larga enfermedad, y en los que a pesar de sufrir mucho, siempre estuvo pendiente de que su acompañante, en la clínica, estuviera bien y tuviera lo necesario.

Un cáncer de colon, tres operaciones sucesivas en menos de tres meses y el sufrimiento de una sonda gástrica terminaron con su fortaleza. “Ya no puedo más” decía los últimos días de su vida, y los que estaban con ella veían que, efectivamente, era así.

La Virgen se la llevó el día 12 de septiembre, antigua fiesta del Dulce Nombre de María, para que cantara, unida a Ella y para siempre: “proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque el Señor ha visto la humildad de su sierva”. Descanse en paz nuestra querida Hermana.

 
 

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