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HNA. MARÍA DE
JESÚS CRUCIFICADO LAIGINHA
Provincia María
Inmaculada
El día 4 de agosto del 2001 quiso el Señor llamar a Si a nuestra
querida Hermana. Un día particularmente significativo para todas
nosotras porque sabíamos cómo latía el corazón de nuestra hermana por
la Virgen. Era el primer sábado del mes que ella siempre dedicaba a la
Madre del Cielo a quien amaba con especial ternura, comprometida como
estaba en proclamar las maravillas de Nuestra Señora. Vivir en Fátima
para ella era lo mejor que le podía haber pasado. Todos los días iba en
“peregrinación” a la
Capillita de las Apariciones. Vivía con desvelo la misión de salvar
almas por medio del rezo de rosario, cuya devoción propagaba a las
personas que se le acercaban y, que ofrecía por todas las necesidades que
ella estaba convencida que
eran importantes para el REINO. Por todo esto creímos que fue un día
lindo para partir; con certeza la Madre estaría esperándola para
ofrecerla con su Hijo Cristo Jesús al Padre.
La liturgia del día del funeral era elocuente con respecto al
misterio de vida que íbamos a celebrar “¿De qué aprovecha al hombre
ganar todo el mundo si pierde su alma?” “Vanidad de vanidad y todo
vanidad” por esto: “¡Aspirar a las cosas de lo Alto!” La Hermana
María era para todos los participantes en esta celebración la expresión
viva de la Palabra del día. Vivió la simplicidad del pobre y el despego
de todas las cosas de este mundo. Supo entregarse para dar de corazón su
alegría en la sencillez, en el silencio, en la oscuridad. Su mano derecha
no supo nunca lo que repartía de bondad en las misiones donde la
obediencia la puso. Nunca alardeaba de nada, ni quería ser alabada. Su
entrega fue totalmente gratuita y generosa.
Cuando fue perdiendo sus fuerzas y tuvo que depender de las
hermanas, fue siempre extremadamente agradecida y amable. A sus sonrisas y
sus gestos de colaboración siempre en todo lo que podía, agregaba
siempre el “Dios se lo pague”, todo lo recibía como don y parecía
que siempre vivía de manos de la Virgen. La Eucaristía de aquel día fue
un dar gracias a Dios por haber vivido junto a María, y por el misterio
de gracia que en ella Dios nos reveló.
Tenemos la alegría de saber que El Padre la acogió en su grande
ternura, que ella goza en la bienaventuranza que Jesús promete a los que
le siguen como pobres, en la seguridad que en Él
está la riqueza. Descansa en paz querida María, te vamos a
recordar mucho.
HNA. HELENA DE PÁDUA DEL
NIÑO JESÚS FERREIRA DA SILVA
Provincia María
Inmaculada
En la madrugada del día 8 de agosto del 2001 partió para la casa del
Padre nuestra hermana Helena. ¡No lo esperábamos! Muchas veces había
sido internada en el Hospital San Antonio de Oporto para los tratamientos
que exigía su enfermedad, pero esta vez Dios la encontró con las manos
llenas y la certeza profunda de que era amada por Él. La llamó en
silencio, porque fue en el silencio como la fue preparando para el
encuentro definitivo. Tenía 79 años de edad y 61 de vida religiosa.
La Hna. Helena nació en Rebordães, Santo Tirso, de una familia
numerosa. Ella fue la cuarta de los once hijos, de ellos nueve se
consagraron al Señor, cinco Jesuitas y cuatro Teresianas. Entró en la
Compañía de Santa Teresa de Jesús, en Braga, acompañada de su hermana
María (e.p.d.), el 14 de octubre de 1940. Hizo los votos perpetuos, el día
13 de mayo de 1949, en Oporto, en Barão Forrester.
Las Comunidades de Portalegre, Oporto, Elvas, Braga, Fátima, Almendra,
Montpellier y Santo Tirso disfrutaron de su disponibilidad y entrega
alegre y generosa, porque la Hna. Helena fue una de esas personas que
pasan por el mundo dejando huellas de su hacer en favor de los que la
necesitaban. Los emigrantes portugueses, en Montpellier, la gente sencilla
de La Almendra, las alumnas de los distintos colegios por donde pasó, así
como las novicias, cuando el noviciado fue trasladado a Fátima, fueron
testigos de su entrega desinteresada y generosa. Todos los que convivieron
con ella recuerdan sus amenas conversaciones y su buen humor, siempre
oportuno y agradable.
Su virtud se manifestó, sobre todo, en sus últimos años cuando
la enfermedad la sorprendió. La aceptó con fortaleza, que le venía de
su grande fe y confianza en el Señor Jesús. Aceptaba con sacrificio los
tratamientos que los médicos le prescribían para conservar la vida, a la
que amaba como un don de Dios. Dos años antes de morir, previendo que el
Señor vendría a llevarla en breve, pidió recibir la Santa Unción, al
final de la celebración, en la que toda la Comunidad participó, exclamó
con mucha serenidad que procedía de su grande fe “Me siento feliz de
estar en las manos de Dios”.
Desde el cielo, estamos convencidas que nos acompaña en nuestra
misión educativa, tan querida para ella. Descansa en paz, Helena, y
continua, junto a Dios, con tu delicadeza tan peculiar, pidiendo por la
Compañía y tu Provincia.
TEÓFILA DE LOS SANTOS ÁNGELES
PRIETO
Provincia Virgen de la Esperanza
En
los brazos de María... así se nos marchó la Hna. Teófila; en manos de
quien fue su modelo y guía durante toda su vida. María se la presentó
al Padre el día 15 de agosto. Como Ella, había sabido ser mujer de fe,
de oración, de silencio, con una gran capacidad para acoger en su corazón
las personas y acontecimientos que iba viviendo.
La
Hna. Teófila fue una mujer de carácter fuerte y recio; disponible y
generosa con su tiempo, sus fuerzas y su caridad. Todas las Hnas. que la
tuvimos de enfermera la recordamos apareciendo en la habitación con una
sonrisa animosa y sus palabras, cargadas a la vez
de sentido de fe y de sentido común. Sabía que su vocación tenía
que cimentarla en el Amor recibido de Dios y, por su parte, en una
respuesta hecha de sacrificio
y entrega sin reservas. Su actividad era incansable y escondida la mayor
parte de las veces. Por otra parte, encontraba tiempo para dedicarlo a
estar con el Señor y descansar en Él. Su sonrisa lo manifestaba.
Toda
esa fuerza que tenía en su interior se vio probada cuando le llegó la
enfermedad de una forma muy dura para ella. Su espíritu seguía vivo y
luchador; sus achaques la obligaban a necesitar de las demás. El Señor
la probó como oro en el crisol. Ella,
que era tan feliz en la vida de comunidad, tuvo que pasar ratos largos en
su habitación, muchas veces sufriendo a solas las consecuencias de su
enfermedad.
La
Hna. Teófila había nacido en León y,
con ese carácter recio, propio de la tierra, supo esforzarse por
desempeñar los diferentes oficios que se le fueron encomendando y hacerlo
todo CON TODO AHÍNCO. Esta era una característica que la definía. Su único
destino fue el Colegio de Las Palmas a donde llegó en 1934.
El recuerdo de su dilatada y larga vida, murió con
93 años, nos deja una huella grande a las Hermanas que hemos vivido con
ella y a tantas otras personas que la conocieron. Agradecemos a Dios el
don de la vida de nuestra Hna. Teófila y estamos seguras de que ya goza
de Él.
ANGELA DEL NIÑO JESÚS ALPERI
ALONSO
Provincia Santa Teresa
Nuestra hermana había nacido en
La Felguera (Asturias), el 17 de marzo de 1914. Murió en Barcelona (Casa
Madre) el 12 de septiembre de 2001. Tenía 87 años de edad y 68 de vida
religiosa.
En 1933 entró en la Compañía,
con 19 años y un titulo de Magisterio que nunca utilizó, porque lo que
prefirió siempre fue el trabajo escondido y discreto, en el que el
protagonismo se lo llevaran otros y no ella. Unos meses antes de comenzar
la Guerra Civil hizo los primeros votos e inmediatamente fue destinada a
la Comunidad de la Casa Madre. Allí vivió hasta que la Comunidad tuvo
que disgregarse y huir. Al terminar la guerra llegó, de 1as primeras, a
la Casa Madre para intentar rehacer lo deshecho y recuperar por lo menos
las paredes de la casa.
Sus 68 años de vida religiosa
-con la excepción del tiempo de la guerra transcurrieron en la Casa
Madre. Todas -Hermanas, internas, alumnos, trabajadores- conocían muy
bien a la Hermana pequeña y de apariencia frágil, que tenia sin embargo
la fortaleza de un hombre y que, con sus ojitos azules, miopes primero y
casi sin vista después, lo veía todo. Su quehacer durante muchos años
fue ocuparse del comedor de las internas Posteriormente, del dormitorio.
Casi siempre fue la encargada de lo que hoy llamamos
"mantenimiento" de la enorme Casa, labor que realizaba
concienzudamente, al frente de unos cuantos trabajadores de la casa que la
valoraban y la querían porque "lo sabía todo" y por su modo
delicado de mandar.
Temerosa de los ladrones -que en
diferentes ocasiones "visitaron" la casa-, siempre era la última
en acostarse y la primera en levantarse, y se la podía encontrar
despierta a cualquier hora de la noche en que alguna Hermana tocara a su
puerta para decirle que había visto "algo".
Después de una operación
fracasada para intentar devolverle algo de vista, perdió totalmente la
visión de un ojo. Con la poca vista que le quedaba en el otro, leía
Laudes y Vísperas con esfuerzo, pero sin dejar de hacerlo nunca. Su
imagen con el libro muy cerca de los ojos era algo familiar en la capilla
de la casa. Su cariño a la Compañía, su fidelidad, su "hacer lo
poquito que es en mí" de Santa Teresa, fueron, para los que la
conocimos, un ejemplo de vida.
Sencilla, disponible para todo y
para todos, dispuesta a ayudar en lo que fuera, preocupada siempre por los
demás, lo pudo demostrar ampliamente durante toda su vida y especialmente
en los años que, ya mayor, ayudaba en el comedor de la Comunidad: siempre
pendiente de quién faltaba, de que tuviera el plato a punto, de que las
visitas tuvieran el cubierto bien puesto y la servilleta limpia, y de
tantos y tantos detalles...La Hna. Ángela no pensaba nunca en ella misma,
ni lo hizo cuando estaba sana, ni tampoco en los tres meses que duró su
larga enfermedad, y en los que a pesar de sufrir mucho, siempre estuvo
pendiente de que su acompañante, en la clínica, estuviera bien y tuviera
lo necesario.
Un cáncer de colon, tres
operaciones sucesivas en menos de tres meses y el sufrimiento de una sonda
gástrica terminaron con su fortaleza. “Ya no puedo más” decía los
últimos días de su vida, y los que estaban con ella veían que,
efectivamente, era así.
La Virgen se la llevó el día 12 de septiembre,
antigua fiesta del Dulce Nombre de María, para que cantara, unida a Ella
y para siempre: “proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi
espíritu en Dios, mi Salvador, porque el Señor ha visto la humildad de
su sierva”. Descanse en paz nuestra querida Hermana.
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