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¡Estamos
en época de crónicas! ¿Para qué sirven las CRÓNICAS? Comunidad de mora de toledo. 1936
“Si a mí me han perseguido, lo mismo harán con vosotras...” (Jn 15,20)
... Serían las 9 cuando llegó el tren a la estación de Algodor.
Subió a nuestro vagón una desgraciada, semejante más a un demonio que a
una mujer, cuya boca no se abría sino para blasfemar y disparatar de una
manera soez e indecente. Se llamaba Encarna, tendría unos 20 años, vestía
mono azul y llevaba un fusil a la espalda y una pistola-ametralladora en
la mano y capitaneaba a unos 50 milicianos.
-¿Quiénes sois
vosotras?- preguntó
descompuesta. La M. Superiora Carolina Erostarbe respondió que éramos
Profesoras. -¡Profesoras de baile!... ¡Abajo con ellas! Que no
arranque el tren-. Nos bajaron a empellones, sobre todo a la Superiora
a quien Encarna no cesaba de golpear. Pasamos al otro lado de la estación que era el lugar donde íbamos a ser
ejecutadas. Algunos viajeros que contemplaban el espectáculo desde el
tren lloraban de ver el trato que recibíamos. La Madre mostró a Encarna
el salvoconducto que llevábamos, ella lo guardó exclamando con risa sarcástica:
¡Del Comité de Mora, vaya! ¡Si se descuidan les pasará lo que a
vosotras, que lo que nos sobran son balas! Hizo que nuestro equipaje
fuera lanzado desde las ventanillas del tren al andén. Se nos colocó junto a la pared perfectamente alineadas y Encarna puso
frente a nosotras un piquete de 10 al frente y una segunda línea entre
los huecos que dejaban los de delante, 19 fusiles dirigidos hacia
nosotras. Inmediatamente comenzó a registrarnos y cogiendo la ropa por el escote
con ambas manos y toda su fuerza, nos la fue desgarrando una por una hasta
dejarnos hechas vergonzoso espectáculo a toda aquella chusma. Como se nos
había puesto con los brazos en alto, postura en la que permanecimos dos
horas, no podíamos arreglarnos. Yo miraba a las Hermanas y sentía que se
me subía toda la sangre a la cara de verlas en aquel estado. Nos arrancó
y pisoteó los escapularios y rosario, sus dedos se llenaron con nuestros
anillos de profesión, los relojes y plumas fueron a parar a sus
bolsillos. Arrancó las gafas a una de las Hermanas pues decía que dentro
de unos minutos no las iba a necesitar más, a otra que tenía dificultad
para sacar el anillo de su dedo le amenazó con cortárselo y no lo hizo
porque uno de los hombres se apresuró a traer agua con jabón para
conseguir que el anillo saliera. La Superiora no era joven y su corazón enfermo apenas podía resistir la
serie de emociones que se iban acumulando sobre él, pero si su naturaleza
física decaía, su ánimo no desfallecía y sufría y velaba por todas.
Bajó los brazos cuando ya no pudo más y yo pensé que moriría antes de
que llegaran a ella las balas de los fusiles que esperaban sólo la orden
de fuego. Cuando oyó que se metían conmigo y que me hacían halagadoras
promesas, sacando fuerzas no sé de dónde y con un acento de persuasión
que nunca olvidaré, me dijo: Hija, no haga caso, piense que va a
morir. Nos dispusimos a comparecer delante de Dios y al vernos
mover los labios, nos decían: Rezad, rezad, que de muy poco os va a
servir. Entre tanto se había acercado a nosotras un joven que, por el modo de
mirarnos, comprendí que tenía sentimientos distintos a los de sus compañeros
y aprovechando el alboroto me dirigí a él diciéndole que de qué nos
había servido el salvoconducto que llevábamos. -¿Ustedes traían un
salvoconducto?- Sí del Comité de Mora, que nos ha acompañado hasta la
estación.- ¿Y dónde está?- Lo ha guardado esa mujer en su
bolsillo. No pude hablar más porque los demás se dieron cuenta y le
empujaron de allí.
Cuando creíamos llegada nuestra última hora nos sorprendió la orden de
que pasáramos a la sala de espera. Sin duda que aquel joven informó que no
veníamos escapadas como había dicho Encarna sino que viajábamos con
todas las de la ley. Acto seguido nos trajeron delante los maletines, cajas y cuanto habían
bajado del tren y una tras otra las volcaron en el suelo haciendo un
enorme montón en el que se confundían ropas, Directorios, zapatos,
estampas, Crucifijos, medias, labores, músicas, cilicios,
disciplinas...etc. etc. en terrible conjunto. Apareció una estampa
chiquitina del P. Pro en el
momento de fusilarlo, con la inscripción de Viva Cristo Rey. ¡cómo se
pusieron aquellos hombres! Y por si esto no era bastante aún, salió una
candidatura de elecciones del partido derechista, que acabó de
exasperarlos. Después de que nuestra amiga requisó para sí todo lo nuevo y bueno que podía servirle, repartió a los milicianos toda nuestra ropa. Colgaron las disciplinas de la punta del cañón de sus fusiles y los cilicios de sus cinturones. No cupo igual suerte a los Crucifijos de Profesión que, en medio de horribles blasfemias arrojaron al suelo destrozándolos con la culata de sus fusiles sin dejar uno sano. “Os tratarán así por causa mía, porque no reconocen al que me ha enviado” ( Jn 15,22) Nadie decía lo que pensaban hacer con nosotras. Al poco rato llegó un
coche a buscarnos, enviado por el Comité de la Casa del Pueblo de
Aranjuez. Venían en él varios milicianos que habían de acompañarnos,
dirigidos por uno que hacía de jefe, con camisa roja y aspecto nada
tranquilizador. Ocupamos la parte central del autobús, nos rodeaban
Encarna y catorce milicianos que no dejaron de cantar en todo el trayecto.
Las patrullas que vigilaban nos pararon cuatro veces en el trayecto
Algodor-Aranjuez y pedían que nos bajasen del auto para que sirviéramos
de blanco en su entrenamiento, pero quiso Dios que el que hacía de jefe
de la expedición se impusiese, no sin trabajo, y pudiésemos llegar a
Aranjuez. Allí se había enterado todo el pueblo de nuestra llegada y una
turba de mujeres en actitud hostil nos esperaba a la puerta de la Casa del
Pueblo, en vista de lo cual el jefe hizo que continuara el auto hasta
dentro de la casa.
Nos metieron en una habitación desmantelada y sucia, con la puerta
abierta y un miliciano en ella, para que pudiesen pasar a molestarnos
cuantos y cuantas quisieran. Entró una invasión de gente hasta donde estábamos
para dirigirnos todas las injurias habidas y por haber, además de
hacernos levantar el puño las veces que se les antojaba. Allí nos
despidió nuestra Encarna, y aún tuvo valor de decir al Comité que no
podíamos reclamar nuestros relojes porque, con nuestro permiso, los había
roto delante de nosotras...
A las seis de la tarde nos dan orden de salir y nos meten en otro auto que nos lleva a la estación. El tren nos esperaba, con la consiguiente expectación de los viajeros que aguardaban nuestra llegada. Al llegar a la estación, el jefe de los milicianos llamó aparte al que nos tenía que acompañar en el tren y yo, metida entre la gente y haciendo como que buscaba algo en el suelo, me acerqué y pude oír: “Cuando lleguéis al puente, que pare el tren, las bajáis a todas, inspeccionáis bien los alrededores y acabáis con ellas”. No necesitaba saber más. Avisé a la Superiora de lo que había oído y nos preparamos todas a comparecer delante de Dios. Así salimos de Aranjuez y, cada vez que el tren perdía velocidad por llegar a alguna estación creíamos estar ya en el puente convenido para ser el término de nuestra vida. Faltarían 2 Km para llegar a Madrid cuando nos ordenaron permanecer en
el tren al llegar al punto de destino, aunque bajasen todos los viajeros.
Una vez en Madrid, nos quedamos solas en el tren con los milicianos y el
interventor que, con cara de compasión e indignación a la vez, se negaba
a dejarnos a solas con aquellos hombres; al fin, uno de ellos le dijo: Compañero,
tu misión ha terminado, estas de más, puedes apearte .Así lo hizo y
al momento empezó el tren a marchar rápidamente para atrás, con
nosotras solas y los milicianos, durante bastantes kilómetros. Ahora ya
no nos cabía duda, íbamos al puente fatal. Paró el tren y se nos mandó
bajar, nos hicieron la revisión de nuestros desvencijados maletines, que
sólo contenían ya algunos trozos de rosarios, escapularios y crucifijos
mutilados.
“En el mundo tendréis luchas, pero tened valor, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33) Por los viajeros que nos habían precedido, todos se habían enterado en
la estación de Madrid de lo que pasaba y esperaban con ansiedad el
regreso del tren, para ver si regresábamos o si nos habían dado ya el
pase para la eternidad. Era tanta la aglomeración que tuvieron que poner
un doble cordón de milicianos desde el tren hasta la Comisaría de la
estación de Atocha y por medio de ella desfilamos los diez espectros o
cadáveres animados, que tales parecíamos; yo misma casi desconocía a
las Hermanas. Después de dar de nuevo los datos personales pasamos a que
nos hicieran en privado una nueva revisión. La miliciana que me tocó en
suerte me hizo tentadores ofrecimientos si me quedaba con ellas, y le
molestó mi rotunda negativa, pero yo me arreglé y salí de allí
volando.
Ahora otra cuestión. ¿Qué hacían de diez monjas a las 10 de la
noche en una comisaría? Hubo variedad de pareceres entre los milicianos: Que
las lleven a la cárcel, a la línea de fuego, al cuartel de concentración,
a los hospitales de sangre... Nosotras les mirábamos sin pestañear,
pensando qué juicio sería el que prevaleciera entre todos aquellos, a
cual menos atrayente. Gracias a Dios, los Sres. de la Comisaría, dignísimos,
fueron muy atentos con nosotras y nos dijeron en privado que podíamos
pasar la noche en el despacho del Director que pondrían a nuestra
disposición, que era una temeridad salir a esa hora por las calles de
Madrid sin rumbo fijo y expuestas a que cualquier patrulla de milicianos
hiciera con nosotras lo que quisiera. Aceptó la Madre y vimos el cielo
abierto. Hasta nos trajeron un bocadillo de la cantina.
A la mañana siguiente teníamos que salir de allí y no sabíamos
dónde ir. Nos indicaron una pensión y nos extendieron unos
salvoconductos para permanecer en Madrid 5 días e ir después con
nuestras familias. Intentamos inútilmente buscar a la M. Provincial, pero
no contestaban ni en Goya ni en el Refugio y se nos dijo que no pensáramos
dar en Madrid con ningún Colegio Religioso. Al fin se nos ocurrió
comunicarnos con el médico de Goya para ver si, por su conducto, podíamos
ponernos en contacto con la M. Mª Teresa Rubio. Recomendándonos mil
reservas, se encargó de comunicarle nuestra llegada.
Tuvimos que dejar la comisaría en busca de la pensión. Nos
llevaron en un coche celular lleno de sangre de los fusilados en esos días,
escoltadas por cinco guardias de asalto. La dueña de la pensión se negó
a recibirnos sin un oficio de la Dirección de Seguridad garantizando
nuestra seguridad y la suya; al fin lo consiguió.
Era tal el pánico que teníamos acumulado que no consentimos en
ocupar dos habitaciones dividiendo el grupo y nos acomodamos como pudimos,
las diez, en dos camas y tres colchones. Así llegó la noche. El corazón
de la Superiora había resistido demasiado y le dio un amago de colapso
que nos asustó de veras.
Con la excitación nerviosa y el
calor sofocante, no podía dormir y me senté junto al balcón. Cuando ya
estábamos tranquilas, a la una de la madrugada, para un coche en la
puerta de la pensión y baja de él un grupo de milicianos con gran
algarabía. Al fin se impone uno de ellos y dice: Camaradas, a fusilar
por detrás, junto a las tapias; yo dirijo el combate. Como no precisó
más y aquella era una calle tranquila, creí que la sentencia de muerte sólo
se podía referir a nosotras, desperté a las Hermanas. Cuando se
convencieron de que efectivamente se trataba de fusilamiento, pensamos que
ya por fin había llegado nuestra hora y comenzamos a vestirnos. La Madre,
impresionada, sólo decía: Mis hijas, mis hijas...! y nos contaba
de una en una, como si fuese víctima de una pesadilla. Una hermana decía que había sido una emboscada el traernos allí...
Salimos al pasillo y encontramos las habitaciones vacías y las puertas y
ventanas abiertas, con lo cual aún nos confirmamos más en que se trataba
de algo convenido y preparado. Les oímos subir la escalera y tocar el
timbre de la puerta, hablaron, discutieron y volvieron a bajar. En esta
ansiedad estuvimos hasta que amaneció y la dueña de la pensión nos dijo
que habían cogido a un fascista... A las 9 de la mañana se presentó la M. Provincial, oportunamente avisada por el Dr.Tena. Todas la rodeamos contándole nuestra odisea, que ella impresionada, escuchaba llorando. Con su consuelo y su ánimo comenzamos a no sentirnos solas en Madrid. Dos días más tarde cuatro Hermanas salieron para las ciudades donde estaban sus familias y las otras nos colocamos en casas de confianza en calidad de sirvientas hasta que, después de haber gustado la quintaesencia del terror, del hambre, del sueño, del frío y de las humillaciones, quiso la Divina Providencia traernos de nuevo a los brazos de nuestra querida Compañía.
María Altolaguirre, stj Escrito en octubre de 1937 |
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