Estamos celebrando nuestra fiesta jubilar de los 125 años de fundación de la Compañía precisamente en el comienzo del tercer milenio, en el momento en  que dos mil años de andadura cristiana se abren como un brote de vida y de esperanza ante un mundo que se debate entre opresiones y conflictos, y que ofrece a la vez tantas posibilidades y valores.

        La historia de la Compañía es parte de esa historia de la cristiandad que ha hecho ya un largo camino y que se encuentra ante el amanecer de un tiempo nuevo. En este milenio que ahora comenzamos propone Juan Pablo II a los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad tres grandes indicadores de sentido: Un rostro para contemplar. Caminar desde Cristo. Testigos del amor.[1] Estos tres indicadores podemos recogerlos como dirigidos de un modo especial para nosotras, en este momento histórico que vivimos.

       Un rostro para contemplar

        Como los griegos que en tiempo de Jesús se acercaron al apóstol Felipe diciéndole que querían ver a Jesús, que querían conocerlo, también ahora se acercan a nosotras muchas personas de todas las edades y culturas, deseosas de conocer a Cristo, aunque no lo expresen así o no sean del todo conscientes de este deseo. Y es que la ciencia, la técnica, las ideologías, los Estados de Derecho y del bienestar y tantos progresos de este mundo en que vivimos se han mostrado incapaces de saciar la sed de felicidad que encierra el corazón del ser humano. Sólo Dios, conocido y amado en Jesús, se descubre a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, igual que a  Agustín de Hipona, como la fuente de donde emana la  felicidad, bondad y belleza que todos deseamos.

        Hace 125 años Enrique de Ossó fundó la Compañía para conocer  y amar a Jesús y hacerle conocer y amar. Este proyecto adquiere hoy para nosotras una dimensión insospechada. A la Compañía del Tercer Milenio le propone el Papa, podemos pensarlo así, ser contempladora del rostro de Cristo y darlo a conocer.   

        Una propuesta que  toca las raíces más profundas de nuestra identidad: la persona de Jesús y la actitud contemplativa, y nos urge a ser místicas, contempladoras del rostro del Señor.  Como se ha escrito de los cristianos del siglo XXI, las teresianas  o somos místicas, o no seremos teresianas.

 

LA COMPAÑÍA DEL TERCER MILENIO,

CONTEMPLADORA

DEL ROSTRO DE CRISTO

 

        Pero, ¿cuál es el rostro de Cristo que estamos llamadas a contemplar? Indudablemente, a Jesús lo descubrimos en la Escritura. Los Evangelios nos revelan los rasgos de su personalidad, que vamos conociendo por la acción del Espíritu que ilumina  nuestra lectura orante personal y comunitaria y afianza nuestra fe. 

        Como teresianas tenemos, además, el Evangelio vivido por Teresa y Enrique de Ossó. Ellos nos acercan a la persona de Jesús y nos la dan a conocer. La propuesta del Papa es una invitación a ahondar en sus escritos para descubrir ese rostro de Cristo que les enamoró, que llenó de sentido sus vidas y que lo dieron a conocer y lo siguen dando todavía, porque no se guardaron la luz dentro de sí mismos, sino que la dejaron brillar en plenitud, sin ninguna sombra.

        Nuestra misión apostólica nos ofrece igualmente caminos para contemplar el rostro de Cristo en las personas  con las que diariamente nos encontramos. Muchas de ellas, cada vez más, nos muestran los rasgos del rostro sufriente de Cristo, al que alude el Papa,[1] y que tan frecuente es hoy en los ambientes en que nos movemos. Descubrimos también aspectos del rostro del Resucitado, a veces en los lugares y circunstancias  al parecer menos favorables, que evidencian la gratuidad del don de Dios y de su Presencia salvadora.

        Contemplar el rostro de Jesús se nos presenta como una llamada especial a nosotras, teresianas del tercer milenio. Una llamada que nos pide actitudes de serenidad, sosiego, reflexión, diálogo. Nos pide escuchar y compartir la Palabra y, sobre todo,  visión de fe. Sólo la fe puede franquear el misterio de este rostro, nos dice el Papa. Sólo una gracia de “revelación” que viene del Padre y que se prepara en la oración y el silencio.[2]

        Aquí estamos tocando terreno propio, tierra heredada de Enrique de Ossó: silencio y oración. En esta tierra es en donde se va fraguando  en nosotras el rostro de Cristo. Como los artistas bizantinos se recogen en su interior para inspirarse y los iconos que luego contemplamos son  fruto de su propia interioridad, así nosotras; el Cristo que estamos llamadas a manifestar es ese Jesús que se ha ido formando en nuestro interior, en el silencio y la oración. No podemos dar otro, a no ser que nos conformemos con sólo palabras por bellas que éstas  sean. Ser contempladoras del rostro de Cristo y hacérselo “ver” a la gente nos pide ser personas orantes que hacen del silencio la condición y morada “para oír la voz delicada del Señor y recibir grandes secretos y gracias” como dice nuestro Padre.[3]

 Caminar desde Cristo

        Enrique de Ossó, en la fundación de la Compañía, tenía muy claro que el objetivo de ésta no era un plan de acción o sólo un proyecto de salvación, sino una Persona, Jesús. Por eso su interés y su continua propuesta era que las Hermanas conociesen y amasen a Jesús cada día más. Y siendo esto verdad, necesariamente lo darían a conocer y amar a quienes trataban con ellas, por esa condición psicológica del amor que es expansivo y no puede estar oculto.

        Después de 125 años, el objetivo de la Compañía sigue siendo el mismo: la Persona de Jesús. Y los medios que apuntan a este objetivo son los que señaló Enrique de Ossó: oración, enseñanza y sacrificio, aunque con dimensiones insospechadas en los comienzos.

        Para nosotras el fin de la Compañía es fuente de  vitalidad y de esperanza, porque Jesús no pasa, no pierde actualidad, sigue abriendo caminos. Y esos tres medios encierran en su entraña el dinamismo del Evangelio, siempre nuevo y transformador, que hay que hacer inteligible al mundo de hoy. La necesidad de adecuar los medios de siempre al mundo en que vivimos, nos lleva a preguntarnos más de una vez: ¿de qué maneras y dónde orar? ¿de qué maneras y dónde enseñar y sacrificarnos?

        Ahora, muchos de nuestros espacios privados de oración abren sus puertas y se brindan como lugares que propician el encuentro con Dios a las personas que lo desean y a quienes no tienen facilidad de acudir a otro sitio. También brindamos nuestros tiempos de oración comunitaria y con facilidad participamos de los que nos ofrecen otros grupos.

        La oración al estilo teresiano como relación de amor con Dios es un don que estamos llamadas a compartir, ofreciendo y acogiendo. Hay tantas maneras de comunicarse con Dios… Hay tantos lenguajes para expresar esta comunicación… Hay tantos códigos que ayudan a multiplicar la experiencia de la oración…

 

 

ORACIÓN, ENSEÑANZA, SACRIFICIO

CON DIMENSIONES INSOSPECHADAS EN LOS COMIENZOS

        Nosotras que estamos vocacionadas de un modo especial a la oración debemos conocerlos para extender el conocimiento y amor de Jesucristo por todo el mundo. La curiosidad como aliciente pedagógico de aprendizaje y el consejo de nuestro Padre de “entrar con la de ellos y salir con la nuestra” nos  ayudarán a saber utilizar caminos, recursos y modos que multipliquen presencias y hagan comprensible nuestro  mensaje.

        Nuestra vocación de enseñanza se ha abierto a campos y modos desconocidos en los principios, ampliando notablemente sus límites en estos 125 años. La escuela tal como la hemos concebido siempre sigue siendo  lugar privilegiado para educar, para evangelizar. Pero escuela es hoy también la radio, la red de internet, los espacios de TV y esos otros espacios sin techo ni paredes, con una piedra por asiento en tantos lugares arrasados por la guerra, la pobreza y la miseria.

        Escuela es así mismo la vida de cada Hermana y la vida de la Comunidad, aunque aparentemente no haya en ellas alumnos para educar… Escuela son los grupos parroquiales y de catequesis, los proyectos para el crecimiento social, económico y religioso.  Estos lugares y todos los que no citamos, en donde trabajan nuestras Hermanas, son Escuela si en ellos las personas, estimuladas por nuestra presencia y nuestro ser de educadoras, llegan a ser más personas, más conocedoras de la bondad y misericordia de Dios, más sensibilizadas a la fraternidad de todos. La Escuela entendida de esta forma es un reto para toda teresiana, una aventura que vale la pena vivir y que no se acaba, aunque venga una enfermedad o llegue la jubilación.

        El sacrificio tiene hoy nombres muy diversos. Se llama solidaridad con los que sufren, con los que no tienen condiciones para vivir con dignidad, con los que han sido arrancados de sus propias raíces y están “sin papeles” en países extraños, con los que no se saben expresar, con  los disminuidos o discapacitados… Esta solidaridad la está viviendo la Compañía en bastantes Hermanas que se encuentran en contacto directo con los más necesitados, y en tantas otras que se dejan afectar por el sufrimiento de la gente y tratan de dar respuestas positivas de modos muy distintos, sobre todo desde los proyectos de voluntariados hacia dentro y hacia fuera de la Compañía.

        El sacrificio se llama también entrega a los demás, en el compartir sin reservas, en el olvido del propio gusto o interés, en la renuncia a determinados derechos: ámbitos propios de privacidad, disposición del tiempo personal… Hay tantas formas de entregarse, de ceder, de pensar en los otros... Esta entrega a los demás que tiene tantos matices posee una fuerza de arrastre grande.  Las personas la captan rápidamente, es el “Evangelio” que mejor entienden, el que más les mueve y el que, en un momento determinado, están más dispuestas a aceptar.

        El sacrificio lleva hoy, podemos decir, el nombre de inculturación. La inculturación en sentido propio y en el amplio sentido de la palabra, vivida responsablemente, nos hace participar en esa experiencia de muerte y resurrección que es el misterio pascual. Esa experiencia que todas estamos llamadas a vivir, no sólo las que se encuentran en países extranjeros, y que supone valorar y aceptar lo que es distinto de lo nuestro, y asumirlo plenamente sobre todo con el corazón.

 

 

AMOR, RESPETO,UNIDAD YCONCORDIA,
PIEDRAS
FUNDAMENTALES DE LACOMPAÑÍA

        El sacrificio para nosotras teresianas no es un capítulo aparte en nuestra vida, sino un modo de vivir y de ser que se va expresando en hechos concretos,  inteligibles y convincentes para todos, y que por esto mismo constituye un verdadero apostolado.

 Testigos del amor

        En la fundación de la Compañía Enrique de Ossó puso como piedras fundamentales el amor de unas con otras, el respeto, la unidad y la concordia. En la unión de corazones cimentaba él la fortaleza y el poder invencibles de la Compañía y la condición para promover eficazmente los intereses de Jesús en la mayor extensión posible.[4]

        Hoy, el mundo tiende a la unidad. Lo subrayan muchos signos. Pero esa unidad que aparece con el nombre de globalización está guiada casi exclusivamente por intereses económicos. Y mientras por un lado se proyectan grandiosos diseños de conjunto, por otro son cada vez más numerosas las personas que quedan excluidas.

        Ante esta realidad, se nos hace más urgente la respuesta de  crear comunión, de hacer aquello poquito o grande que podamos para que esa globalización en la que se ve metido nuestro mundo pueda estar guiada no por la lógica del beneficio sino por la del amor.

        Un modo concreto que tenemos es contribuir a que nuestras comunidades sean esos “espacios teologales en los que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado… Comunidades ricas de gozo y del Espíritu Santo en las que la atención recíproca ayuda a superar la soledad, y la comunicación contribuye a que todos se sientan corresponsables; en las que el perdón cicatriza las heridas, reforzando en cada una el propósito de la comunión.”[1]

 Esta llamada a la comunión la estamos recibiendo desde muchas instancias y no es la menor la que viene de nuestros cimientos, esas piedras fundamentales que puso nuestro Padre cuando fundó la Compañía de Santa Teresa de Jesús hace 125 años.

SE NOS HACE URGENTE CREAR COMUNIÓN,

PARA QUE LA GLOBALIZACIÓN

ESTÉ GUIADA POR EL AMOR

                                                                                               Pilar Feliú, stj

[1] Cfr. “El nuevo milenio”

[2] Cfr. obra citada, 25 y 28

[3] Cfr.idem 20

[4] Documentos de Perfección, pág.33

[5] Cfr. Doc. Perfección, pág.52

[6] V.C. 42,45

 
 

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