125 años - Compañía de Santa Teresa de Jesús - 125 años 

COMPAÑÍA DE SANTA TERESA DE JESÚS

Un carisma para el mundo

            La Compañía de Santa Teresa de Jesús, fundada por Enrique de Ossó en 1876, tiene como núcleo de su espiritualidad la experiencia teresiana de Jesús de Nazaret, y como misión y razón de ser dar a conocer el Jesús descubierto por esta experiencia y su mensaje liberador.

            El objetivo último de la Compañía es la transformación del mundo. Vive, por lo tanto, la utopía del Reino y cree en ella. Esta meta inalcanzable la hace estar siempre vigilante, impulsada por la dialéctica de la recreación constante de la realidad según el Espíritu. No puede pararse ni quedarse contemplando la historia, sino que ha de ser para ella colaboradora, constructora y proyectadora.

             Nuestro estilo de llevar a cabo la misión parte de la lectura del Evangelio desde la espiritualidad teresiana. Desde la perspectiva teresiana descubrimos al Jesús humano que hace una opción fundamental: la extensión del Reino de una manera personal, desde el interior. Por eso ser Teresiana es creer en el Dios encarnado y humanizarse con Él; tener la mirada constantemente puesta en el Padre, como Jesús, y encontrarlo como amigo y compañero; seguir al que caminó incansable por Galilea dialogando con los marginados, acercándose a los niños, haciendo que cada uno encontrara lo mejor que llevaba dentro. Ser teresiana es creer en la humanidad, y jugarse la vida por ella, como lo hizo el Dios que quiso vivir para siempre entre nosotros.

Teresa de Jesús, después de muchos años de lucha, descubrió al Dios vivo en su interior. Esta extraordinaria experiencia espiritual la condujo a la formulación de una nueva forma de entender el ser humano como alguien especialmente llamado a la relación con Aquel que lo habita, capaz de lo mejor. Esta vivencia es fuente de una enorme fuerza que la impulsó sin descanso toda la vida.

La Compañía está llamada a prolongar experiencialmente este legado, tiene que ser una especialista apasionada en la comunicación con Dios, una valoradora de la persona como lugar privilegiado de encuentro con Él, una transmisora de esta energía vital que comunica el contacto del Absoluto en nosotros.

           “El alma es un castillo de diamante o muy claro cristal”, dice Santa Teresa. Cada ser humano es como una piedra preciosa, el material más valioso. Importante no sólo porque Dios vive en su interior, sino por sí mismo. El respeto y dedicación a la persona por medio de la educación constituye un punto clave en el ser de la Compañía.

             La espiritualidad teresiana, enraizada y fundamentada en la interioridad, no puede observar las cosas desde fuera, ni juzgar el exterior, sino que sigue al Jesús que se detuvo con el cobrador de impuestos, con la samaritana, con la adúltera, los, niños, los pobres, con los amigos, los que estaban al borde del camino... y en todos fue capaz de ver más allá.

           La Compañía está vocacionada para un constante diálogo y valoración de toda forma de vida y de pensamiento, como lo hizo Jesús, sin quedarse en los aspectos más exteriores y pasajeros. La integración en cualquier tipo de cultura y de sociedad, la aceptación y acercamiento a otras maneras de ser y de entender el hombre son propias de alguien que ha descubierto que Jesús está presente en cada persona.

             La Compañía de Santa Teresa, que tiene como propuesta fundamental la relación con Dios y una manera positiva e interior de entender el hombre, es eminentemente activa. Paradoja y gracia carismática: Santa Teresa, una monja de clausura, fue llamada “la andariega”, y Enrique de Ossó, que vivió intensa y comprometidamente su tiempo, se denominó a sí mismo “el solitario”. La interioridad y la actividad están en la Compañía íntimamente ligadas. Una empuja, justifica y alimenta a la otra.

Movidas por la pasión de llevar a Jesús allá donde sea más difícil que llegue, de enseñar a orar, de construir personas según la espiritualidad de las Moradas, las teresianas hemos de ser capaces de romper prejuicios, de otear siempre el futuro superando las barreras del presente, de sobrepasar con confianza las dificultades, de movernos con agilidad por las coyunturas políticas y sociales, de arriesgar la propia vida, la fama y el éxito. Tenemos que buscar todos los medios al alcance, sin ignorar nada que pueda ayudar a llevar a cabo nuestra propuesta, aprovechando las nuevas herramientas de evangelización que cada tiempo nos muestra.

             Esto hay que hacerlo, tal como lo pensó Enrique de Ossó, plenamente insertas en la vida de cada sociedad, siendo una más en la lucha cotidiana de nuestros hermanos, abiertas a todo lo nuevo que nazca a nuestro lado, para hacer realidad la parábola de la levadura que, mezclada con la masa, acaba transformándola.

         Las teresianas trabajamos preferentemente con jóvenes y niños, porque tenemos una especial confianza en su fuerza transformadora del mundo. Creemos que educar es apostar por un futuro mejor. Pero no podemos olvidar a quien, por diversas razones, no puede desarrollar su propia manera de ser y sus capacidades, está explotado, ha perdido la libertad o la consciencia de su valor. Estamos seguras de que todos tienen derecho a recibir, en un momento u otro, en un lugar u otro, la educación que les ayude a creer que vale la pena existir.

             La Compañía no tiene preferencias geográficas y sí, en cambio, una vocación de universalidad. El lugar de la teresiana es allá donde hay que dignificar al hombre: en el campo o en la ciudad, en la selva o sobre el asfalto, en el norte o en el sur, en escuelas o en la calle, con jóvenes o adultos, sobre todo allí donde cada circunstancia muestre personas que necesitan esperanza en Jesús.

            Para llevar a cabo nuestra misión, a las teresianas se nos pide vivir como lo hizo Teresa de Jesús: con una honda experiencia de Dios, fundamento de nuestra actividad; desde la verdad como forma propia de colocarnos ante la vida; con fortaleza, para no pararnos nunca ante ninguna dificultad; con alegría, porque quien ha conocido a Dios no puede perder la esperanza; con una creatividad constante para buscar en cada encrucijada de la historia cuál ha de ser el lugar y la encarnación concreta de nuestro seguimiento a Jesús de Nazaret.