Entre MARÍA y ENRIQUE DE OSSÓ,

una corriente de aire fresco

 

MARÍA es una constante en la vida de Enrique de Ossó. Con ella establece una profunda relación afectiva, inseparable de su experiencia familiar y de la religiosidad de su pueblo, eminentemente mariano. Desde pequeño Enrique comprende a María inserta en el Misterio de Jesucristo, y por tanto dentro de la constelación de la vida Trinitaria. También la sitúa en la casa de Nazareth con lo cual acentúa el sentido de familia.

           

La reflexión que Enrique de Ossó desarrolla sobre María está permeada por los contenidos teológicos de su  contexto eclesial.  Prefiere las advocaciones de Inmaculada y Reina del cielo. Al pensar en la Inmaculada alude a la virginidad-maternidad de María y cuando la contempla como Reina del cielo, piensa en su glorificación.

 

En todos sus escritos hace que María resplandezca por su santidad. A ella dedica: «Tres florecillas a la Virgen de Montserrat» (1892),  «Un mes en la escuela de María Inmaculada o María al corazón de sus hijos» (1895) y «Novena a la Inmaculada Concepción de María» (1895). Estos libros devocionales son la fuente para descubrir la forma de relación que Enrique tuvo con María y cuál fue su catequesis mariana. Con ellos pretende que el lector se haga discípulo y lo introduce en diálogo con Ella. María muestra toda su bondad y ternura, toca el corazón y suscita la imitación por el amor, finalidad de toda devoción.

 

La madre de Dios es mi madre. La madre de Enrique de Ossó, Micaela,  es clave de lectura para comprender la fuerza afectiva de su vivencia mariana. Ella, además de haber sido la mejor catequista de Enrique, le hizo experimentar como nadie lo que significa un amor incondicional. No es difícil para Enrique decir: «Madre de misericordia, toda bondad, toda clemencia, vida, dulzura y esperanza nuestra... Abogada de pecadores» cuando tiene impresa la imagen de una madre tierna, solícita y cercana. Con el mismo derecho que un niño tira del cabello de su madre dirá a María: «Muestra que eres mi Madre». Es una apelación más que una súplica y remite a la escena de Jesús en el Calvario (Jn. 19, 26). Enrique muchas veces expresará con admiración y orgullo: «¡La Madre de Dios es mi Madre. Madre mía de mi alma. Madre mía de mi corazón! ¡Feliz de mí!»

 

Si María es Madre, hay motivos para que Enrique se exhorte a sí mismo a vivir según la condición de hijo. Querrá parecerse a ella en la calidad y calidez de su corazón. Si lo que más atrae de María es su Concepción Inmaculada es porque esto significa que María ha sido siempre posesión del Amor de Dios. «Vos sabéis, oh gran Señora y Madre mía, la devoción que desde mi niñez os profeso, y el amor de predilección que me ha robado siempre vuestro Inmaculado Misterio, cifra y compendio admirable de todas vuestras glorias».

 

Comunicaciones. También por la línea familiar materna, Enrique aprendió formas de conectarse con María llenas de unción. Refiriéndose al rosario de la aurora, dirigido muchas veces por su abuelo, dirá: «Hay gran devoción en mi pueblo». Su maestro Freixa le enseñó a cantar rosarios. Y después será Enrique quien escriba: el rosario es «la oración más agradable a María», capaz de elevar el alma cuando se sintoniza con los misterios. Enrique sacerdote, cuidará esmeradamente las celebra-ciones populares: «Os mando las primicias de la Novena de la Purísima Concepción que he hecho en Vinebre, y que haremos con las hermanas y niñas y gente con toda solemnidad».

 

Encuentros. Siendo adolescente, va en peregrinación a un santuario mariano. «Mi tío prometió visitar a la Virgen del Pilar y ofrecer una Misa y confesar y comulgar allí, si me ponía bueno, y la Virgen me dio la salud y cumplimos la promesa con gran alegría, dando gracias a la Virgen». Esta experiencia marcará su vida. Enrique recomendará invocar a María en toda necesidad porque María es «Acueducto de las divinas gracias y las comunica de la fuente de todas ellas, Cristo Jesús». También será un gran promotor de las visitas y peregrinaciones para pedir a María, especialmente, la gracia de la conversión.

 

La relación  con  María  Mediadora es recíproca. Enrique no sólo se acerca a Ella para pedir. También sabe obsequiarla y lo hace con aquello que, según su formación, cree que puede agradarle. La invocaba diariamente y los sábados y vigilias de las  festividades marianas acostumbraba ayunar y guardar abstinencia. No lo hacía con un sentido sacrificial, sino como el enamorado que regala una flor a quien ama.

 

Ir a casa. Los santuarios reúnen peregrina-ciones y atraen grupos de personas  porque se consideran lugares privilegiados de gracia, vinculados a tradiciones populares. La vida de Enrique está relacionada con dos santuarios: Montserrat y Loreto.

 

Montserrat, es la montaña santa, en la que está escrita su historia espiritual en páginas de piedra. Fue escenario en momentos determinantes de  su proceso: el lugar de llegada cuando sale de casa,  el momento de su conversión y encuentro con Jesús. La Moreneta fue mediadora de la opción radical de Enrique y testigo de su entrega fiel a lo largo de la vida. A Montserrat Enrique va como a su casa, porque allí habita su Madre. A Ella confiará todos sus proyectos.

 

Visitó el santuario de Loreto casi al final de sus días. La casa de Nazareth que ahí se venera representa para Enrique el amor entrañable que tiene al misterio de la Vida oculta, entendida como el entorno cotidiano donde se ora, trabaja y descansa en compañía de Jesús, María y José.

 

Vivencias. La devoción mariana en Enrique de Ossó tiene que ver con sus creencias, costumbres y sobre todo con los acontecimientos vividos. En la infancia experimentó a María como salud en la enfermedad, medianera de gracias. Con la muerte de su Madre se acercó a María al pie de la cruz. Cuando decide su vocación Enrique siente que María es quien le muestra a Jesús y la acompañará como «Estrella» en su caminar. Encuentra a María siempre a su lado como sombra protectora y como respiración. Su corazón sabe beber de la ternura constante de María, «la Madre del hermoso amor», como una sinfonía con la que vibra toda su afectividad. El desencadenante de un significado tan hondo está ligado a su orfandad. Tras la pérdida de su madre Micaela, experimenta la soledad, confusión y el deseo de conversión, especialmente cuando está en Reus. Con gran necesidad de afecto y comprensión, se acerca a la capilla de los Dolores y es el inicio de un camino sin vuelta, en el que decidido y vacilante, busca apoyo: «Mis primeros pasos se dirigieron a visitar a la Virgen de la Misericordia. Oré y le pedí su bendición y me fui». De ahí comienza su peregrinar y subida a Montserrat. En el silencio del santuario, con el vacío del corazón experimenta la ternura de la Madre, que le devuelve la paz. Con María, descubre y opta por Jesús y por su misión. Por eso Montserrat entró en escena como lugar teológico. Allí celebrará su primera Misa, y volverá a esa casa como a su centro: «Reconozcan todos, oh gran Señora que he estado cerca de Vos... »

 

En camino. La presencia de María es sorprendente en todas las culturas. Sin embargo, la devoción mariana se ha resentido en muchos ambientes religiosos, a excepción de los tradicionales y populares. ¿Qué ha cambiado? Paulo VI ya sugería otro enfoque mariano desde la dimensión antropológica: «ver a María desde la fe como mujer» (MC. n. 34).

 

La figura de María también ha estado teñida de los estereotipos que han acompañado a la condición femenina y está siendo repensada. Hoy día cuando las mujeres, pese a los condicionamientos sociales, van abandonando el mundo infantil y privado para ocupar el espacio público, cuando se reafirma que las necesidades afectivas no son privativas del género femenino, cuando se va clarificando una conciencia...  necesariamente la relación con María ha de ampliarse más allá de esa presencia materna protectora. Nuevas relecturas nos hacen captar su «Sí» no en clave de sumisión, sino como capacidad de dar una palabra y tomar decisiones en un contexto dialogante.

 

 

 

Gloria A. Rodríguez Posada, stj