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“Educador nato”, Enrique de Ossó intuyó desde niño la elevada misión del maestro: “suspiraba tan solo a enseñar y seguir la carrera del profesorado, po rque esto es cosa que muchas almas lleva a Dios”. La llamada, a través de su madre, a ser “misionero apostólico”, no limitó su primera y radical vocación sino que le dio una profundidad nueva. Será siempre educador, maestro en referencia constante al único Maestro.
Enrique de Ossó fue conociendo la complejidad de la persona, y es consciente de que ser cristiano no es sólo adhesión intelectual a Jesucristo. La gracia de Dios inicia en la persona un trabajoso proceso en el que hay que colaborar: Despojarse del hombre viejo y revestirse de Cristo es la ocupación esencial del cristiano hasta vivir en Cristo. Enrique de Ossó no busca resultados a corto plazo. Sabe esperar y preparar la tierra para la siembra y regar el huerto y escardarlo para que dé flores y frutos.
En su pasión por restaurar ( o re-generar) en Cristo Jesús todas las cosas ensaya muchos medios, abre muchos caminos: predicador incansable, cate-quista y formador de catequistas, publicista y periodista en la Revista Teresiana, fundador de asociaciones, director de ejercicios espirituales, maestro de vida espiritual por diversos medios. Por experiencia se ratifica en lo que ya intuía: hay que anunciar el mensaje evangélico —predicación—, pero no basta. Ni siquiera basta conocer la doctrina —catequesis—, ni es suficiente la participación litúrgica, ni la práctica de la oración personal tan importante. No basta con leer a Teresa y admirar sus virtudes. Es necesario crear las condiciones para que el niño y el joven puedan llegar a ser otro Cristo... El evangelio ha de ser recibido por todo el hombre, de manera que llegue al espíritu, al corazón, a los sentidos hasta transformar sus criterios, sus actitudes y sus modos de vida.
Se hace progresivamente consciente de la importancia de la educación. Sólo una educación sistemática e integral podrá producir frutos duraderos y multiplicadores, una educación que empieza en la primera infancia. “Porque afianzar lo porvenir es triunfar de lo presente”. Está convencido además del valor social de la educación de la persona, “pues no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres y mujeres nuevos”. Renovar la sociedad, hacer de Cristo el corazón del mundo es el objetivo final de Enrique de Ossó, como lo ha sido para la Iglesia de todos los tiempos.
Sus primeros años de sacerdocio, de catequista y organizador de catequesis, le han permitido el contacto directo con mucha gente: niños, sacerdotes, seminaristas, padres y madres sobre todo. Su actividad arrolladora ha sido siempre fruto del amor y de la reflexión, fuente de nuevas convicciones, punto de partida de proyectos nuevos. No sólo por propia experiencia sino por observación puesta a prueba, está convencido de la influencia de la madre en la formación de los hijos. Y se fija en tres instancias educativas fundamentales para toda persona:
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La familia, que es el ámbito del despertar a la vida y de mayor influencia en la formación del niño y del joven.
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La escuela, lugar de la instrucción y la formación del carácter y de las relaciones.
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Y la comunidad parroquial —la Religión o la Iglesia, dirá él— ámbito comunitario de formación y celebración de la vida.
Al frente de estos ámbitos hay tres figuras clave: la madre, la maestra y el sacerdote.
De este modo de contemplar la realidad procede la máxima aspiración de Enrique de Ossó: influir, educar, y capacitar a quienes en el futuro van a ser educadores de hombres y mujeres. Despertar la vocación educativa en quienes no la han descubierto y ayudarles a vivirla es, para Enrique de Ossó, una verdadera misión. Con esta finalidad proyecta la mayor parte de sus actividades apostólicas.
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