ENRIQUE DE OSSÓ,

  discípulo y apóstol de Jesús:

catequista y educador teresiano

 De la comunicación dada por la Hna. Mª Carmen Melchor en el Simposium “La transmisión de la fe en el siglo XXI”.
El Escorial (Madrid), 7-9 febrero, 2002

    ... Pero lo que  verdaderamente nos interesa hoy de Enrique (125 años después de su entrada en escena...) no es tanto lo que hizo y cómo lo hizo –que hoy no podemos  ni debemos imitar- sino la mística que le impulsó. Aquella fuerza interior que le hizo incansable y que no le permitió estar satisfecho, aunque sí contento,  al hacer sus balances apostólicos de fin de año [1] .

     Desde muy joven Enrique de Ossó vivió una fuerte experiencia de Dios, de relación personal con Jesús. Y sus 55 años de vida fueron un encuentro progresivamente alimentado con el Maestro, una relación de amistad creciente.

    Enrique vivió toda su vida enamorado de Jesús, y aquel fuego del Espíritu  es el que explica su vida y su obra.

    Dos frases suyas resumen ese arco en tensión de amor que fueron sus escasos 40 años de formación y vida apostólica. La primera concentra su experiencia fundante, aquel encuentro con Jesús que le cambió la vida y que se proyecta hacia el futuro: “Seré siempre de Jesús, su ministro, su apóstol, su misionero de paz y de amor” [2] .

    La segunda, escrita 10 días antes de su muerte, expresa la tensión escatológica refrenada por el amor: “No vaya yo, de este mundo, Jesús mío, sin haberte amado y hecho conocer y amar cuanto me sea posible” [3]

    Con Jesús Maestro, enrique de Ossó  contempla la sociedad con mirada educativa. Mientras otros regeneracionistas contemporáneos veían en la política o en la economía  la solución a todos los problemas sociales, a Enrique de Ossó le preocupa directamente la persona: los niños, los jóvenes, la mujer, el sacerdote. Ama al hombre y por ello quiere  que sea feliz, que pueda ejercer su libertad. Contempla a las personas  con los ojos de Jesús, y como Jesús se compromete para que el hombre y la mujer lleguen a descubrir su dignidad y  vivan en plenitud su realidad de hijos y hermanos

   “Educador nato”, Enrique de Ossó intuyó desde niño la elevada misión del maestro: “suspiraba tan solo a enseñar y seguir la carrera del profesorado, porque esto es cosa que muchas almas lleva a Dios” [4] . La llamada, a través de su madre, a ser “misionero apostólico”, no limitó su primera y radical vocación sino que le dio una profundidad nueva. Será siempre  educador,  maestro en referencia constante al único Maestro.

    Enrique de Ossó fue conociendo la complejidad de la persona,  y es consciente de que ser cristiano no es sólo adhesión intelectual a Jesucristo. La gracia de Dios inicia en la persona un trabajoso proceso en el que hay que colaborar: Despojarse del hombre viejo y revestirse de Cristo es la ocupación esencial del cristiano hasta vivir en Cristo. Enrique de Ossó  no busca resultados a corto plazo. Sabe esperar y preparar la tierra para la siembra y regar el huerto y escardarlo para que dé flores y frutos [5] .

     En su pasión por restaurar ( o re-generar) en Cristo Jesús todas las cosas ensaya muchos medios, abre muchos caminos: predicador incansable, cate-quista y formador de catequistas, publicista y periodista en la Revista Teresiana, fundador de asociaciones, director de ejercicios espirituales, maestro de vida espiritual por diversos medios. Por experiencia se ratifica en lo que ya intuía: hay que anunciar el mensaje evangélico —predicación—,  pero no basta. Ni siquiera basta conocer la doctrina catequesis—, ni es suficiente la participación litúrgica, ni la práctica de la oración personal tan importante. No basta con leer a Teresa y admirar sus virtudes.  Es necesario crear las condiciones para que el niño y el joven puedan llegar a ser otro Cristo... El evangelio ha de ser recibido por todo el hombre, de manera que llegue al espíritu, al corazón, a los sentidos [6] hasta transformar sus criterios, sus actitudes  y sus  modos de vida.

 Se hace  progresivamente consciente de la importancia de la educación. Sólo una educación sistemática e integral podrá producir frutos duraderos y multiplicadores, una educación que empieza en la primera infancia. “Porque afianzar lo porvenir es triunfar de lo presente” [7] .  Está convencido además del valor social de la educación de la persona, “pues no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres y mujeres nuevos” [8] . Renovar la sociedad, hacer de Cristo el corazón del mundo es el objetivo final de Enrique de Ossó, como lo ha sido para la Iglesia de todos los tiempos.

    Sus primeros años de sacerdocio, de catequista y organizador de catequesis, le han permitido el contacto directo con mucha gente: niños, sacerdotes, seminaristas,  padres y madres sobre todo. Su actividad arrolladora ha sido siempre fruto del amor y  de la reflexión, fuente de nuevas convicciones, punto de partida de proyectos nuevos. No sólo por propia experiencia sino por observación puesta a prueba, está convencido de la influencia de la madre en  la formación de los hijos. Y se fija en tres instancias educativas fundamentales para toda persona:

  • La familia, que es el ámbito del despertar a la vida y  de mayor influencia en la formación del niño y del joven.

  •  La escuela, lugar de la instrucción y la formación del carácter y de las relaciones.

  • Y la comunidad parroquial —la Religión o la Iglesia, dirá él— ámbito comunitario de  formación y celebración de la vida.

Al frente de estos ámbitos hay  tres figuras clave: la madre, la maestra y el sacerdote.

 De este modo de contemplar la realidad procede la máxima aspiración de Enrique de  Ossó: influir, educar, y capacitar a quienes en el futuro van a ser educadores de hombres y mujeres. Despertar  la vocación educativa en quienes no la han descubierto y ayudarles a vivirla es, para  Enrique de Ossó, una verdadera misión. Con esta finalidad proyecta la mayor parte de sus actividades apostólicas.

 

LA ORACIÓN DEL EVANGELIZADOR

     Quiero terminar con esta oración de Enrique,  que él mismo brinda a ca-tequistas, sacerdotes, padres y maestros  y a todos los educadores cristianos llamados a poner en relación con Jesús. Hay en ella resonancias preciosas de la oración sacerdotal de Jesús y  de la de Teresa.

    Os invito  a rezarla,  haciendo vuestra esta súplica del discípulo de Jesús, del maestro de oración, del evangelizador que fue Enrique de Ossó, hoy patrono de los catequistas españoles.  Es la oración de quien  se sabe  instrumento  y reconoce el protagonismo y la iniciativa de Jesús, el  Amigo principal  y el Maestro interior de esta relación de amistad que es la oración. 

SÚPLICA A JESUCRISTO [9]

 

 QUIERO CONDUCIR a TU PRESENCIA, Jesús,

a los que me has dado,

para que les HABLES al corazón,

les ENAMORES de tu persona

y los cautives en TU AMOR.

 

Son la mayor parte corazones jóvenes,

que no pueden vivir sin amar con pasión.

Descúbreles QUIÉN ERES,

muéstrales TU ROSTRO,

suene TU VOZ en lo más secreto de su espíritu.

 

No te AMARÁN, Jesús, si no te CONOCEN.

Y no te conocerán, si TU GRACIA no les revela

el TESORO ESCONDIDO de tu bondad y de tu amor.

 

VINISTE al mundo, Jesús,

para METER FUEGO en la tierra de los CORAZONES

y no quieres sino que ARDAN en TU AMOR.

Ése es también MI DESEO,

y por eso TE PIDO, me des, como a Pablo,

el EVANGELIZAR A TODO EL MUNDO

las insondables riquezas de tu amor. Amen.

  [1] En diciembre de 1874 publica un artículo con este título emblemático: “Estamos contentos, mas no satisfechos” (RT, diciembre 1874, pp.68-69).
[2] EEO III, pp. 197.
[3]    RT, enero 1896, pp. 100.
[4]     RT enero 1878, en EEO III, 841.
[5]   La parábola del sembrador ( Mc 4,1-9), así como la imagen teresiana del huerto (V 11-13) ponen  de relieve  el misterio del diálogo entre gracia  y libertad. De la necesidad de preparar la tierra y disponerse para  recibir el don de Dios. 
[6]   EEO III, 890.
[7]    EEO III,484.
[8]    La fórmula es de EN nº 18,  glosando  Rm 6,4.
 
[9 ]     Cfr. Viva Jesús (1875), en EEO I, pp. 486.